Jueves, 31 de Mayo de 2007

La abstención, clamando en silencio

Fernando Marcet Manrique

Si sumamos los votos conseguidos por las cuatro formaciones más votadas en Lanzarote, PSOE, PIL, CC Y PP, tenemos cerca de 35.000 votos. La abstención, junto con los votos en blanco, alcanza casi los 36.000 (no votos). ¿Quién fue el verdadero vencedor? ¿PIL, PSOE? ¿Quién fue el verdadero derrotado? ¿CC?

Así, dicho crudamente, no me digan que estas cifras les dejan indiferentes. Y en el resto de Canarias, en el resto de España, los números son más o menos similares. En este texto me ceñiré al ejemplo lanzaroteño, pero muy bien pueden extrapolar todo lo que a continuación diré hasta abarcar el país entero si quieren, pues no en vano se trata del mismo mal, circunscrito a las mismas leyes electorales y al mismo descontento, en todos los pueblos, ciudades y regiones con igual origen y del mismo orden.

Si esos 36.000 abstencionistas se hubieran puesto de acuerdo para votar a un partido creado por ellos, llamémosle Partido Abstencionista (disculpen la poca originalidad), habrían conseguido una mayoría absoluta sin parangón. Una mayoría absoluta que les habría permitido dejar sin representación a ningún otro partido. Ni en Cabildo, ni en Ayuntamientos, ni en Parlamento. El partido abstencionista habría barrido en todas las circunscripciones, suyos serían todos los concejales y consejeros. Todos. ¿Se imaginan? PSOE, PP, CC, PIL, PNL, CCN, etc… todos en la oposición contra el Partido Abstencionista como único representante del pueblo en cada una de las instituciones públicas.

Que lo recuerden bien quienes de aquí en adelante osen decir cosas del tipo “Nuestro gobierno ha sido legitimado por la mayoría de ciudadanos”. No señor, el único legitimado aquí es el Partido Abstencionista. ¿O es que acaso los que no votaron o votaron en blanco son menos ciudadanos que los otros? A muchos les gusta pensar que sí.

Pues bien, permítanme a mí ejercer de populista en esta ocasión. El partido abstencionista es el gran vencedor, así que se merece cuanto menos un respetito. Resulta agradable, por una vez, defender una causa que sabes es respaldada por la mayoría de ciudadanos. Reconforta.

Y no es broma, me merece mucha más consideración cualquiera de los que se molestó en ir a las urnas a depositar su voto en blanco, incluso cualquiera de los que se quedó en su casa, incluso cualquiera de los que ni siquiera sintió el menor interés por estas elecciones, que aquellos que acudieron a los colegios con un sobre cerrado puesto en su mano por un tercero. Y seguramente los hubo. A montones, diría yo. Especialmente en los municipios que usted y yo sabemos.

Dicho todo esto hagamos un alto y recapacitemos. Se acabó el populismo. Pongámonos serios ahora. Los hechos son que no hay ningún Partido Abstencionista. Los no votantes hablaron, y bien que hablaron, pero su mensaje no resulta nada grato a cualquiera que tenga un mínimo de esperanza en que esto de Lanzarote (poner aquí la isla, ciudad o región española que guste, y digo española porque estas cosas no pasan en Francia, pongamos por caso. Allí tienen otros problemas, pero este no.) sea en el futuro un lugar en el que la vida en comunidad no suponga improvisar sistemáticamente y dejarnos hacer por los cuatro cafres asociados al poder de un modo u otro.

Pero que el mensaje no sea grato no quiere decir que hayamos de ignorarlo. En mi opinión sería un grave error hacer oídos sordos a esos gritos que claman sin decir nada.

¿Y qué claman? Ustedes probablemente hayan hecho ya sus propias interpretaciones, pero intentaré de todos modos aventurar yo algunas. Claman por una política que no se acuerde de ellos exclusivamente cada cuatro años. Claman porque haya más opciones, otras opciones, otras opciones que no sean más de lo mismo. Claman porque los partidos políticos dejen de comportarse como paquetes en los que o aceptas todas las medidas que ellos consideran oportunas o te aguantas. Claman por una democracia en la que no se nos pida exclusivamente escoger el cocinero que nos dará de comer durante cuatro años. Una democracia en la que también tengamos la posibilidad de elegir los ingredientes que los cocineros habrán de utilizar mientras cocinan, en la que también podamos conversar e intercambiar impresiones con quienes nos darán de comer. En definitiva, claman porque haya más comunicación entre representantes y representados. Claman por menos cartelería y más hechos, menos imagen y más contenido, y no sólo en el mes previo a las elecciones. Hago en mi disertación un paréntesis para comentar que una de las grandes torpezas de Coalición Canaria en estos comicios, desde mi punto de vista, fue inaugurarlo todo a última hora, el efecto fue totalmente contraproducente. Habría sido muy preferible, desde un punto de vista estratégico, dejar la mayoría de obras sin inaugurar antes que llamar la atención del electorado de ese modo tan poco sutil. Consiguieron que todo el mundo tuviera la sensación de que estaban manipulando las elecciones, y eso les pasó factura. Es cierto que la memoria del votante no suele ser nada del otro mundo, normalmente hacer las cosas bien durante los meses previos a las elecciones suele funcionar, pero a nadie le gusta sentirse manipulado, y Coalición consiguió que mucha gente se sintiera así con su política de inauguraciones a última hora. Jugar a Maquiavelo no está al alcance de cualquiera…, si se hace, se hace bien. De todos modos, no seré yo quien defienda esa clase de política, muy útil para ganar elecciones, pero no para hacer ciudades. La política que yo defiendo es una en la que el concepto “democracia”, sea menos visible pero más palpable. Todos hablan de democracia, ¿pero dónde está? ¿En los partidos políticos que se rigen conforme a jerarquías seudofeudales? ¿En la vida del día a día, dónde la intervención de los ciudadanos en los asuntos discutidos por los partidos es apenas testimonial? ¿En unas elecciones cada cuatro años? ¿En unos medios de comunicación asociados a empresarios asociados a políticos? No, todo eso lleva el nombre de Democracia, un nombre que se ha convertido en una marca de prestigio, como la Coca-Cola, pero que en el fondo no deja de ser una bandera como otra cualquiera: todo significante, cero significado. Tranquiliza saber que vives en democracia. Pero la democracia de verdad hay que currársela. Hay que tener el valor de dejar a los ciudadanos intervenir en la cosa pública (que luego lo hagan o no es otra cosa, pero que al menos tengan esa posibilidad), sin necesidad de entrar en una formación política, que al fin y al cabo te obliga a aceptar un bloque de consignas, ideas y políticas con la mitad de las cuales puedes estar en total desacuerdo.

Los abstencionistas han hablado más que ayer y seguramente menos que mañana si las cosas siguen el derrotero actual. No es que me alegre, pero lo entiendo. Sólo espero, me gustaría, que en el ejercicio autocrítico que sin duda harán todos los partidos a este respecto, no se miren el ombligo y analicen las causas desde un punto de vista lo más alejado de sus formaciones posible. No es que no les hayan votado a ellos porque no hayan sabido convencer a “los suyos”, los abstencionistas no han votado a nadie porque nadie les convencía, en ciertos casos porque la misma palabra “política” no les convence. Lavarle la cara a la palabreja es el primer paso para involucrar a los ciudadanos en cualquier proyecto de ciudad que se precie. Sin política una ciudad ni es ciudad (y quien dice ciudad, dice isla, región o estado) ni es nada. Tal vez podría ser ese un buen punto de partida. Recuperar el concepto.