Jueves, 26 de Abril de 2007

El cuento de la diversidad cultural

Jorge Marsá

Leí la columna de ayer de Mario Alberto Perdomo en Canarias7, “Touriño y Chávez”, y comparto la idea y la conclusión: “El discurso político que confronta a lo de dentro con lo de fuera cada vez tiene menos sentido en un territorio como el lanzaroteño”. Sin embargo, se deslizaba una afirmación en el artículo que, pese a haberse convertido en un lugar común –o precisamente por ello–, creo que debe ser discutida:

A fin de cuentas, la diversidad cultural es a la sociedad y a la política lo que la biodiversidad a la naturaleza, la mejor medida que puede aplicarse para generar convivencia, cohesión social, integración y, como dice el periodista Josechu Pérez Niz, para vertebrar una comunidad.

Tanto han repetido esta idea los defensores del nacionalismo cultural o de las soluciones comunitaristas, que hasta personas bien alejadas de esas posturas políticas, como mi amigo Mario Alberto, acaban por hacerla suya (no es el caso, desde luego, del periodista citado).

La formulación habitual establece una comparación entre la desaparición de las especies y la de las culturas, y prescribe que por las mismas o parecidas razones debemos conservar ambas, que cualquier pérdida acarrea un empobrecimiento de nuestro entorno biológico o cultural. Pues bien, ha de decirse que la comparación resulta bastante discutible, que lo que vale para la biología dista de ser aplicable a la cultura. Cierto que la pérdida de una cultura es, obviamente, una pérdida cultural, pero ello no significa que siempre constituya una pérdida moral, que toda cultura sea valiosa por el hecho de serlo.

Debería resultar evidente que la diversidad cultural incluye culturas o prácticas culturales cuya mejor aportación al bienestar humano sería su desaparición. Más diversa es una sociedad que incluye a los talibanes que una en la que hubieran quedado convertidos en lamentable imagen del pasado, y lo mismo puede decirse de otras prácticas religiosas o sociales, de la discriminación de las mujeres tan habitual en muchas culturas, por ejemplo, y de un larguísimo etcétera que incluye no pocas salvajadas.

Además, quienes sostienen que la diversidad cultural es un valor en sí mismo están obligados a asumir la obvia conclusión que se extrae de su afirmación: lo que hay es valioso y, por lo tanto, debe ser conservado. Estamos en realidad ante la defensa del pensamiento conservador más tradicional, ante la idea básica contra la que se han revelado todos los partidarios de la emancipación humana que en la historia han sido: no hay cultura o sociedad que, pese a sus deficiencias, merezca seguir existiendo por el mero hecho de que ya existe. Dicho de otro modo, cualquier proceso emancipatorio ha sido siempre la batalla por derruir una cultura, por hacer desaparecer la esclavitud, la explotación, en fin, la subordinación de los individuos a las prescripciones de una cultura.

No obstante, no es lo peor lo que fue o lo que es; es a la hora de construir lo que será la sociedad donde se desvela el tufo conservador que subyace en propuesta tan “correcta”. Porque, si partimos de un punto de vista emancipatorio, resulta obligado negar el paradigma multiculturalista que afluye en el artículo mencionado: no es cierto que la diversidad cultural constituya, en la sociedad y en la política, “la mejor medida que puede aplicarse para generar convivencia, cohesión social, integración y […] para vertebrar una comunidad”.

Y no sólo no es cierto, sino que resulta preocupante que se defienda. Constituye una muestra de cómo ha calado lo que bien señala Félix Ovejero: “La mayor renuncia intelectual de nuestra izquierda ha sido sustituir el lenguaje de los derechos, la justicia y la ciudadanía por la frágil mitología nacionalista de las identidades y los pueblos” (El País, 26-6-2005).

Me atrevo a suponer que a Mario Alberto se le ha colado de rondón en el artículo una idea que ni siquiera él comparte. Porque también para él, en el espacio público, lo importante son los derechos de todos y no la cultura de cada uno.

PD: Quien tenga interés en esta cuestión disfrutará con la muy recomendable lectura del último libro de Félix Ovejero Lucas, Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía, democracia.