Viernes, 31 de Marzo de 2006

De cómo los españoles son egocéntricos

Werner Herzog

Mucho ha cambiado España desde que llegué. Este país ha entrado de lleno en Europa y asume gustosamente la sociedad de consumo. Las formas se han suavizado. Pero las viejas costumbres no han desaparecido. Se han refugiado en el idioma y allí sobreviven. Hablando, el español revela una manera de ser y, sin darse cuenta, nos da acceso a su subconsciente.

He aquí algunos ejemplos. Cuando llamé por primera vez a una puerta en este país, la persona buscada contestó desde el interior de la vivienda: “Voy”. Me dije: “¿Pero adónde va?”. Se abrió la puerta y el amigo me saludó como si nada. Tenía que aprender que el español nunca viene cuando se le llama. El español va. Extraña cosa. No toma como punto de referencia al otro, no se “somete” al otro. El punto de referencia es él mismo. Él domina la situación, él decide que va.

Aprendí muchas cosas interesantes. El español no deja caer las cosas. Las cosas se desprenden de él y se le caen: “Se me ha caído”. La forma rústica de decirlo revela aún más que algo extraño le ha acontecido al protagonista: “Me se ha caído”. En este país, la gente tampoco pierde u olvida nada. Son cosas que ocurren o suceden inexplicablemente y lo comentan con un “Se me ha perdido” y “Se me ha olvidado”.

Más curioso es ver cómo dominan el tiempo. Tienen una personalidad tan fuerte que no están en el mundo, sino que el mundo está en ellos, el tiempo les pertenece. Dicen sin vacilar que “Se me ha hecho tarde”. Consiguen ser protagonistas incluso en el acto supremo del tiempo, en la muerte. Cuando leí por primera vez que alguien se había matado, pensaba que se había suicidado. Falso. Había muerto en un accidente. Parece que no quieren sufrir la muerte y que, más bien, quieren protagonizarla, incluso cuando un coche les aplasta. No solamente se matan, también “se mueren”. No importa que fallezcan después de un largo sufrimiento, postrados en su cama: el español se muere.

Los españoles también son singularmente inteligentes y no tienen miedo ante nada. Cuando aprenden una materia, parece que no necesitan profesor. Se sientan en las aulas, pero no reciben clases, sino que las dan. “Doy inglés”, me dijo un amigo. Y me confundió. No sabía si era profesor o alumno. Ahora me siento incómodo en situaciones semejantes. Cuando tengo que decir que he vuelto a las clases piano, no sé si tengo que decir que doy clases de piano o si tomo clases de piano. Lo último me suena inusual, raro, y parece que apenas se dice en castellano. ¿Será falso? Menos mal que no tengo exámenes, porque, entonces, tendría dudas si puedo decir “me examino”. Los españoles no dudan, lo dicen sin rodeos, como si tuvieran la capacidad de hacer un examen y evaluarse a sí mismos. No necesitan ayuda ni nadie que les haga las preguntas. Parece que los andaluces exageran con más alegría todavía. Ellos no reciben ni dan clases, sino que se enseñan. Se enseñan el inglés, el alemán o cualquier cosa; y después se examinan. Son maravillosos.

Lo más sorprendente, tal vez, sea el dominio que los españoles han conseguido en la difícil materia de la medicina. Lo hacen casi todo ellos solitos. Comienza la historia cuando se sienten mal. Entonces, se curan. El primer paso consiste en darse de baja. “Me voy a dar de baja”, dicen. Un médico amigo se quejó de que los pacientes acudían a su consulta y le ordenaban que querían la baja. No consideraban que él tenía que escucharlos, auscultarlos, detectar si estaban enfermos y, después, dar su dictamen. No: habían venido para darse de baja. Al hombre de bata blanca lo consideraban solamente un apéndice y ayudante de su acción.

Los españoles no solamente se dan de baja y se curan, también se operan. Esto roza el milagro. “¿Cuándo te operas?”, pregunta la gente antes de una intervención quirúrgica. “Me opero mañana” es la respuesta. Esta frase no es solamente coloquial, se utiliza también en los periódicos. El diario El País, que ha confeccionado un Libro de estilo que tiene rango de biblia periodística, publicó recientemente una noticia con el siguiente titular: “Raúl López se operará mañana en Madrid”. López es, por lo visto, un muy buen jugador de baloncesto afincado en Estados Unidos. Lo que ignorábamos es que también sabe operar. En su caso, era la rodilla izquierda.

Esta noticia me recordó el cartel que vi un día en un mercado de una ciudad andaluza. Un puesto estaba cerrado. Sobre la verja había una gran pancarta que decia: “Hemos ido a operar al niño”. ¡Qué escena más entrañable! Los vendedores (probablemente una familia) y sus clientes forman un grupo humano que desea lo mejor para el niño. Ante lo dramático, hacen piña. Y la familia lleva al niño al hospital y allí lo operan: uno con el bisturí, otros tendiendo tijeras y algodón y controlando la anestesia… Hay que imaginárselo.