Martes, 13 de Marzo de 2007

Las raíces de Juanita López

Jorge Marsá

No me parece que destaque como actriz; tampoco como cantante. Pero el caso es que me leí la entrevista de El País Semanal. Quizá por lo que se decía al comenzar la entradilla: “Guapa y sensual, la volcánica Jennifer López…”. Sin embargo, lo llamativo era cómo terminaba esa introducción: “ha vuelto a sus raíces en su último disco cantando en español”. ¡Sorprendente!

Acostumbrados estamos a considerar la lengua como parte fundamental de eso que denominan raíces. No obstante, no deja de resultar chocante que tenga por una de las raíces de alguien una lengua que apenas habla. Así lo reconoce la entrevistada: “Hace diez años, cuando grabé mis primeras maquetas, eran en español. ¡Aunque lo hablaba muy mal!”. Pero va mejorando: “Me cuesta todavía expresarme, confundo los verbos y cada día aprendo palabras nuevas”. Pese a todo, el periodista cree que la chica vuelve a sus “raíces”, y ella parece darle la razón en la última frase de la entrevista: “si quieren conocer a la verdadera Jennifer, que me escuchen en español”. Milagroso, pero cierto: la verdadera Jennifer no aparece en su lengua habitual, sino en una que a duras penas logar chapurrear. ¿Primera conclusión? Lo étnico vende.

Dejando atrás a la “volcánica” Juanita López, diré que, pese al uso y al abuso, me sigue llamando la atención la metáfora de las raíces. A lo que parece, los humanos somos como los árboles, que necesitamos de las raíces, esto es, de la tradición, para alimentar nuestro espíritu. Y en consecuencia, si se secan las raíces que nos ligan al territorio o a su cultura, se nos agosta el espíritu.

Lo que no suelen poner de manifiesto quienes utilizan la metáfora es su característica más destacada: la completa inmovilidad de quien vive sujeto a las raíces que le atan al suelo. Y es curioso, porque la realidad de los humanos, por lo menos en sus partes bajas, se caracteriza más por lo contrario: por la movilidad, por tener pies en lugar de raíces. Es más, si nuestro tan apreciado cerebro alcanzó el tamaño que tiene es también porque así de grande lo necesitábamos para correr considerables distancias en pos de animales más rápidos pero menos resistentes en la carrera que nosotros.

Y lo de los pies no es metáfora: la especie homo sapiens siempre se ha señalado por utilizarlos para huir de sus “raíces”. De África procedemos todos, allí están nuestras “raíces” últimas. No ha evolucionado mucho la fisiología de nuestros pies en las últimas decenas de miles de años, tampoco la de nuestro cerebro, pero sí lo que con él hemos sido capaces de hacer en el intento permanente, y progresivamente acelerado, según transcurría el tiempo, de huir de las “raíces” de la tradición, que nos anclaban en un modo de vida conocido, en busca de otro mejor. El intento permanente de superar las limitaciones de los conocimientos tradicionales para descubrir nuevos mundos para nuestro espíritu.

Cierto que “raíces” siempre hay y que alimento proporcionan, a qué negarlo. Pero bien podría decirse que si la historia de los humanos destaca por algo es precisamente por utilizar los pies y el cerebro para liberarse de las “raíces”, de las ataduras que los sujetaban a limitados territorios físicos e intelectuales. Casi siempre fue así, y de poco sirvieron en los últimos siglos los tan desesperados como inútiles intentos de los más conservadores por mantener las tradiciones, porque más tarde o más temprano los más progresistas lograron romper las cadenas y volvieron a emprender el viaje.

La paradoja de hoy es que algunos que se complacen en considerarse progresistas pongan tanto empeño en mantenerse encadenados. Y así hay quien cree ver una vuelta a las “raíces” de Juanita López en lo que no es más que un esfuerzo por remontar el vuelo, por encontrar un nuevo público tras el fracaso de sus últimos discos en la que es su lengua, el inglés. Románticos que son algunos; Juanita, aunque no sea ilustrada, conoce perfectamente la mercancía que vende, y sabe que en su negocio no ha lugar quedarse quieta, es decir, enraizada, que el movimiento resulta imperativo.