Viernes, 30 de Junio de 2006

Con la música a otra parte

María Pallarés

Los profesores del Conservatorio de Música se han reunido con el Cabildo para reivindicar que se les reconozca una jornada laboral de 37,5 horas semanales en lugar de las 30 de clases por las que cobran. Resulta más que comprensible que un docente tenga que dedicar esas 7,5 horas a la semana a preparar sus clases, ¡qué menos! Obvio que un maestro debe preparar su trabajo. Claro que en este país, y a tenor de cómo se imparten las clases, cabe dudar que muchos docentes las preparen.

Aunque pueda no tener relación, me trae este conflicto a la memoria el recuerdo de otro que se vivió en Canarias hace ya cerca de quince años: el de los maestros que reivindicaban la jornada continuada. En uno de los países de Europa en los que menos horas de enseñanza reciben los niños, los docentes planteaban reducir aún más esa jornada y darla toda de un golpe. Y decían defenderlo por el bien de la educación y no porque aspiraran a reducir su jornada laboral, pues nos contaron que ellos dedicarían esas horas de la tarde a impartir actividades complementarias que resultaban imprescindibles para la buena instrucción de los pibes. La jornada se redujo; de las actividades de la tarde nunca se supo.

No obstante, y dejando a un lado las dudas, lo razonable de la reivindicación de los profesores y el lamentable hecho de que lleven cinco años sin convenio, lo que más me ha sorprendido siempre del Conservatorio es que no enseñen a los niños a amar y a disfrutar de la música. Mi hijo estuvo recibiendo clases allí durante un buen número de años: jamás una audición de buena música, jamás un intento de hacerle entender la música, jamás gozó de la música en esa institución. Lo que le enseñaron fue a descifrar un código –el solfeo– y una técnica para manejar un instrumento. Se dedicaban, según me dijeron, a preparar futuros profesionales.

Quizá tuvieran razón, quizá exista espacio para tantos profesionales y quizá resulte obligado que un profesional de la música comience a formarse por la técnica y no por el disfrute de lo que será su profesión. Sin embargo, nunca terminé de comprender que se actuara así con niños de ocho o nueve años. Para mí era como si en la escuela se empeñaran en que antes de aprender a leer, a disfrutar de un cuento, los niños debieran centrarse, a los cinco o seis años, en el aprendizaje de las reglas de la gramática. Por lo tanto, nunca me extrañó que, tras años de Conservatorio, no fuera solamente mi hijo el que mostrara tan escaso amor por la buena música.

De todas formas, esta historia nada tiene que ver con la música ni con la enseñanza, sino con las condiciones laborales de los docentes. Así que… con la música a otra parte.