Miércoles, 28 de Febrero de 2007

Carretera al infierno

Fernando Marcet Manrique

Hoy (por ayer) casi atropello a un ciclista.

Iba por la Geria, camino de Uga, atravesando una de esas carreteras recién medio asfaltadas con el dinero de todos. Y digo medio.

Con el corazón palpitándome a más de cien, mirando por el retrovisor al incauto practicante de deporte tan arriesgado (en Lanzarote), totalmente ajeno al drama del que estuvo a punto de ser primerísimo protagonista, di gracias a los dioses en los que no creo porque todo se quedó como estaba. Igual de jodido que antes, pero sin embargo muchísimo mejor. Todavía no soy un asesino.

Pasé unos cuantos kilómetros más yendo por la reluciente carretera, tan mona y nuevecita ella, conmocionado, noqueado, sin conseguir pensar más que en lo que pudo ser y afortunadamente no fue. Ambulancia, llantos, familiares, disculpas imposibles, la dificultad añadida del idioma (imagino yo que sería extranjero: ¿a cuento de qué iba a ir un conejero en un vehículo que llevara menos de cuatro ruedas, a ser posible todoterrenales?) En lugar de estar tranquilamente conduciendo(es un decir), en esos precisos instantes podía haber estado inmerso en un torbellino infernal, maldiciendo haberme levantado este día.

No fue hasta un poco más adelante que me relajé un tanto y observé la misma carretera por la que había venido circulando. Había algo raro en ella. No sabía decir el qué, pero sin duda había algo que fallaba, algo que la hacía incompleta. ¿Qué sería? Las líneas estaban bien, de blanco impoluto, el asfalto también, liso como el culo de un bebé. Estaría bueno, lo acababan de poner. ¿Qué era entonces?

Dos ciclistas más se divisaron a lo lejos. Pisé el freno instintivamente, a pesar de que ya iba a menos de sesenta. Y entonces me di cuenta. Los ciclistas iban por mitad de la carretera. Los ciclistas iban por mitad de la carretera porque no había arcén sobre el que pudieran circular. Arcén. Esa era la palabra mágica. Qué despistadillos los de infraestructuras, se habían olvidado de poner arcenes a la carretera nueva. En realidad el arcén seguía estando allí, pero era el del asfaltado antiguo. Un asfaltado deficiente, lleno de piedras, resquebrajado, diez centímetros por debajo del nivel del nuevo, y de un ancho no superior a los cincuenta centímetros. Es decir, que los ciclistas, para poder corretear por allí sólo tienen dos opciones. O se dedican a hacer equilibrismo por la raya blanca o se meten dentro de la carretera.

Unos cálculos rápidos. Igual que en el colegio. Si un vehículo A circula por una carretera a la velocidad legal de 90 kilómetros por hora y se encuentra enfrente un vehículo B que circula a 20 kilómetros por hora… ¿A qué velocidad equivalente tendría que ir el vehículo A para que el impacto fuera similar, en el caso de que el vehículo B estuviera parado en medio de la carretera?

Traduzcamos. Si tú yendo en tu coche a 90 por hora te encuentras a un ciclista que va a 20 por hora, esto es exactamente lo mismo qué… pues es lo mismo que si fueras en tu coche a 70 kilómetros por hora y te encontraras de pronto un señor quieto parado en medio de la carretera. Vete a esquivarlo… y eso si vas a 90.

A ver como lo decimos finamente y sin que parezca que uno se queja de vicio. Alguna cabeza “pensante” decidió que no pasaba nada si dejaban de asfaltar los arcenes de las carreteras. ¿Cuánto dinero ahorramos de ese modo? Quitamos cincuenta centímetros de asfalto proyectado a la izquierda, quitamos cincuenta centímetros a la derecha (total, no hace falta, si por ahí sólo van los guiris locos, y esos no votan… además, todavía está el asfaltado viejo, ¿para qué más?), y ya está, magia presupuestaria. Ingeniería política de altos vuelos. Y yo me pregunto otra vez: ¿Cuánto dinero se habrán ahorrado? ¿Cuánto dinero nos habremos ahorrado los lanzaroteños al no haber reasfaltado los arcenes de nuestras carreteras viejas? ¿Mucho? ¿Poco? ¿A cuánto equivaldrá respecto a la cotización del ciclista actual? ¿Diez vidas de ciclistas al año? ¿Veinte?

Tenemos sol, apenas hay montaña, organizamos uno de los Ironman más prestigiosos del mundo, vienen deportistas de todas partes a entrenarse en nuestras carreteras. Y nos olvidamos de ponerles arcén. Qué cachondos que somos.

Esta noche, noche en la que escribo bajo los efectos del susto que aún llevo en el cuerpo, estuvo a punto de ser la noche más difícil de toda mi vida, por no hablar de la del ciclista, que de tan difícil pudo hasta no ser. Lo habría sido si hace unas horas hubiera atropellado al osado pedaleador. Sólo quería compartir una parte de este susto que todavía llevo con quienes considero corresponsables de lo que pudo ser y no fue pero sin duda será, no una vez ni dos, sino muchas veces más a lo largo de los próximos meses. Si llegan a leer esto, ellos saben quienes son. Espero que les cunda el asfalto ahorrado. Porque a mí lo que me parece más grave no es que no se hayan ensanchado las carreteras que ya había, sino que no se asfaltasen por completo, aprovechando el poco arcén que tenían. Si se hubieran quedado como estaban serían sin duda mucho menos peligrosas de lo que ahora son. Estas carreteras nuevas sin arcén invitan a la velocidad de los vehículos al tiempo que condenan a los ciclistas a compartir el mismo espacio que los velocirápidos. Cóctel explosivo que le va a estallar a más de uno en las manos.