Miércoles, 28 de Febrero de 2007

Melodía de seducción

Ignacio Camacho

[ABC, 27 de febrero de 2007]

Se miran desde lejos a los ojos, y en los guiños mutuos encuentran destellos de complicidad. Pestañas que aletean, pupilas que brillan, mariposas en el estómago, gestos rituales en el «tablero de la seducción». Como dos tórtolos que se tantean a distancia en una discoteca de moda, Zapatero y Otegi inician el coqueteo de un romance bajo la melodía del Proceso.

El presidente no quiere parecer fácil y se hace el estrecho aparentando cautela, pero se le adivina conmovido por la zalamería táctica del «hombre de paz», que le encuentra virtudes de enamorado como si hubiese sufrido un ataque de oxitocinas con el presentido despertar de la primavera. Ha descubierto Otegi en Zapatero un océano de «convicciones y principios», «valores cívicos republicanos» y «ambición histórica», y conquistado por tanto magnetismo insinúa halagadoras promesas y se declara dispuesto sin ambages «a hacer lo que haga falta». El otro mueve el abanico y entorna los párpados con indisimulada complacencia al halago. Ambos parecen en celo, pero Zapatero no se acaba de fiar porque aún desconoce -quizá lo averigüe en los próximos días- si el cortejo cuenta con el visto bueno del hosco hermano mayor del pretendiente, que lleva pistola y capucha y gasta contrastada y siniestra reputación de pistolero.

El noviazgo se intuye, se palpa, se ventea. Además de los piropos, el terrorista en comisión de servicio ha añadido la sugerencia de una dote: «Preferimos un Parlamento a cuatro con un lendakari del PSOE que uno a tres y soberanista». Traducción: «Déjame pasar en las elecciones que puedo apoyar otro tripartito presidido por el que tú pongas». Ésa es la música que lleva tiempo tocando Eguiguren en sus partys de caserío. Suena conocida. De ahí que los expertos en alcahuetería política den en sospechar que este galanteo tiene truco, que se trata de una escenificación ventajista, y señalan la prueba del nueve de la honestidad del solicitante: renuncia formal a la violencia, condena expresa del terrorismo, cese de la presión callejera y alejamiento fehaciente de ETA. Eso sería «lo que hace falta», lo que separa una oportunista declaración cosmética, una treta de conveniencia, de una verdadera voluntad de reinserción en la legalidad democrática.

Lo demás es flirteo, coquetería, insinuaciones, arrumacos. Batasuna quiere paso libre en las municipales y prodiga lisonjas, carantoñas, promesas y requiebros. Al presidente le complace este juego galante y se deja querer con manifiesto agrado. Sabe que para consumar el romance existe una dificultad objetiva: políticamente está aún casado en un Pacto Antiterrorista que suscribió cuando era más joven y creía con romanticismo en los acuerdos «para siempre». Pero ese matrimonio está roto de hecho, y su pasión consumida deja paso al revoloteo de esta nueva melodía de seducciones. El divorcio está al caer.
Y aun así, está obligado a guardar ciertas formas de decoro. Las que impiden bailar a los amantes sobre los rastrojos de los difuntos.