Viernes, 29 de Septiembre de 2006

¡Qué buena es la sociedad y qué malos son los políticos!

Mario Ferrer

Siempre me ha llamado la atención la falta de autocrítica de la sociedad insular. Me asombra que la gente asuma de forma incuestionable que los políticos han sido los únicos responsables de casi todos los males de la isla porque han hecho caso omiso a las peticiones de control del crecimiento. Aunque en gran medida ese planteamiento es cierto, la verdad es que este razonamiento se ha convertido en un tópico con grietas muy grandes. El mito de que la población de la isla ha estado en contra de las políticas agresivas con el territorio tiene muchos puntos muy flacos.

Aseguran quienes sostienen esta tesis que hay numerosos sondeos y hechos, como la famosa manifestación del 27-S, que demuestran que los ciudadanos han dejado claro que prefieren un modelo de desarrollo sostenible. Sin embargo, hay un indicador de la “sensibilidad popular” mucho más importante y vinculante: las elecciones. Y en este aspecto no hay dudas. En los últimos 20 años, los políticos que han apostado por la ordenación territorial como medida para limitar el crecimiento no han logrado rentabilizar esa actitud en votos, mientras que los partidos que han mostrado poco interés en controlar el auge urbanístico han sido los más beneficiados. Los lanzaroteños han dado más apoyo a los que estaban a favor del desarrollismo que a aquellos que aunque sea de manera muy tímida han dado pasos hacia el concepto de sostenibilidad.

Repasemos. Enrique Pérez dio salida a las gestiones para crear un nuevo PIOT en 1986, cuando Lanzarote ya estaba viviendo el primer despegue fuerte del turismo, y perdió las elecciones en 1987. Nicolás de Páiz sacó adelante el PIOT de 1991 con muchas dificultades y perdió en los siguientes comicios.

Con la explosión de camas de la segunda mitad de los años noventa, Enrique Pérez presentó el proyecto de la Moratoria en 1998. Los sondeos de opinión elaborados por el Centro de Datos del Cabildo demostraban un claro apoyo a la limitación de nuevas camas. En enero de 1999, el 65% de los encuestados opinaba que “no se debería crecer” y el 22% creía que “debería haber un crecimiento muy lento, aunque vengan más turistas”. Sin embargo, en las elecciones de ese mismo año los partidos que obtuvieron más votos fueron CC-PNL y PIL. Los candidatos al Cabildo de ambos partidos se habían posicionado a favor de las teorías de las grandes patronales turísticas y dos de sus ayuntamientos (Yaiza y Teguise) habían entregado licencias sin informar al Cabildo.

El 27 de septiembre de 2002 miles de personas salieron a la calle en una manifestación que se leyó como un rechazo a los modos políticos usados hasta ese momento y como un apoyo al desarrollo sostenible. Sin embargo, el gran ganador de las elecciones de 2003 fue el PIL, un partido cuyo líder había tachado la manifestación de “oportunista” (Lancelot, nº 1002) y que nada más llegar al poder dejó en el cajón los proyectos para limitar el crecimiento. Curiosamente, meses antes, Enrique Pérez había sacado una propuesta para caducar 25.000 camas que no se volvió a retomar.

La escasa influencia del control en política territorial en las elecciones es aún más patente en los ayuntamientos. Los tres únicos municipios en los que ha habido estabilidad en los últimos 20 años han sido los turísticos. A pesar de ser duramente criticados por los sectores ecologistas, los alcaldes de Teguise, Yaiza y Tías sólo han variado por movimientos dentro de su partido o por condenas judiciales, pero no porque hayan perdido la confianza de los votantes. Al contrario, han gozado de mayorías absolutas.

Aunque las decisiones de los lanzaroteños en las elecciones dejen poco margen a la duda, no es menos cierto que efectivamente hay numerosas encuestas que rebelan que los ciudadanos hace ya tiempo que cambiaron las nociones desarrollistas de hace veinte años por unos criterios más respetables por el medio ambiente. Pero el problema no es ese cambio de mentalidad, la cuestión esencial está en que la población no ha sabido o no ha querido llevar esa intención al terreno de la elección política. Ahí es donde está la verdadera responsabilidad de la sociedad insular. Muchos dirán que el PIOT, la Moratoria o el PTE no son pasos realmente significativos para la sostenibilidad, pero es indudable que eran proyectos más avanzados que los que tenían los partidos que no los apoyaban.

En realidad, la verdadera razón que explica este proceso es una cuestión de formación. La gran mayoría de la población está de acuerdo en que se ha ido demasiado deprisa y en que la isla no debe crecer más porque traerá malas consecuencias sociales, medioambientales, culturales… La gente lo sabe porque lo ve día a día, pero aún así, no ha tenido la capacidad o no se ha preocupado por enterarse de qué propuestas eran las más correctas.

En una sociedad con graves carencias educativas y sin una fuerte tradición democrática sólo ha hecho falta echar mano de un poco de demagogia para que todos los partidos se hagan pasar por defensores de la sostenibilidad. Y la gran mayoría ha tragado. La población ha aplicado a los políticos la fórmula simplista de “todos son los iguales” y ha cerrado los ojos, votando más con lo emocional que con lo racional. Al final, el sistema se retroalimenta de manera perfecta: por un lado especulo con el territorio para hacer negocio y por otro me aprovecho de las consecuencias negativas en una sociedad desinformada y con problemas identitarios para vender el discurso fácil de “lo nuestro”.

Desde luego, los políticos han tenido la mayor parte de la culpa de lo que ha ocurrido, sobre todo, porque es un ámbito de gran responsabilidad en el que hacen falta figuras sobresalientes y nosotros casi siempre hemos tenido a mediocres. Casi todos los medios de comunicación también se han prestado gustosos al juego. No obstante, la población insular también tiene que asumir la cuota que le toca.

Hace unos años, durante una noche de fiesta, un buen amigo argentino estuvo a punto de liarse a tortas con un tipo que a mala sangre le había dicho que la culpa de la crisis de Argentina se debía a ellos mismos por elegir a los dirigentes que habían tenido en los últimos 15 años. “Cada pueblo tiene los políticos que se merece”; ese fue el tópicazo que empleó. Mi amigo casi le salta al cuello, pero después de una buena discusión decidió dejar el asunto correr. Sin embargo, al final de la noche se me acercó y me dijo bastante apesadumbrado: “Sabes lo que más me jodió de lo que me dijo ese tío; que en parte tenía razón. Nosotros estuvimos votando a Menem durante años y hay mucha gente que lo sigue defendiendo”.