Viernes, 27 de Abril de 2007

Amo y señor

Isabel Gil

Ese niño de tres años es el amo y señor. Hasta esa edad puede parecer normal. Se encuentra en el estadio de crecimiento más egocéntrico de todos y cualquier sicólogo evolutivo ve hasta lógico que todo gire alrededor de sí mismo (del niño, aunque en algunos casos también del sicólogo). Ahora bien, que tropecemos con críos de seis, ocho o diez años ejerciendo de amos y señores… también resulta normal en estos días y, si me apuran, hasta lógico.

Viven en un mundo sin reglas. Uy, perdón, sí que tienen una: Ellos mandan. Imponen hábitos, horarios, normas hasta hacerlas costumbres, ordenan a los mayores y se entrometen en todo. Poseen tanto poder como cualquier gobernante y, encima, no resulta cuestionado por la sociedad civil ni los medios de comunicación. Un chollo el del niño. Amo y señor, emperador de la familia, dueño del mando a distancia, creador de su dieta alimenticia y poseedor de los instrumentos que lo rodean. Todo es suyo como y cuando quiere. Para sí apenas existen normas o límites.

No hay tiempo ni fuerzas para servir de guía, tipo supernany, ni de imponer, sí, imponer, conductas, normas, castigos y estímulos. El turno partido, las influencias de la tele y los amigos del cole, las permisividades de los abuelos…, todo es un lío para mí. Con más razón, me digo, para escapar de ese absurdo buenismo que caracteriza la educación de mis hijos. Un dejar hacer peligroso que puede traer drásticas consecuencias: la principal, impedir la autonomía del niño para que éste sea independiente y se valga por sí mismo para la vida.

¿Y si al final tiene la culpa la LOGSE? En ocasiones me he escudado en el desastre educativo de este país nuestro. Un calco, en suma, de ese buenismo que, planteado como un fin en sí mismo, constituye uno de los aspectos más peligrosos del propio sistema educativo. Y así están los maestros y profesores. Desarmados y desquiciados.

Es un niño o un adolescente. Con los años cambiará. Error. Tal y como se entrenan para la vida, la jugarán en el futuro. Sin reglas y sin responsabilidades. Yo y mi mundo, yo y mi visión, yo a mi bola. Yo, yo, yo.

No hay que ser un sargento o un militar con tu hijo. Ya lo sé. Y lo comparto. Tan ineficaz se torna el buenismo como el autoritarismo practicado, también, como un fin en sí mismo. Se trata simplemente de que reconozcan la autoridad o autoridades, las normas y el camino claramente delimitado y destinado a que ahuequen el ala. Esto es, a que vivan consigo y con los demás, no a convivir como un energúmeno incapacitado para mirar más allá de su ombligo y sus lamentos.