Miércoles, 31 de Enero de 2007

Contrato social y código moral

Fernando Marcet Manrique

Tenemos a tres tipos. Juanito, Pepito y Luisito. Son colegas, así que deciden irse a vivir juntos. Como son tan colegas, al principio todo son albricias y jolgorio. Ji ji, ja ja, buen talante a destajo. Pero con el paso de los días van saliendo a la luz las pequeñas incompatibilidades, que poco a poco se hacen más y más notorias.

Pepito y Luisito fuman, Juanito es desordenado, a Luisito le gusta tocar la guitarra por la noche, Pepito trae colegas a casa cada dos por tres. En fin, para qué seguir.

Es entonces cuando surge la necesidad imperiosa de establecer una serie de reglas si pretenden que aquella aventura de la convivencia perdure al menos por un tiempo más. Por anarquistas convencidos que sean, por anti sistema, por independentistas radicales, por libertarios, por lo que ustedes quieran…, una de dos, o se ponen de acuerdo respecto a esos puntos que incompatibilizan su cotidianeidad o se va cada uno a vivir la vida por su cuenta. Por supuesto, también existe la posibilidad de que uno de ellos se imponga a la fuerza a los otros dos, ejerciendo de líder dictatorial. Así seguro que no hay más conflictos. Pero desechemos esa posibilidad por considerarla poco apropiada.

Así, de esta sencilla manera, podemos resumir el nacimiento del contrato social. Las normas de Juanito, Pepito y Luisito son básicamente la misma cosa que una constitución, unos estatutos, un código penal o civil, etc, etc…, normas establecidas para asegurar la convivencia de los unos con los otros. La única diferencia, es obvio, radica en el número de personas y de situaciones que unos códigos u otros deben abarcar. Las normas de nuestros tres protas pueden ir sobradas con diez puntos básicos, pero una constitución o un conjunto de normas destinados a servir a millones de personas deben recoger un campo amplísimo de situaciones, para que nada quede al azar en caso de conflicto.

Aunque suene a perogrullada, me parece importante tener claro de donde vienen las cosas, porque muchas veces nos ponemos a despotricar contra la burocracia, contra los políticos, contra las leyes, contra no se qué, y parece que nos olvidemos del origen y del por qué de todo eso. Y del mismo modo, la mayor parte de nuestra vida la pasamos haciendo colas y rellenando papeles sin saber muy bien la razón, simplemente porque un funcionario tras una ventanilla nos lo ha pedido.

Los contratos sociales no son una opción cuando de vivir en comunidad hablamos. Si hay más de dos personas y no son idénticas o no hay una relación de poder entre ellas, es imprescindible establecer acuerdos mediante reglas o normas.

Ahora bien, ningún contrato social es infalible, puesto que muchas veces su contenido está sujeto a múltiples interpretaciones, a veces contradictorias, por no hablar de la mala voluntad de quienes deciden ignorarlo sin más. Es entonces cuando hay que construir cárceles, uniformar policías, apoltronar jueces, contratar abogados…, y aun así sigue habiendo un riesgo. Un riesgo tremendo, en realidad, y de este riesgo es del que quería hablar en el presente artículo, aunque ya me haya extendido demasiado.

Lo hemos visto muchas veces en películas. También en noticiarios. Cuando el desastre acontece, el contrato social se resquebraja porque ya no hay policías ni jueces que velen por su cumplimiento. Apagones, inundaciones, terremotos…, situaciones que normalmente deberían movernos a la solidaridad y a la colaboración para salir adelante, son percibidos como oportunidades únicas para apropiarse de lo ajeno, con una intensidad proporcional al número de habitantes del núcleo poblacional afectado.

¿Por qué sucede esto? No es tan complicado como parece. Sucede porque no hay ninguna sociedad humana que pueda sostenerse únicamente sobre contratos sociales. Hace falta algo más. Algo que tiene muy mala prensa en nuestros días, razón por la que somos todavía más vulnerables. Hace falta un código moral. Ningún contrato social puede sobrevivir únicamente a base de vigilancia policial. Como ocurre con el edificio y los cimientos, el contrato social será más fuerte cuanto más fuerte sea el código moral que lo sostenga.

Porque todos nosotros tenemos nuestra propia moral. Todos tenemos una forma de percibir lo que es bueno y lo que es malo, lo que debe hacerse y lo que no. Somos animales morales. Si hablar de moral está mal visto hoy en día es porque tradicionalmente se ha asociado este concepto, después de largos siglos de oscurantismo medieval y unas pocas décadas de dictadura fascista, a las enseñanzas cristianas más rancias. Pero que ignoremos la moral no significa que seamos amorales. Hasta el ser humano más inmoral tiene una moral que le es propia.

La moral la llevamos inscrita en lo más profundo de nosotros, y ésa no necesita de policías ni de jueces. Lo que hace falta, para que no seamos tan vulnerables a esas situaciones mencionadas antes, en las que el contrato social colapsa, es un código moral moderno y eficaz, uno que nos convenza de que aunque no haya ningún policía cerca, eso no significa que podamos robar. Uno que nos detenga aunque nos sintamos impunes. Uno que nos haga concebir al resto de seres humanos como nos concebimos a nosotros mismos. ¿Quién podría evitar que dominásemos el mundo si de pronto tuviéramos los superpoderes de Superman? Ningún policía podría pararnos, ninguna ley, ningún juez. Sólo podríamos pararnos a nosotros mismos, mediante un código moral propio que nos convenciese de que hacer daño a los demás es algo que debe evitarse a toda costa.

Es tan simple como eso. Más débil es nuestro código moral, más fuerte habrán de ser las medidas de seguridad del contrato social. Más débil es nuestro código moral, más policía, más cárceles, más jueces, más cámaras grabando por todos lados…, vanos intentos por evitar lo inevitable, porque por más cámaras que instales, por más policías que uniformes, no hay sociedad que pueda sobrevivir a sí misma si no tiene un código moral lo bastante bueno y eficaz.