Viernes, 30 de Marzo de 2007

El fenómeno Ikea y los agujeros negros

Fernando Marcet Manrique

Ayer me eché mis buenas risas cuando entré en El Agitador, medio del que soy asiduo lector. Hasta que se metan conmigo o con algo que me afecte directamente, por supuesto. Afortunadamente es poco probable que eso suceda nunca, las estupendas y maravillosas ventajas de no ser nadie.

Casualmente tocaban el mismo tema sobre el que yo escribí este miércoles, aunque con mucha más gracia y capacidad de síntesis. Dudo que nadie de El Agitador lea mis artículos, por tanto lo más razonable es pensar que hay cierta sintonía en el ambiente. Cierto escozor general. ¿Por qué será?

¿Es verdad que los políticos que elegimos cada cuatro años nos representan a todos por igual? ¿O representan a unos más que a otros? ¿Cuántos de ustedes tienen el teléfono móvil de alguno de los consejeros del Cabildo? Seguramente muy pocos (a ver si lo pasan). Es obvio que, aunque no debería ser así, hay votos que valen más que otros. Votos con derecho a veto, por así decirlo. La Cámara de Comercio de Lanzarote vendría a ser como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Usted y yo somos Zimbabwe y Kazajstán, pongamos por caso, y nuestras voces apenas se oyen, la verdad, pero ahí estamos, de cuando en cuando nos dejan decir algo, protestar por la precaria situación de nuestras naciones. Nos mandan alimentos, alguna que otra subvención de pascuas a ramos…, y a correr. Luego están las grandes potencias. Los USA, las Uniones Europeas, los Japones…, todos esos. Si ellos dicen que más camas, pues más camas, oiga. Y ya podemos los Zimbabwes de turno montar caceroladas. Porque, aunque a veces haya discrepancias entre ellos, suelen ser discrepancias meramente formales. En el fondo, en lo esencial, nunca hay disputas. Máximo beneficio, mínima competencia, esa es la consigna (ni trabajando por Lanzarote, ni chorradas por el estilo).

Y es que para eso sirven los Consejos de Seguridad. Para eso sirven las Cámaras de Comercio; Y las Felapyme, y las no sé cuantas. Para que los peces gordos sigan siendo los peces gordos. Para que los precios puedan ser los más caros sin que se note demasiado. Para que nadie de fuera pueda venir a fastidiarles el chiringuito.

La única oportunidad que tendríamos los Zimbabwes, sería unirnos todos para que nuestra fuerza conjunta equilibrase algo la balanza. Pero no lo hacemos, porque poner a diez mil personas de acuerdo no es lo mismo que poner a unos pocos, que son los que forman la Cámara de Comercio o cualquier otra unión empresarial. No tiene nada que ver.

De todos modos, los milagros a veces acontecen. Alguien más gordo que los cabecillas de nuestro particular Consejo de Seguridad consigue saltarse el cerco. Ikea, por ejemplo.

De pronto los Zimbabwes comprobamos que los precios de los muebles en toda la isla se han reducido drásticamente. Qué cosas. Y ni siquiera hizo falta que saliéramos a la calle con pancartas. No es que Ikea vendiera más barato y pudiéramos comprar en Ikea más barato. Quiero decir, eso también, pero lo mejor es que podemos seguir comprando en las tiendas de aquí de toda la vida, pero más barato. Ley de la oferta y la demanda, se llama. Y pudo suceder porque jamás hubo nadie de Ikea en el Consejo de Seguridad. Ningún acuerdo entre ellos. Ikea llegó y fue a su bola, como siempre hace en todos los sitios donde se implanta. El resto, a buscarse la vida. Y bien que se la buscaron. Muebles Milano, por ejemplo. Lo vieron claro, se unieron a una franquicia y pasaron de ser una de las tiendas de muebles más caras a una de las más baratas de Lanzarote. Gracias a Ikea. Tal cual.

Pues ahora imagínense que eso sucede con todo. Libre comercio. Libre competencia. Nada de acuerdos entre ellos. Otro pájaro nos cantaría.

En España, en Canarias y en Lanzarote, cada vez se genera más riqueza. Cada vez más. Pero cada vez se reparte peor. ¿Por qué? Pues porque la economía funciona igual que el universo. Ni más ni menos. El dinero, como la materia, atrae más dinero. Primero se juntan unas cantidades por aquí, luego otras por allá…, y así, poco a poco, se van creando montículos exponencialmente más importantes y con mayor peso gravitatorio. Por fin, cuando uno de los montículos alcanza suficiente peso, entonces empieza a funcionar exactamente igual que un agujero negro. Toda la riqueza que se genere alrededor acabará cayendo en el mismo sitio. A no ser, por supuesto, que otra fuerza inversamente proporcional se oponga a ello (me refiero a la fuerza de los consumidores, por si no han caído).

Pongamos que usted gana mil euros. Permítame que le felicite. De esos mil euros, al menos ochocientos compartirán destino con muchos más ochocientos. El BBVA e Hiperdino. O sucedáneos. Todos los bbvas y todos los hiperdinos (léase todos los bancos y todos los supermercados) de la isla están en franca comunión. No existe competencia entre ellos, luego los consumidores no tenemos elección. Luego sus precios son abusivos. Luego ellos cada vez más ricos, nosotros cada vez más pobres. Lógica de párvulo.

Pero como somos tan pringados que nunca nos pondremos de acuerdo, los consumidores tendremos que esperar otro milagro en forma de Ikea. O sea, que venga un Lidl, un Día%, algo así. O que aparezca algún banco que se corte un poco a la hora de robar a sus clientes. Pero claro, tendrían que pasar antes por encima de la super Cámara, de los Felapyme y demás. Como hizo Ikea.

En resumen, queridos amigos (queridos my friends, como escribió otro gran humorista hace poco), que son las uniones empresariales, en Lanzarote y en todo el mundo, cuya última y máxima expresión son las multinacionales, las que están llevando las cosas a límites aberrantes. Nos restriegan sus beneficios todos los días mientras la lista de quienes nos apretamos el cinturón sigue aumentando. Y a todo esto, el planeta recalentándose…, tanto metafórica como literalmente.