Miércoles, 28 de Febrero de 2007

¿Votamos?

Marina Leonor Arencibia Rocha

Hace unos días empecé a leer una biografía de Victoria Kent, una de las más conocidas y fascinantes mujeres que vivieron y defendieron la República. Hay un hecho en su vida que nunca hasta ahora llegué a comprender: ¿cómo es posible que una mujer con sus ideas se opusiera a conceder el derecho al voto de las mujeres?

Sin embargo, ahora lo empiezo a entender. Según los historiadores, en aquella época las mujeres vivían en el más absoluto ostracismo, no se podía actuar, ni siquiera pensar si no era siguiendo las pautas del marido, el hermano, el padre, o el patrón. Era muy difícil encontrar una mujer con la suficiente información, preparación, educación, libertad o como lo queramos definir para que tuviera ideas propias o por lo menos el valor de defenderlas, de expresarlas.

Victoria Kent creía que antes de tener el poder para decidir el futuro del país por medio del voto, a las personas en general y a las mujeres en particular había que darles las herramientas y la preparación necesarias para que supieran lo que realmente significa el derecho al voto, que no se trata del simple hecho de meter un papel en una urna, un papel que significa que depositas la responsabilidad de la política en este o aquel candidato y que tú, en el mejor de los casos, te lavas las manos hasta las próximas elecciones.

Para mí se llenó, todavía de más contenido, el debate entre la política representativa y la política participativa, y me lleva a tener más dudas y a hacerme más preguntas: ¿hasta qué punto nos consideramos con derecho a votar? ¿Tenemos la suficiente responsabilidad y preparación para tomar la decisión de a quién elegimos para que nos gobierne, a nosotros y a todos? ¿Qué legitimidad tienen los políticos para pedirnos el voto? ¿Cómo nos han ayudado a informarnos y prepararnos para que asumamos semejante responsabilidad?

He escuchado, leído y debatido mucho sobre este tema, y cada vez estoy más convencida de lo absurdo de este tipo de democracia que, por cierto, mientras no haya otra cosa mejor, defenderé a capa y espada. He escuchado el dolor de los que ven cómo mucha gente joven que no quieren saber nada de política votan a este u otro partido con la esperanza de poder ser un estómago agradecido. Me he horrorizado más de una vez al ver cómo después de años de criticar la labor política de un determinado alcalde, esa misma persona le vota por eso mismo, porque es el alcalde y por eso de más vale ruin conocido que bueno por conocer. He leído muchos artículos que de una manera más o menos lógica argumentaban por qué la abstención es la vía más coherente.

Yo misma he hecho de todo, he votado, he votado en blanco, me he abstenido y hasta he dado el voto útil. Pues ahora resulta que después de todo estoy por creer que las cosas están al revés, o como decimos aquí patas arriba. Estoy convencida que los que no votan son precisamente los que tienen más coherencia política y los que de verdad entienden lo que es la democracia; vamos, que creo que son los que tendrían que votar. Y los que votan son precisamente los que quieren mantener el orden establecido, los que quieren seguir siendo estómagos agradecidos y unos pocos, poquísimos ilusos que en un momento nos creímos que desde dentro del sistema se podría cambiar algo.

Así que visto lo visto y ya que si me abstengo seguirán votando los mismos y lo que es peor, a los mismos, no quiero renunciar a la esperanza y a la ilusión de que algún día pueda haber POLÍTICOS que de verdad se dediquen a hacer POLÍTICA y no a vivir de ella y de todos nosotros. En fin que volveré a aquello del voto útil.