Viernes, 31 de Marzo de 2006

María y Pedro

Heraclio Sánchez

María y Pedro son amigos. Conviven desde hace veinte años. Tienen dos hijos. Una guapísima moza ya de 14 años y un pequeño diablillo de 10. Beatriz y Pedrito llevan por nombres las criaturas. Viven en Conil, término municipal de Tías. Aunque coincidimos en multitud de ocasiones a lo largo del año, hacía unas cuantas temporadas que no charlábamos sobre sus vidas, aquí y ahora, después de 20 años de convivencia, matrimonio y fiesta de altura mediante, y el crecimiento de sus dos retoños.

Hablamos mucho el pasado sábado. Pero lo que más me llamó la atención fue el trabajo extra de los padres para facilitarles una buena educación a sus hijos.
Al vivir en Conil, al tener María turno de mañana en el trabajo y Pedro horario partido en la empresa que dirige, se las ven y se las desean. Básicamente, me dicen, por carecer el pueblo, como la isla entera, de un digno sistema de transporte público. Sus vidas, sí, sus vidas, estarían mejor si dejaran de ejercer de taxistas de sus hijos.

Pónganse en su lugar; es posible que ya lo estén. De lunes a viernes, cornetilla de salida a las 7 de la mañana; desayunos; María coge el coche, deposita a Beatriz y Pedrito, una en el Instituto de Tías, el otro en el Colegio; María, después, a Puerto del Carmen de 8.30 a 14.30 horas. Más tarde, María sube la cuesta de Tías, ve el campo de golf en construcción, le entran arcadas, pero tiene que seguir cuesta arriba, trinca a Pedrito recién comido en el recién inaugurado comedor escolar (“Bendito comedor, Heraclio, bendito comedor”), y trinca a Beatriz que hoy comió en casa de una amiga.

Pedro ha tenido una mañana más tranquila. Entra a su empresa aproximadamente a las nueve y llegará a casa a las tres. María, Beatriz y Pedrito le esperan. María ya preparó la mesa. Él se sienta y come. Cómo ha ido el día y lo que queda de éste conforman la conversación de mediodía.

Un cuarto de hora después de tomar el café, Pedro trinca a Beatriz y Pedrito: Bea irá a clase de baloncesto, a Pedrito le toca hoy judo. Afortunadamente, los gustos de los chavales se ajustan, casi todos los días, a la oferta que ofrece el núcleo de Tías. Casi todos los días porque a Bea, a principios de este curso, le dio por aprender a bailar y los martes y jueves hay que ir a Playa Honda, después del baloncesto o el inglés, según el día. En esos días, María, la madre, tendrá que encender su coche, tras poner la colada y preparar lo sustancial de la comida del día siguiente, coger a su hija del baloncesto o inglés y viajar a Playa Honda.

En Playa Honda o en Tías, más o menos cuando concluye la jornada laboral de Pedro, el padre va a recoger a sus hijos. A eso de las ocho y media de la tarde llega a casa. Destrozado. Como él, ella, María.

Ya tienen 10 y 14 años. Se duchan solos, harán sus pocos deberes (“es que no les ponen deberes, Heraclio”) y a la cama, que mañana es otro día.

Esta situación, mes tras mes, de lunes a viernes. Porque el sábado habrá que madrugar nuevamente, “esos son los días que duelen más”, me dice el amigo Pedro. Empezó la liga de baloncesto y las exhibiciones de judo. Y cada sábado, diana a las siete y recogida a las dos de la tarde. Y bien entrada la tarde, Beatriz, un sábado sí y otro también, empieza a quedar con sus amigas y amigos, y otro viaje de Conil a Playa Honda, parada obligatoria en el Deiland, obliga primero a María a las cinco y a Pedro a las 11 a coger el coche… otra vez.

Buena parte de este ajetreo, me cuentan, se aliviaría con un digno sistema de transporte público con guaguas interconectadas entre el municipio de Tías y el resto de la isla. “Les acompaño en el sentimiento; esperen sentados, quizá en una década de estas, cuando Beatriz y Pedrito tengan su propio coche, otros padres puedan respirar tranquilos”, les digo.

Era un sábado por la tarde noche cuando apurábamos un buen café y mejor vino en la casa de estos amigos en Conil. “Oye Heraclio, sintiéndolo mucho, tenemos que ir a buscar a Beatriz al Deiland. ¿La semana que viene en tu casa?”, me interrumpe María. “Sí, sin problema; pero sin niños, bichillos”.