Jueves, 29 de Marzo de 2007

Pocas diferencias

Jorge Marsá

Se recurre a menudo en los últimos tiempos a una tesis bastante socorrida: el Gobierno está fallando a la hora de marcar la agenda, no es capaz de poner en el candelero lo mucho que está haciendo bien, especialmente su actuación en el terreno económico. Quizá sean los columnistas de El País, y Soledad Gallego y Joaquín Estefanía de forma destacada, los principales impulsores de esta vieja idea: no es que lo hagan mal, es que nos lo comunican mal.

La tesis lleva aparejada la afirmación de que el PP se centra en la política antiterrorista y se niega a entrar en un terreno, el de la economía, en el que todo va a pedir de boca gracias a la virtuosa acción gubernamental. Sin embargo, no es esa más que una parte de la verdad. El PP no criticaría la política antiterrorista del Gobierno si estuvieran haciendo lo que ellos defienden y, por la misma razón, no critican la política económica de los socialistas porque esa política es la suya, la que hizo cuando estaba en el Gobierno: bajar los impuestos a los ricos, liberar los beneficios empresariales, contener los salarios y empeñarse en que las cuentas públicas no tengan déficit. Punto por punto lo que ha hecho el PSOE; incluso más de lo que hizo el PP.

Y esa política económica que se pretende neutra, y que en algunos casos puede que lo sea, en otros no es más que la muestra de que se ha abandonado la vieja aspiración de la izquierda a luchar por la igualdad, que se renuncia a la redistribución de la riqueza en beneficio de los más necesitados. En resumen, que la política económica de este Gobierno es típicamente de derechas.

Así se ponía de manifiesto en el artículo del propio Joaquín Estefanía el domingo en El País y en su sonoro título: “La España de hoy: salarios en regresión”:

Tomemos los datos de la Contabilidad Nacional que publica el Instituto Nacional de Estadística. Según los mismos, en 1997 (gobernando el PP), los salarios consiguieron un 50% del PIB, frente a un 41% de los beneficios empresariales y un 9% de los impuestos. Hoy, con un Gobierno socialista, los salarios han retrocedido en el reparto de la tarta 3,6 puntos (46,4%), frente a un 42,1% de los beneficios y un 11,5 de los impuestos. Además, los salarios reales (salarios corregidos por la inflación) llevan perdiendo poder de compra al menos en los últimos ocho trimestres.

Con esos datos, ¿continuarán Gallego y Estefanía felicitándose por los esfuerzos de este Gobierno en la lucha por la igualdad? ¿Podrán convencernos de que la igualdad se ventila en el campo de la anécdota en lugar de en lo fundamental?

Así que dejémonos de cuentos y limitémonos a los hechos: cierto que hay datos que indican que la economía española va bien –otra cosa es que a unos les vaya realmente mucho mejor que a otros–. Pero esos datos, los que llevaban al editorial de El País del lunes a conceder al Gobierno un “Notable en economía”, son los mismos que ya iban bien con el equipo anterior. Por lo tanto, no tiene sentido que el PP critique que los socialistas continúen con la misma política. Pero también hay unas cuantas cosas, además del desigual reparto de la riqueza, que van mal. Sin embargo, tampoco el PP está en condiciones de levantar mucho la voz, porque son las mismas cosas que ellos fueron incapaces de enderezar: la baja productividad de la economía española, su dificultad para adaptarse a las nuevas tecnologías de la sociedad del conocimiento y el gran déficit exterior.

En suma, que no es un simple problema de comunicación o de marcar la agenda, porque lo que va bien es lo que ya iba bien con el PP y lo que va mal es lo que ni este Gobierno ni el anterior han sido capaces de remendar. Y la actuación de ambos bien puede calificarse con el titular que abría el último Negocios, el suplemento de economía de El País: “Suspenso en innovación”. Y la nota se explicaba en el sumario posterior: “España marcha en el furgón de cola entre las economías desarrolladas en el proceso de adaptación a los cambios desencadenados por las nuevas tecnologías de la información”. Pocas diferencias entre la España de Aznar y la de Zapatero en el terreno de la economía, tan pocas que no hay motivo de discusión.