Jueves, 30 de Marzo de 2006

Mamá administración

Luis Arencibia Verdú

La relación que se establece entre las administraciones locales de la isla y gran parte de la población se podría comparar con la de una madre dominante y sus hijos a medio hacer, en el eterno papel de “mutilados” por las arbitrariedades y excesos de ésta. A ratos las veneran con agradecimiento, en la medida en que mamá ayuntamiento o mamá cabildo pueden, si uno se porta bien, ahorrarle muchos esfuerzos en la vida. Y a ratos las detestan, cuando son tratados como eternos inmaduros, o cuando mamá elije a otro hermanito, con el que se está en enconada competencia, como destino de sus favores.

Las diferentes mamás son tratadas con prudencia y temor, porque tienen un regazo amplio y acogedor para el que sepa bailar al ritmo de sus caprichos. Además, a fuerza de dejarse llevar en volandas por los mimos maternos, los vástagos se han vuelto poco proclives a llevar la contraria. Todo lo contrario, tienen asimilado que durante todo el tiempo que han dejado hacer a mamá, ésta ha ido adquiriendo un poder sobre sus vidas que no conviene desafiar.

Tanto quienes están descaradamente en la competición por sacarles el mayor provecho posible, como quienes se justifican en el descaro de los anteriores para obtener alguna ventajilla, a la hora de relacionarse con ellas no les exigen ecuanimidad, sino que se los quiera y les arrope sin límite por ser sus hijos, los de esta tierra. Obviamente, no es el haber nacido en la isla lo que realmente cuenta, sino el tener los necesarios contactos o algo que ofrecer a la matriarca, pero los autoproclamados “hijos legítimos” se esfuerzan en airear su indignación, y encuentran en las prebendas de los foráneos un plus de justificación para exigir las suyas.

Tampoco hay que ser el último mono, o considerarse el patito feo de la familia, para armarse de valor y argumentos de cara a demandar un trato preferente. Si uno pudiera pensar que porque le enchufen en su ayuntamiento apenas se notará, visto como está el patio, u otro encuentre casi ridículo que no le hubiesen dejado hacer ese cuartito de aperos donde no debía, si además ya se han hecho siete alrededor… ¿por qué el cardumen de los peces gordos iba a quedar al margen del ambiente de musculosa competitividad que tiene alborotados a los peces chicos? El juego es idéntico para todos, lo que diferencia a unos jugadores de otros es el número de fichas.

Se ha acabado por establecer un pacto tácito de “no agresión” entre competidores, por el cual la administración debe intentar cubrir el interés general, satisfaciendo (por acción u omisión, favoreciendo indebidamente o mirando para otro lado) cada uno de los intereses particulares. Lo cual es imposible, claro. Si la administración está ahí, se supone que es para mediar, para que cada uno sacrifique algo de su parte (que pague sus impuestos, que no construya donde no puede, que se prepare debidamente si quiere acceder a un puesto público…) y para hacer que todos esos esfuerzos valgan la pena, porque revierten en el beneficio de todos.

Entre las consecuencias inmediatas de este desbarajuste, en el que el lema parece ser tonto el último, está, por una parte, la inseguridad más absoluta. ¿En base a qué se producirá el desarrollo urbanístico de una zona? ¿O en función de qué criterios se pondrá en marcha un determinado servicio?… Todos nos jactamos de estar enterados de lo sucio que está el patio, y de estar profundamente indignados por ello, pero esto no nos vale para predecir lo que pasará en él pasado mañana. Más allá de los chanchullos hoy en curso, quién sabe. Seguir la posible cadena de favores y consecuencias de éstos es tan difícil como predecir las rachas de viento.

Otra consecuencia, lógicamente, es el desprestigio del esfuerzo y la responsabilidad como medio para obtener los propios fines. ¿A quién no le gusta evitarse riesgos y sacrificios en la vida? ¿Quién no ha sentido alguna vez la peor envidia ante el chollo ajeno? Seguramente, los castos de pensamiento son muy pocos.

Un freno ante estos impulsos puede ser la reprobación de los demás pero, en este caso, gran parte del grupo justamente empuja, y a codazo limpio, en el sentido de nuestros deseos más libidinosos.