Martes, 27 de Febrero de 2007

Los Servicios Sociales de la vergüenza

Fran Pérez

Hablar de Servicios Sociales en esta isla puede caer en saco roto o en oídos sordos, tanto da. No sólo porque se aprecia desde hace mucho tiempo el total desinterés hacia el sector por parte de los gestores políticos y sus opositores; la misma ciudadanía y, aun más, los elementos críticos de la misma, periodistas incluidos, han hecho de los Servicios Sociales un tema relegado a los estantes de cuestiones menores.

Políticamente decir que los Servicios Sociales son una cuestión menor equivale a decir que los Servicios Sociales son el problema de una población (pobre, delincuente, discapacitada, anciana, etc.) carente de rentabilidad electoral. Y basta comprobar cómo está la organización de la cosa para llegar a tales conclusiones prejuiciosas sin ser necesariamente experto en el tema.

Que la isla adolece de un proyecto claro y sólido de lo que quiere y de cómo lo va a conseguir en materia de política social es una realidad que detectas a poco que seas usuario crítico o bien un profesional responsable de alguno de estos servicios. Y aunque la mayoría de la gente identifique infraestructura con estructura, edificio con proyecto, deberíamos saber que para el caso de Lanzarote y sus Servicios Sociales esta asociación es, en la práctica, inconveniente e imposible.

No sólo destacamos por tener uno de los más ineficientes Servicios del Bienestar Social del archipiélago sino que la falta de una estructura consolidada, profesionalizada, coordinada, visible y eficaz de Servicios Sociales ha hecho que nuestra isla sea conocida, al menos en cuanto a política social se refiere, como la isla de las oportunidades perdidas. ¿Y qué oportunidades hemos perdido? Principalmente la modernización y la profesionalización de un sector crucial para la ciudadanía.

Ya no es que por tradición los Servicios Sociales sean pasto de la mediocridad política (de todos es bien conocido que la responsabilidad política de los Servicios Sociales, llámese concejalía o consejería, siempre recae en la persona más irrelevante del buró) sino que en los últimos tiempos asistimos a una inconmensurable mediocridad técnica alimentada por el nepotismo, el oportunismo y el todo vale. En este contexto es casi natural que la política social en Lanzarote sea una política caracterizada por la improvisación, el paternalismo populista y la descoordinación de los recursos de los que se sirve para cumplir sus supuestos objetivos.

Ahora que llegan las elecciones y llegan con ellas las promesas sociales, la ciudadanía lanzaroteña debería exigir gestores políticos preparados, capaces de coordinar a un equipo técnico con formación y experiencia solventes, capaces de desarrollar una política social basada en la prospectiva y en la intervención estratégica, un política social que tenga como prioridades la prevención de problemas sociales y el desarrollo y la ampliación de derechos sociales y civiles, una política basada en la investigación social y en la creatividad e innovación de sus propuestas de acción.

Que conste que la crítica contenida en el artículo no tiene por objeto cuestionar la labor de aislados y muy concretos profesionales que a día de hoy desempeñan su tarea en los Servicios Sociales de Lanzarote. La crítica tiene el objetivo de denunciar el abandono político de un tema crucial para el choteado “desarrollo sostenible” que tanto preocupa a esta sociedad del ladrillo.