Martes, 28 de Noviembre de 2006

¿El ejemplo de Senghor?

Jorge Marsá

Ayer se reprodujo en La Opinión el artículo de Antonio Álvarez de la Rosa titulado “El ejemplo de Senghor”. Tras la lectura, tengo la impresión de sentirme próximo a lo que parece la idea fundamental que el autor quiere transmitir que, si no entiendo mal, se puede resumir en su última frase: “Ojalá que el ejemplo de Senghor pueda servir para seguir protegiéndonos de la tentación de encerrarnos en nuestras identidades excluyentes”. Sin embargo, hay dos cosas que me distancian del texto.

La primera es, desde luego, el recurrente uso del término multiculturalismo. Es posible que para Antonio Álvarez sea sinónimo de mestizaje, pero creo que para la mayoría de quienes lo utilizan, y por supuesto en el ámbito académico, el multiculturalismo es cosa bien distinta, en realidad, el proyecto de “encerrarnos en nuestras identidades” y convivir juntos, pero no revueltos. La propuesta, de la que el canadiense Charles Taylor es su más conocido divulgador, se ajusta casi como un guante al modelo estadounidense del crisol, al agrupamiento de las personas por su identidad cultural en comunidades particulares, que comparten con otras la sociedad, pero que viven todo lo separadas que haga falta para mantener esa identidad cultural diferenciada (Chinatown, Little Italy…). En resumen, el multiculturalismo viene a ser una forma de intentar evitar el mestizaje en la sociedad.

La confusión se agrava al meter en la batidora las civilizaciones y las culturas de forma insistente, y el diálogo entre ellas, como si culturas y civilizaciones pudieran dialogar. En fin, que da la impresión de que se sigue la estela del engendro antidemocrático que se han montado Zapatero, Erdogan y Anan: la Alianza de Civilizaciones. Y por ese derrotero, poco mestizaje y mucho multiculturalismo, que es lo que a la postre proponen: considerar respetable cualquier manifestación de una cultura o religión y relativizar la importancia de algunas que tan frontalmente chocan con la Declaración de Derechos Humanos.

Y esa es la razón de que a mí se me pongan los pelos de punta cuando se afirma lo siguiente: “Creo que el llamado multiculturalismo es el único pasaporte para que harinas cocinadas en otros hornos formen el pan común del saber que a todos nos puede alimentar”. Pese a todo, insisto en que tengo la impresión de que el autor no entiende por multiculturalismo lo mismo que yo, esto es, que nada de pan común, sino que cada comunidad cultural el suyo y bien distinto.

El otro asunto que me llama la atención es la reivindicación de Léopold-Sédar Senghor como modelo. En mis años jóvenes, me parecía una figura encomiable el socialdemócrata africano. Pero quizá convenga recordar que cuando se hizo realidad la independencia de Francia, en 1959, lo que iba a ser una nación tuvo que dividirse en dos a causa de la confrontación entre los dos grandes líderes de la independencia: Mali sería para Keita, y el Senegal para Senghor, que fue elegido presidente en 1960; lo fue sistemática y democráticamente hasta que dimitió de su cargo en 1981.

Lo que extraña es que la reivindicación de Senghor no tenga en cuenta su decisiva influencia en el fin de las esperanzas que se depositaron en la descolonización. Porque un hombre que preside el país durante veintiún años no puede ser ajeno, ni mucho menos, a la actual situación de la sociedad senegalesa, a su empobrecimiento, al hecho de que sus integrantes vivan hoy peor que cuando eran colonia francesa. Senegal pareció en sus inicios una esperanza; hoy ocupa el puesto 158 en la lista de riqueza per cápita de las naciones del planeta, es decir, una de las más pobres.

No es que crea que todo fue culpa de Senghor, ni que ignore la situación del África negra, pero insisto en que consideramos durante muchos años, los de Senghor en el poder, que Senegal era una excepción. Sin embargo, 46 años después de la independencia y de la llegada al poder de Senghor, la gran esperanza de muchos senegaleses viaja en cayuco. Y algo habrá tenido que ver Senghor en esta historia, por muy buen poeta que fuera y por mucho que reivindicara la negritud.

Claro es que no resulta fácil contestar a la pregunta de si se podría haber hecho mejor de lo que lo hizo Senghor. Aunque no muy lejos de allí, hay quien lo hizo bastante mejor: Seretse Khama, el líder del movimiento por la independencia de Botsuana, que ganó las primeras elecciones libres en 1965 y lo siguió haciendo hasta su muerte en 1979.

Desde la independencia, Botsuana ha experimentado uno de los más rápidos crecimientos económicos del mundo, y hoy su renta per cápita es siete veces la de Senegal –y mucho mejor repartida– y ocupa el puesto 61 en la lista citada, junto a Chile y por encima de Rusia o Brasil. Botsuana es la muestra del éxito de un proyecto político que no se centró ni en la negritud ni en la diferencia cultural, sino en resolver el gran problema de la sociedad, la pobreza, prescindiendo de recetas ideológicas caducas e inspirándose en soluciones económicas racionales.

Dos países colonizados por los europeos, dos países inscritos en el continente olvidado, dos países en el entorno de la globalización, pero dos resultados bien distintos, tan distintos como fueron las políticas aplicadas en ellos tras la independencia. Es decir, que hicieron de forma diferente lo que de verdad marca la diferencia: la política nacional.