Viernes, 9 de Febrero de 2007

El alimento intelectual

Fernando Marcet Manrique

He seguido con sumo interés los distintos alegatos y discusiones generados en el blog durante la última semana en torno al concepto de cultura. Hasta el punto que me voy a ver obligado a quebrantar mi propósito de seguir escribiendo sobre Maslow.

Me limitaré a añadir algún comentario bajo el artículo, como para no dejarlo así tan inacabado y me dedicaré, como niño con zapatos nuevos, a analizar la cultura sucintamente. Asunto que, todo sea dicho, me motiva bastante más que el bueno de Maslow, con todos mis respetos.

Los rumbos y vericuetos tomados por este concepto desde su nacimiento, según lo he estudiado, me recuerda asombrosamente al crecimiento de un inmenso árbol. ¿Quién diría, cuando alzas la vista sin llegar a vislumbrar la copa, que en el origen de todo hubo una semillita que podía cogerse con dos dedos?

¿Y si supiéramos a ciencia cierta que en esa semillita se encuentra el árbol que será, no sería mucho más sencillo analizar ésta, aunque sólo sea por su tamaño asequible, antes que ponernos a discutir sobre si tal rama o cual hoja del árbol ya maduro es más o menos relevante?

Los orígenes de este vocablo son puramente latinos. Y digo latinos, no sudamericanos, ni hispanoamericanos, ni iberomediterraneosudamericanos. En dichos orígenes el significado que tenía la palabra era el de campo cultivado o ganado. Y miren por donde, aquí a lo mejor podemos relacionar esto con lo de Maslow. Porque precisamente hablamos de una época en la que nada había más importante que la agricultura o la ganadería. Un concepto básico para una época de necesidades básicas (y en la que, no obstante, muchas personas buscaron la autorrealización, a veces con considerable éxito).

Y es que eso era la cultura, no había más, imposible habría sido hace apenas cuatro o cinco siglos discutir sobre el tema, pues no habría habido en absoluto tema sobre el que discutir. La cultura estaba claramente definida como todos aquellos alimentos que podíamos generar o producir gracias al uso de nuestro intelecto. Vemos, pues, cómo el concepto de cultura estuvo desde el principio íntimamente ligado al de ciencia y su derivado más práctico, denominado tecnología. Tenemos por un lado la comida, subsistencia pura, y por el otro lado tenemos el intelecto puesto al servicio del óptimo proceso de producción de esta comida.

Fue más tarde cuando a esto se le empezó a dar un sentido metafórico. Jamás hemos desperdiciado los seres humanos una buena ocasión para metaforizar. Y ésta en concreto venía que ni pintada. ¿Por qué en vez de usar la palabra cultura para referirnos únicamente al alimento del cuerpo no la usamos también para hablar del alimento intelectual o del raciocinio? Aquí fue cuando la cosa se lió del todo.

Es decir, cultura seguía siendo algo generado por el hombre mediante la utilización de técnicas o ciencias genuinamente humanas. Técnicas o ciencias ajenas al estado salvaje de la naturaleza, por tanto. Pero ya no hablábamos de un algo tangible, como podía ser una lechuga o un cerdo, sino de otra cosa. La comida del intelecto.

¿Y de qué se alimenta el intelecto? ¿Qué clase de cultura era esa que en vez de con dientes se masticaba con pensamientos? Esa es la cultura de la que hemos estado discutiendo estos días. La cultura sobre la que no hemos dejado de discutir desde entonces. Es perfectamente normal que nos haya sido imposible definir lo que por definición es indefinido.

Unas veces se asoció al término civilización, otras veces se desligó y hasta se antepuso a él, unas veces se usó para hablar de los rasgos propios de unas poblaciones, otras veces se dijo lo contrario. Se usó para tantas situaciones y en tantas circunstancias que cultura llegó a serlo todo. Y sabido es que cuando una cosa es todo, en la práctica viene a no ser nada, pues nada se puede separar y por tanto oponer ante un todo absoluto.

Hoy por hoy seguimos liados con la cuestión, y supongo que la cosa va para largo. Yo, en cualquier caso, ante la duda recurro al viejo significado latino, más que nada para tener algo sólido sobre lo que sostenerme, que con lechugas y con cerdos jamás hubo equívocos dignos de consideración.