Viernes, 26 de Mayo de 2006

El riesgo de la economía mental

Luis Arencibia Verdú

Aun a sabiendas de que haya lectores que lo consideren excesivo, me meto en el rebufo de la última secuencia de artículos colgados en este blog, motivado sobre todo por un comentario al artículo de Josechu Pérez Niz, en el que se pretendía despejar cualquier sospecha de discriminación hacia Jorge Marsá, alegando que si alguien era responsable de que se le tachara de godo, era el propio Jorge Marsá. Por arrogante.

No pretendo aquí entrar en la discusión de si su artículo fue una afrenta a la cultura canaria o a los canarios en general; aunque aclaro que, desde mi punto de vista, obviamente no lo ha sido. Considero que ni por defender que tiene poco sentido fomentar la lectura ciñéndose a la literatura canaria, se tilda automáticamente ésta de despreciable, ni porque se señale la evidencia de que hay infinidad de obras superiores a las producidas en Canarias me siento, como canario, ofendido. Pretendo ceñirme exclusivamente al comentario en cuestión, con el que no estoy en absoluto de acuerdo.

Porque un canario al que se acusa de arrogante es… un canario arrogante. En cambio, para muchos, un peninsular con la misma calificación es un godo. Los canarios arrogantes no tienen ninguna categoría propia, más que la que incluye a los demás arrogantes nacidos en las islas. Los procedentes de la península, sí; entran a formar parte de la de los godos. No es casualidad, obviamente, que así sea. Ni tampoco es casualidad que no se haya creado una categoría para englobar a los peninsulares simpáticos o a los peninsulares neuróticos, sino que sea precisamente ese rasgo, la soberbia, el merecedor de categoría propia. Tengo la sensación de que el victimismo frente a la metrópoli, tan convenientemente alimentado por algunos, tiene que ver mucho con la elección.

El calificativo de godo, como todos los estereotipos –que es al final de lo que se trata– sirve al que lo usa para simplificarle tremendamente las cosas: por medio de esas cajitas mentales en las que se va clasificando, de forma rápida y sencilla, a las distintas personas que le rodean. Con esas etiquetitas por fuera –los prejuicios– en las que se apuntan las características que ostentarán todos los que en ellas estén contenidos. Hasta que, en todo caso, logren demostrar lo contrario.

Con el fin de que el procedimiento sea realmente beneficioso para el que lo usa –todos, en realidad, con intensidades muy diferentes, eso sí–, los prejuicios asignados a cada uno de los estereotipos deben cumplir una serie de condiciones. En primer lugar, y con muy pocas excepciones, se debe tratar de una valoración negativa del colectivo al que van dirigidos. Así, automáticamente, nos catapultamos hacia la cima del escalafón social, por encima de aquel grupo catalogado como violento, de ese otro compuesto en gran medida por avariciosos sin escrúpulos, o del que me ocupa en este artículo, formado por peninsulares con delirios de grandeza. Por otra parte, los prejuicios asignados a cada grupo deben ser lo suficientemente numerosos y rígidos como para que tengamos una buena reserva de ellos, en conserva, para aplicarlos cuando lo estimemos conveniente.

Por eso, cuando se tacha a Jorge Marsá de godo, ni se está dando una opinión personal sobre su conducta, ni se está queriendo hacer hincapié exclusivamente en su actitud arrogante –si es que eso realmente viene al caso en un debate de ideas–. Se está tirando de un cliché, socialmente creado con una intencionalidad muy concreta, que no se ciñe a catalogar a ciertas personas como arrogantes, sino que tiene otras muchas connotaciones, conocidas por todos. Entre ellas, y en lugar privilegiado, estaría un supuesto desdén por cualquier producción cultural elaborada en las islas, que se consideraría inferior a las del lugar de procedencia y, por ello, digna de ser despreciada.

Por eso, aunque Jorge Marsá se empeñe en explicar que lo que le mueve a defender la conveniencia de poner la mejor literatura al servicio de la promoción de la lectura, es el principio, más que razonable, de disponer los mejores medios para lograr los mejores resultados –frente a la tentación de estrategias más autocomplacientes, pero seguro que menos eficaces–, muchos no podrán evitar pensar que miente, o que no dice toda la verdad. Y tan seguros estarán de ello que se verán con el derecho a “tirar a matar”, no a las ideas, sino a quien las escribe. La posibilidad, tentadora, de hacer reduccionismo con la realidad y las personas no es, por supuesto, inocua.