Viernes, 26 de Mayo de 2006

Los que no llegan

Francisco Pomares

[La Provincia, 25 de mayo de 2006]

Hace unos días, un periodista le preguntó a José Segura por los que llegan. Una pregunta más de las muchas que tendrá que contestar todos los días a cuenta de este interminable goteo de seres humanos escupidos desde las costas de África. Segura se mordió un segundo la lengua, pero no pudo controlarse y dijo que a él los que llegan no le preocupan tanto como los que no llegan.

Es lo más honesto y sensato que he escuchado decir a nadie con alguna responsabilidad sobre la crisis humanitaria a la que nos enfrentamos. Es probable que a nadie le preocupe la cuenta de los que no llegan, de los que pierden la vida en el mar, de esos cadáveres hinchados que salpican las aguas de nadie entre Canarias y Senegal. A mí me pasa lo que al delegado del Gobierno, que sí me preocupan los que no llegan. Y no me impide decirlo este clima cada día más enrarecido y miserable en el que parece que lo único que nos importa es frenar como sea la supuesta invasión. Tirando incluso de cañoneras.

Por eso, diré también que me avergüenza ser ciudadano de un país cuyo Parlamento se atreve a pedir que se devuelva al mar a los que intentan llegar. Me avergüenza sobremanera que nadie –nadie con responsabilidad pública– haga la cuenta de los que no llegaron el pasado fin de semana. Sabemos –lo sabe el Gobierno de España, lo sabe el Gobierno de Canarias, lo sabemos los periodistas– que del viernes al domingo salieron de las costas cercanas cinco cayucos más de los que llegaron. Cinco se perdieron. Cada uno podía llevar entre sesenta y ochenta personas. Podemos decir sin temor a equivocarnos mucho que el pasado fin de semana murieron ahogados en el trayecto de la miseria a la esperanza entre 300 y 400 jóvenes africanos. Y así semana tras semana? un auténtico desastre: a pocas millas de nuestras costas perdieron la vida el pasado fin de semana más personas de las que murieron en los atentados del 11-M en Madrid. Ese holocausto semanal debería hacernos pensar de otra manera, obligarnos a cambiar el chip egoísta y plantear que Canarias se enfrenta a una crisis humanitaria de proporciones inmensas.

Pero esas cifras, las de los que no llegan, no parecen importarle a nadie. No hay Instituto de Estadística, ni servicio de vigilancia ni oficina de inmigración que se ocupe del suma y sigue de los que mueren en las aguas de enfrente. Nos falta eso. Y lo que nos sobra son ideas peregrinas y demagogia de baratillo, comentarios fascistas, escapismo político, palabras vacías, cañoneras parlamentarias y esta sensación de desinterés por el sufrimiento humano, de absoluta pérdida de valores, de egoísmo nacionalista y xenofobia pueblerina. Pero yo soy un optimista histórico: confío y deseo que reaccionemos a tiempo. Espero que alguien con autoridad política y moral sepa plantarse y decir que este comportamiento no es el de una sociedad civilizada y que nuestros hijos se sentirán algún día avergonzados por lo que estamos haciendo. Y diciendo. Y callando.