Jueves, 29 de Marzo de 2007

El velo de la discordia

Delia Cabrera

El pasado lunes se citaban en un artículo de este blog las palabras de una manifestante que celebraba el Día Mundial contra la Discriminación Racial para justificar el uso del hiyab o velo islámico: “Es importante para nosotras porque es un símbolo de respeto a la mujer. A veces esto no se entiende en un país occidental”.

No cabe dudar de que, en efecto, se trata de un símbolo, pero está muy lejos de resultar evidente qué sea lo que se pretende simbolizar, dado que su uso en los países musulmanes (en algunos de los cuales es obligatorio) ni es homogéneo ni remite a idénticas convenciones sociales, hasta el punto de que parte del feminismo árabe ha abogado por el desvelamiento, al considerar esta prenda como un símbolo de la opresión de las mujeres.

No obstante, merece la pena dar por bueno el significado propuesto y aceptar que, en efecto, se trata de un símbolo de respeto, para, a continuación, preguntar: ¿merecen las mujeres ser receptoras de respeto por parte de los hombres? Hablo, por supuesto, de un respeto diferenciado de la consideración que nos merecen las personas por ser tales. Si la respuesta es afirmativa, hay que preguntarse: ¿por qué ese merecimiento y cómo se concreta?

A la primera pregunta sólo se me ocurre una posible respuesta: las mujeres merecen respeto por ser mujeres; por ser diferentes a los hombres, a los niños y, pongamos por ejemplo, a los canguros o a las hormigas.

Pero también es un hecho indubitable que los hombres y los niños son diferentes de las mujeres y, por seguir con el ejemplo, de los canguros y las hormigas. Sin embargo, en el caso de los hombres, esta diferencia, tan simétrica respecto a la anterior, no requiere expresarse socialmente a través del uso de una prenda concreta. Al parecer, los hombres no ven la necesidad de demostrar a través de un símbolo que son respetados. En el de los niños, donde se rompe la simetría, no es respeto lo que ofrecemos, sino la protección y los cuidados que requieren por su situación transitoria de dependencia y falta de autonomía.

Por consiguiente, si el velo es un símbolo de respeto, o bien los hombres no lo merecen, lo cual es, obviamente, falso, o no se entiende por qué han de usarlo las mujeres para expresar un respeto al que tendrían el mismo derecho que los hombres, incluso si omitieran su uso. Llegamos así a un callejón con una única salida: reconocer que el velo islámico no es, como se pretende, el símbolo que expresa un respeto cuya existencia previa se da por descontado, sino que es su uso el que confiere respeto a quien lo lleva.

Conceder que es el uso del velo el que otorga respetabilidad nos conduce a comprender que exista una presión social para llevarlo, y que ésta esté interiorizada por las propias mujeres, porque desvelarse marca a quien lo haga como “no respetable”, privándole así de una consideración a la que todos aspiramos.

Y es esta presión social para convertir en norma el uso del velo lo que pone en duda la libertad de quienes lo defienden. Pero, además, y creo que esto es lo fundamental, sólo se es libre de hacer algo cuando dejar de hacerlo no acarrea consecuencias. Con el añadido de que no podríamos justificar moralmente nuestra libertad para hacer algo (usar el velo) sin estar obligados a defender la libertad de otros a no hacerlo, una libertad de la que carecen las mujeres en muchos países musulmanes. En todos los idiomas, un comportamiento así sería tildado de insolidario. Y la insolidaridad no es digna de respeto, espero que tanto en Oriente como en Occidente.