Lunes, 30 de Octubre de 2006

Los bisnietos de la guerra la van a armar

Fernando Marcet Manrique

¿Hasta qué punto las épocas y los lugares marcan el carácter de los individuos? ¿Qué tienen en común dos personas que nacieran en Madrid hacia el año 1950? Yo creo que mucho. O al menos bastante.

Los que nacimos en la España del 75, y más concretamente en estas islitas al oeste de África, vinimos al mundo en un contexto muy determinado que no pudo sino traducirse en que actualmente, cuando estamos empezando a cortar el bacalao, tengamos una mentalidad más o menos similar respecto a una amplia variedad de temas. Al menos es lo que a mí me parece.

Lo hablaba el otro día con un amigo. Yo pasé mis primeros ocho años de vida en Las Palmas, barrio de Schamán. Fui al colegio Reyes Católicos, donde viví situaciones tales como que la profesora nos pusiera a toda la clase cinta celo en la boca para que no habláramos, o que nos diera con la regla en el culo veinte veces mientras nos apoyábamos en sus rodillas. Episodios impensables hoy en día.

Era la democracia, pero todavía con regusto a franquismo. Nacimos entre dos aguas, entre la disciplina férrea de antes y las amplias libertades que empezaban a respirarse. Nuestros padres pertenecen a esa generación de niños nacidos en pleno régimen, que no vivieron la guerra en primera persona, pero que la sufrieron en cierto modo a través de sus padres y de un sistema muchas veces asfixiante. La de nuestros abuelos fue la generación de la rabia, el estallido de odios acumulados. La de nuestros padres fue la del miedo, miedo transmitido por sus padres, miedo a que aquella terrible masacre pudiera repetirse algún día. El triunfo de la UCD, el centro, fue más que significativo, en ese sentido. Ni derecha, ni izquierda, vamos a votar todos al centro, no vayamos a armarla otra vez.

A nosotros todavía nos llegó algo de ese miedo, lo palpamos en nuestras propias carnes. Los que vinieron diez o veinte años después ya no. ésos ni siquiera recuerdan que una vez hubo una guerra. El único sentido de la disciplina que tienen es el que se marcan a ellos mismos. La única autoridad que reconocen es la del horario de televisión. Y así les va a sus profesores, y a los que en general tenemos que lidiar con ellos en multitud de situaciones. En cierto modo, su forma de ser se parece más a la de las generaciones de jóvenes estadounidenses, ésos que jamás tuvieron abuelos que sufrieran bombardeos en sus propias casas, que a lo que nosotros éramos a su edad.

Ahora trabajo en una biblioteca. Yo recuerdo que cuando una persona mayor me llamaba la atención, a mí se me caía el alma al suelo. Aguantaba el rapapolvo como mejor podía con la cabeza gacha y ni se me ocurría replicar. Hoy no es así. Tú le llamas la atención a un chaval y te contesta todo indignado, como si no tuvieras ningún derecho a hablarle así. Oye, que estás en una biblioteca, aquí se viene a leer y la gente necesita silencio. Nones. Les tienes que amenazar con llamar a la policía, y aun así se muestran reticentes. Y no hablo del típico gamberrillo que ha existido siempre, sino de una cosa bastante generalizada.

Lo comentaba precisamente con mi amigo (él también trabaja con niños), que esto es como la marea, que sube y baja. También en el 36 se vivió un momento de máxima libertad en España. No creo que la cosa sea del todo comparable, ni quiero decir con ello que vaya a haber una guerra ahora, pero cuando las cosas se escapan un poco a todo control, la gente se suele refugiar en el conservadurismo radical. Pasó en aquella España, está pasando en Estados Unidos, y pasará otra vez aquí, como en toda Europa. Los bisnietos de la guerra la van a armar. En una época donde las libertades individuales no tienen ninguna contraprestación en forma de obligaciones sólo pueden criarse individuos prepotentes, reyezuelos de tres a un duro. Reyezuelos que acabarán enfrentados los unos con los otros de la peor manera, porque serán incapaces de tener la humildad suficiente para reconocer en el otro algo de razón.