Viernes, 22 de Diciembre de 2006

Mejor que ayer (I)

Jorge Marsá

El miércoles escribía que, como en todas las sociedades ricas, “también en Lanzarote, cualquier tiempo pasado fue peor”. Pero a pesar de tantas historias, memorias y obsesiones con la tradición, parece que nos cueste entender incluso el pasado más cercano, y hay quien manifiesta sus dudas sobre que se haya producido una mejoría generalizada en nuestras condiciones de vida. El comentario de Miguel Hernández era una muestra de esas dudas:

¿Cualquier tiempo pasado fue peor? Hasta cierto punto y dependiendo de a quiénes cojamos como ejemplo. Desde luego, para quienes hoy día viven en casas terreras rodeados de todos los lujos imaginables, sin problemas para llegar a fin de mes, etc, etc, seguramente para estos, nunca el ser humano ha vivido tan bien como actualmente. Pero para otros muchos, ahogados por una hipoteca para pagar una casa de paredes de papel, teniendo que tirar de arroz y espaguettis porque la cesta de la compra no da pa más… para esos es posible que este mundo no sea el mejor de los posibles, y probablemente añoren otros tiempos en los que las cosas eran más sencillas.

Con la información de la que disponemos, creo que debe considerarse un hecho que en el último medio siglo se ha producido una mejora de las condiciones de vida de la población en todos los lugares del planeta salvo en una parte importante del continente africano. Pero en nuestro entorno económico y político ese progreso ha sido realmente espectacular. Coincido con la valoración que también el miércoles hacía Denis Macshane en el diario El País: “los mejores 50 años de Europa en sus 2.500 años de existencia”.

No creo que sea necesario proporcionar los datos que justifican calificar de extraordinario el crecimiento económico de las sociedades de la Europa occidental desde 1950. Pero quizá sí resaltar que, al contrario de lo que piensa Miguel Hernández, la principal característica de esa transformación económica y social reside en que benefició claramente a la gran mayoría de la población, que sus efectos no se restringieron como ocurría hasta entonces a los sectores más favorecidos de la sociedad.

Baste decir que hasta 1950, la inmensa mayoría de los europeos desconocían lo que hoy denominamos el fenómeno del consumo. Los ingresos de la generalidad de la población apenas alcanzaban para sobrevivir, para sufragar las necesidades más elementales, y a ellas se dedicaban casi por entero. A partir de ese momento, todo cambió a ritmo vertiginoso. Pocas dudas caben de que, pese a las desigualdades existentes, la gran mayoría de los europeos consumen hoy con fruición todo tipo de bienes. En resumen, cualquier europeo de clase media o baja que viviera antes de 1950 tacharía de opulenta la vida que llevan hoy la mayoría de los ciudadanos del Occidente europeo, incluidos los que a esas clases pertenecen. Y lo mismo haría, y podemos retrasar un poco la fecha, cualquier español, canario o lanzaroteño de la época.

Otra cosa es que haya quien piense que esa fruición por el consumo resulta poco edificante. Ya en la década de los cincuenta del pasado siglo se escuchaban las voces de un sector de la élite intelectual denunciando la perversa americanización de las alienadas masas europeas. Si alienadas estaban las masas, alienadas siguen; porque la apuesta de la mayoría de la población no dejó lugar a dudas: el mismo caso hicieron a esa élite, que desde luego nada tenía de pobre, que hacen hoy a los consumidores de la diferencia que les ponen en guardia ante los peligros del consumo, ninguno.

Y desde esa perspectiva me pareció que lo planteaba ayer Miguel Hernández en segundo turno: “¿pero somos más felices?, ¿estamos más satisfechos?”. Sí, hay quien piensa que el dinero no da la felicidad. ¿Pero ha sido sólo dinero lo obtenido?