Viernes, 22 de Diciembre de 2006

Mejor que ayer (y II)

Jorge Marsá

Una vez acordado que más ricos somos, la pregunta de Miguél Hernández era: “¿pero somos más felices?, ¿estamos más satisfechos?”. Y entonces nos asalta la duda de si se puede medir la felicidad de las personas, de si se pueden comparar, como se preguntaba él, las condiciones de vida del pasado con las del presente. En suma, si hay datos que justifiquen la valoración o todo es relativo.

Datos hay. Por haber, hay quien habla ya de una ciencia de la felicidad y de que ésta puede ser estimada con una cierta objetividad: Richard Layard, La felicidad. Lecciones de una nueva ciencia. Y a quien se pone a estudiar la cuestión, pocas dudas le caben de que el dinero sí proporciona felicidad, que ser pobre tiene pocas ventajas. No obstante, la mejora de nuestra calidad de vida va mucho más allá de las nuevas posibilidades de consumir objetos. Busquemos algunos ejemplos no monetarios sobre los que sostener la afirmación de que nuestra vida es hoy incomparablemente mejor que la de nuestros antecesores.

Para empezar, resulta obligado hablar de la propia vida: desde 1950, por cada cuatro años transcurridos hemos ganado uno de vida. Es seguro que la mayoría considera un indudable progreso vivir hoy entre 15 y 20 años más de lo que vivían nuestros abuelos.

Con mayor razón cuando esa vida transcurre en condiciones notablemente más saludables que antes. Los avances de la medicina y la expansión de los sistemas públicos de salud han contribuido decisivamente a incrementar nuestra calidad de vida. Quizá valdría con pensar cómo afecta a nuestra felicidad el sufrimiento que acarrea un simple dolor de muelas contra el que tan poco se podía hacer tiempo atrás, por hablar sólo de lo que hoy consideramos una cuestión menor.

Parece razonable pensar que una vida digna requiere de seguridad para vivirla. Y la seguridad de los europeos (salvo en la antigua Yugoslavia durante unos años) se ha incrementado sobremanera. No sólo porque asistamos al más largo período de la historia sin guerras en Europa y porque la seguridad ciudadana sea hoy notablemente superior a la del pasado, sino porque la red de seguridad que ha proporcionado a los europeos el Estado del bienestar era inimaginable hasta hace no mucho tiempo: seguro de desempleo, jubilación, atención a la dependencia o a la tercera edad, etc. Seguridad que, sin duda, colabora a que las personas sean o puedan ser más felices.

La influencia de la cultura y la educación sobre la felicidad es posiblemente menos clara de lo que algunos piensan, pero de todas formas estaremos de acuerdo en que el avance en este terreno ha sido de consideración, y en que una vida se tiene por más digna cuando se dispone de mayores conocimientos y herramientas para afrontarla. Se puede poner en cuestión la calidad de nuestro sistema educativo, pero la comparación con tiempos pasados, cuando el analfabetismo y la desinformación eran generalizados, resulta superflua.

Los avances en las libertades de las que disfrutamos tampoco parece que puedan discutirse. Y si la libertad política puede proporcionar más o menos felicidad, desde luego que otras han contribuido a hacer nuestra vida bastante más estimulante. A nadie se le ocurriría cuestionar las ventajas de la liberación de tantas costumbres que constreñían las vidas de nuestros antepasados, y entre las que la liberación sexual ocupa un lugar nada despreciable a la hora de apostar por lo nuevo frente a lo viejo. Es cierto que el incremento de la libertad para elegir estilos de vida viene acompañado a veces por “el miedo a la libertad”, pero no creo que podamos añorar la vida prácticamente predeterminada de los obreros y campesinos de antaño.

Y cuando hablamos de una vida mejor, resulta pertinente establecer diferencias por género: si ha mejorado la de los hombres, qué decir de la de las mujeres. Es posible hoy referirse a los excesos de atención para con los niños, pero resulta difícil negar que la infancia es en la actualidad una época más feliz que en tiempos pasados. Si tener la piel negra es actualmene un problema en muchos lugares de Europa, ni comparación con lo que era hace medio siglo. Si no se ha terminado de conseguir eliminar del todo la discriminación de una persona por su condición de homosexual, tiempo atrás su vida era un auténtico infierno. Si hablamos hoy de las dificultades de los discapacitados, ayer el problema no encontraba siquiera un hueco en la agenda pública. Resulta difícil negar que las conquistas sociales de muchos grupos sometidos a discriminación durante tanto tiempo han contribuido decisivamente a mejorar sus vidas.

Otro componente importante para una vida plena es la disposición de tiempo para el ocio y que existan posibilidades para disfrutarlo. Hasta 1950, las vacaciones pagadas no eran muy frecuentes en Europa, y raramente sobrepasaban las dos semanas al año. La disminución de la jornada laboral y el aumento de las vacaciones en este medio siglo han sido realmente importantes. Y por mucho que algunos desprecien los mecanismos más habituales del ocio, y al margen del uso que cada persona haga de ellos, lo cierto es que parece mucho mejor una vida que transcurre en una casa en la que se disfruta de televisión, aparato de música, ordenador personal, Internet, videoconsola, etc., que aquella en la que la radio era la máxima distracción a la que podían aspirar la mayoría de las familias en su casa.

No es cuestión de alargarse innecesariamente con los ejemplos, porque creo que son suficientes para avalar la opinión de que, en efecto, hoy se vive en general mucho mejor que antes y que la gente puede ser en la actualidad bastante más feliz que en el pasado. Es verdad lo que escribía Miguel Hernández: “es posible que este mundo no sea el mejor de los posibles”. Es seguro; tanto como que este mundo es el mejor de los que hasta la fecha hemos conocido. Y aunque quede mucho que mejorar, me reafirmo en lo que más que una opinión me parece un hecho: cualquier tiempo pasado fue peor, especialmente para los sectores menos favorecidos de la sociedad.