Miércoles, 29 de Marzo de 2006

Perdón, pero a mí si me gustó el discurso

Francisco Suárez Álamo

[Canarias7, 29 de marzo de 2006]

Lo siento: a mí sí me gustó el discurso del presidente Adán Martín. Rarezas que tiene uno. También me gusta el cine de James Ivory, el de Terrence Malick y hasta el de Theo Angelopoulos. O sea, el que aburre al común de los mortales. Quizás por ello no me desagradó la perorata del presidente del Gobierno de Canarias en el arranque del debate sobre cómo estamos todos, esto es, sobre cómo le va a la Nacionalidad.

Conviene aclarar, eso sí, que me gustó el texto del discurso. Otra cosa son las formas pero en este punto el margen de sorpresa es escaso. De todos es conocido que Adán Martín no es hombre de verbo florido y tampoco de expresión grandilocuente. Más bien lo contrario. Si algún lo día lo llevasen al programa de Televisión Española 59 segundos, habría que cambiar el título y denominarlo Hora y media –por cada respuesta, por supuesto–.

A pesar de esos pesares, Presidencia se lo curró este año para que la cosa resultase más legible que en otras ocasiones. Había un par de mensajes claros, que es lo que se debe buscar en este tipo de debates tan propicios para el tedio. Dicho en términos periodísticos, el presidente dio algunos titulares y, de paso, sacó del sopor a más de uno cuando se inventó un código anticorrupción para afrontar el chaparrón que cae desde hace unos meses sobre la cosa pública en las Islas. Si Dan Brown tiene su Código Da Vinci y Juan Fernando López Aguilar su fiscal Anticorrupción, ahora Adán Martín nos descubre también su código también contra la corrupción, si bien el contenido del mismo queda para una segunda fase. Habrá que crear, por tanto, la comisión correspondiente, fórmula idónea para que esta idea un tanto novedosa duerma el sueño de los justos y se acabe la legislatura. En la tribuna de espectadores, algún malévolo apuntó que le ha costado quince años a Coalición Canaria darse cuenta de que hace falta un código contra las malas artes en la gestión pública, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Otros más malévolos se preguntaban para qué hace falta un nuevo código, ¿o es que no vale con respetar el Código Penal? Razón no les falta…

Para que no todo sean loas al discurso presidencial –al texto, insisto–, hay que dejar constancia de lo blandito que estuvo el presidente al abordar el espinoso asunto de la inmigración. Ahí es donde se echó en falta un poco más de espíritu, de ardor guerrero nacionalista. Martín pareció por momentos un socialista benevolente, cuando lo fácil –y lo necesario, las cosas como son, es elevar el tono ante un Gobierno central algo espeso a la hora de reaccionar y bastante poco solidario al repartir la carga de los irregulares con otras autonomías–.

En ese punto, al presidente le pasó como a los personajes de Ivory, Malick y Angelopoulos: se quedan mirando al horizonte cuando tras ellos el mundo se agita.