Viernes, 28 de Abril de 2006

Esto no se aguarece

Miguel Ángel de León

[Crónicas de Lanzarote, 27 de abril de 2006]

Es la frase que emplean los viejos conejeros de islita adentro cuando barruntan que algo no tiene mucho futuro y va camino de las chacaritas: Esto no se aguarece, cristiano. Se lo digo yo a usted en serio, caballero.

Igualito, igualito que el pacto cabildicio que, a la precisa hora en la que redacto estas líneas (las cuatro de la tardecita de ayer, miércoles, pasando olímpicamente de matraquillas camerales o empresariales y unas horas antes de que empiece el partido que de verdad me interesa) todavía mantienen formalmente en pie CC-PSOE-APL. Justo por la mitad se está rompiendo el invento. No sé si me explico. En cualquier caso, ya es un secreto a voces… e incluso a gritos, como los que se han escuchado de último en el seno del tripartito y por los pasillos del horrible y creciente Cabildo nuevo.

Comparto la idea que es santo y seña del manoseado y casi nunca respetado Libro de Estilo del diario “El País”: el rumor no es noticia. Y mucho menos su antesala, como dice el dicho. En el mejor de los casos es su retrete o excusado. Pero esta columna (de opinión) no se basa necesariamente en noticias, y además se llama “Si le digo le engaño…”, que es la frase que usaban los canarios más sabios para decir, de otra manera, lo mismito que el afamado pensador griego Sócrates, maestro de Platón antes de la ESO y el STEC, que nunca escribió ni una línea y que enseñaba basándose en preguntas y no en respuestas (lo contrario que los políticos actuales): “Sólo sé que no sé nada”. A Sócrates lo envenenaron con cicuta, y el consejero de Política Territorial los tiene ya envenenados a todos: a los tirios de la oposición y a los troyanos del todavía grupo de Gobierno. Y a los alcaldes ni les cuento: la reunión del pasado martes de los 7 magníficos (o sus respectivos lugartenientes) con Espino acabó como el rosario de la aurora o la vida política de Antonio Hernández Mancha, padescanse. Y hay consejeros cansados de continuar cada cual conduciendo consejerías cabildicias que son compartimentos estancos, que por otra parte ha sido lo tradicional en la que llaman primera institución conejera (a la última mejor ni conocerla, entonces). Siempre hay una excusa para romper cualquier matrimonio. Sobre todo cuando hablamos de un trío. No hay pareja de tres que valga. Casi siempre sobra uno, o una. Y es verdad que en vísperas de elecciones los pactos pactan la ruptura del propio pacto, valga la pactada. Pero a un año vista de la próxima cita con las urnas parece precipitado, por lo que hemos de deducir que no hay tal pacto de triple acuerdo, sino crisis. O sea, la crisis típica del Cabildo, en donde siete culos de distinto dueño, peso, forma y tamaño (7) ya se han posado sobre la poltrona presidencial en lo que llevamos andado del actual mandato.

No es menos cierto que el tripartito actual ya ha pasado por momentos (crisis, minicrisis o amagos de crisis) iguales o peores, como te reconocen confidencialmente sus propios integrantes/intrigantes. Y puede que también este “momento difícil” de ahora lo acaben superando. Allá ellos. Tanto me da un presidente que otro, un partido o un rajado. No voto a ninguno. Y sólo me lo creo todo de todos cuando hablan mal del otro, pues ahí casi siempre llevan razón porque, como dice otra máxima de viejo, “los animalitos se conocen entre ellos”.

Total, que el pacto de gobierno cabildicio “para la estabilidad” (que es el nombrete que siempre le ponen los reyes de la inestabilidad política) hace ahora mismo aguas, como Inalsa. Y, como Inalsa, está también con el agua al cuello. Al PSOE –un suponer– le importa una higa que mañana mismo la sonriente presidenta firme el cese de todos sus consejeros. Así están las cosas. Si la debacle no se consuma y escapa de ésta será por puritita casualidad, de chiripas o de manganillas. O porque tiene más leche que un tarro de condensada. O porque Dios es grande. Pero si se confirma que al final el enésimo invento “para la estabilidad” se va a la porra, doy por hecho que derramaré las mismas lágrimas que me provocaron las rupturas anteriores: ningunita.