Jueves, 21 de Diciembre de 2006

Come y calla

Miguel Ángel de León

[Crónicas de Lanzarote, 20 de diciembre de 2006]

El pasado jueves, según salíamos de las instalaciones de Lanzarote Radio, intentó de buena fe Astrid Pérez llevarme casi en volandas a la comida de Navidad del Cabildo (de los políticos del Cabildo, para hablar con mayor propiedad) con los que nos ganamos los garbanzos en los medios de comunicación. Estará de más que les diga que no lo consiguió, aunque me dejó algunos moratones en los brazos. Es una cuestión de principios, y a mí no me valen los de Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

En llegando mediados de diciembre, la prensa se ve invadida por las mil y una invitaciones para almuerzos o cenas “de confraternización” que las principales instituciones públicas organizan con la excusa de la matraquilla navideña y la buenas relaciones que no sé dónde está escrito que tiene que existir entre los políticos y los periodistas, cuando que eso será siempre el peor peligro para los sagrados intereses de lectores, oyentes o telespectadores: el compadreo o pasteleo político-informativo. Tanto como hablar del “buen rollo” entre policías y delincuentes, por poner un buen/mal ejemplo. Para mal de males, los selectivos banquetes se hacen utilizando alegremente el dinero de todo el pueblo, como es triste fama. Y aquí el chiste ya empieza a dejar de tener gracia, para mi gusto.

Por lo general, tamaños dispendios no suelen ser censurados, ni siquiera debatidos, en la prensa. Es asunto tabú. Y se le orilla como si no existiera, o como si no tuviera mayor importancia. Pero la tiene. Hablamos de millones de pesetas de todo el pueblo que se derrochan en comidas y regalitos para que el político de turno salga bien tratado y retratado en los medios.

A los que somos muy raros, como el que suscribe, todos estos ritos que se van convirtiendo en tradición porque las dos únicas partes que se benefician de la misma comen y callan (nunca mejor dicho), nos sigue pareciendo una indecencia, por decirlo de la forma más suave y diplomática que se me ocurre a bote pronto, y aunque ello nos genere a su vez las antipatías de la mayor parte de los que andan (unos más erguidos que otros) en esta profesión antaño respetada y hoy peor vista que la de los jueces y políticos (otro tabú que tampoco aborda jamás la prensa, casualmente). Todavía no nos ha aclarado nadie por qué han de confraternizar tanto y tantas veces los políticos con los periodistas, con lo mal que luego se ve eso en la calle y con lo poco que redunda en la credibilidad informativa, si la hubiera o hubiese. Ni se entiende por qué esas comidas, así como los “desinteresados” regalos que se reparten a los postres, las han de pagar todos los lanzaroteños, incluyendo a la mayoría social con la que nunca confraterniza ninguna institución pública. Ni se explica por qué tienen más motivos los políticos para confraternizar con los periodistas que con los carpinteros, un suponer.

Una vez me dijo una joven periodista que yo no puedo hablar de esas comidas con conocimiento de causa porque nunca he asistido a ninguna. Y tenía razón la chinija. Las pocas veces que me han invitado (partidos políticos o instituciones públicas), no he ido. Las muchísimas veces que no me han invitado, me hacen el mayor de los favores: no tener que deberles a esos políticos ni el saludo. En ambos casos sale ganando la propia conciencia, que se queda tranquila y reposada. Y esto último no tiene precio, sobre todo a la bendita hora de irse a dormir. No te digo ya si te pones a escribir, con la libertad que da la ausencia de ataduras.

La imagen de los políticos echándoles de comer a los periodistas y pasándoles luego la factura o la multa al pueblo que ni come ni le dejan comer tranquilo nos sigue pareciendo demasiado fuerte a los cuatro gatos con rarísima sensibilidad para estos asuntos de lujuria gastronómica y orgía dilapidadora. Así de tontos somos algunos escrupulosos, aunque me alegra comprobar que este año ya no soy el único ni estoy solo dando ese necesario grito en mitad del desierto, porque hasta ayer cada vez que escribía algo al respecto, o me miraban como a un extraterrestre, en el mejor de los casos, o me decían de todos menos batatero, que es lo único que al cabo soy.