Martes, 19 de Junio de 2007

Un aspecto de nuestra enseñanza

Luis Fernández

Un día y otro también, asistimos a entrevistas, tertulias o encuentros donde se trata el problema real de los altos índices de fracaso escolar. Naturalmente existen muchos motivos que explican este cuadro. Queremos profundizar en uno: La situación imperante en muchas aulas, que a veces se traslada fuera de ellas y puede llegar al llamado acoso escolar.

En casi todas las clases hay un número pequeño de estudiantes que no atiende al docente, conversan entre ellos, molestan a otros, etc. El docente les realiza las correspondientes observaciones, a veces no se aceptan y este debe expulsarlos de clase. Cuando los hechos se reiteran, interviene el director y se avisa a los padres. En algunas oportunidades los padres no responden, en otras aceptan la observación, pero el problema continúa y existen casos donde los padres no están de acuerdo con las medidas disciplinarias y cargan contra el docente. Han llegado a la violencia física contra el profesor. Y aquí todos recordamos el refrán: “De tal palo, tal astilla”.

Le pedimos al lector que imagine un aula con 20 o 30 muchachos y un docente intentando dictar la clase. Basta que dos o tres estudiantes hablen entre sí o se lancen cosas, para que sea materialmente imposible lograr la atención del resto, sobretodo en temas de ciencia, donde se necesita una importante concentración.

Ante la falta de autoridad que las circunstancias imponen al docente es probable que algún otro estudiante se “contagie” y se incorpore a ese grupo. También el docente pierde interés en dictar clase en esas condiciones; los hemos visto en TV, contar casi llorando sus experiencias. Otros piden jubilación anticipada.

De lo expuesto, debemos concluir que todos son víctimas. Aquí no gana nadie.

1) Los muchachos que asisten con cierto afán de aprender, para desarrollarse como mujeres y hombres de provecho para la sociedad, ven frustradas esas expectativas. Tener claro que esto puede ocurrir durante varios años.

2) Los padres de esos estudiantes, que con lógica expectativa envían a sus hijos a la Enseñanza formal, para que reciban la educación e instrucción que merecen.

3) Los docentes, ven frustradas sus intenciones de servir a la sociedad como han elegido, realizando un trabajo nada satisfactorio y sometidos a una kaffkiana situación sin visos de solución.

4) Los “revoltosos” (por llamarles de algún modo).

Los dejo para el final, porque para quién escribe son las principales víctimas.

Si a esta edad no se participa de la actividad curricular se recortan bastante las oportunidades de futuro. Se podrá decir que existe mucha gente en el mundo, que ha salido adelante sin terminar la enseñanza secundaria. Y contestamos que sí. Dicho así, es cierto. Pero a lo anterior, hay que agregarle la enorme pérdida de respeto a los semejantes.

Es ese sentimiento de “impunidad”, el que genera o es consecuencia, de la pérdida de los valores mínimos, que se necesitan para ser hombres o mujeres integrados a la sociedad que pertenecen. No es necesario ser muy conocedor de la naturaleza humana para suponer el gran sentimiento de frustración que esos muchachos experimentan. Y cuando los jóvenes se frustran, en ocasiones buscan en la calle lo que no encuentran en casa o en las aulas y ya sabemos cómo termina esa película.

Ante esta situación, los responsables de la Educación, asistentes sociales, o “entendidos”, jamás dan una solución a este tema tan acuciante. Reflexione lector, las veces que usted ha oído o leído: “Esto es un problema de la sociedad, que los padres no colaboran, que hay muchas familias desestructuradas, que los muchachos están solos en sus casas varias horas al día, etc, etc”.

Aquí nadie piensa en la mayoría de los padres que con familias más o menos estructuradas nos esforzamos por transmitir los mejores valores, que a su vez recibimos de nuestros padres. Nadie considera que nosotros enviamos nuestros hijos a instituciones del Estado, o controladas por éste, en el caso de la enseñanza privada. Y por lo tanto es el Estado el que tiene la obligación de dar o velar, porque esa educación se realice en el ámbito adecuado. Si la inmensa mayoría de los padres, nos preocupamos de la educación de nuestros hijos, ¿por qué el Estado nos castiga a soportar estas situaciones de las que no somos responsables? Es el Estado quién debe dar soluciones (está obligado a ello) y no contestar siempre con tres o cuatro generalidades.

Yo les preguntaría a estos “expertos” en la enseñanza, ¿qué dirían si oyeran de su médico: “Usted tiene tal enfermedad porque no come balanceado, duerme poco, está estresado, fuma y toma mucho. Usted tiene que cambiar. Buenas tardes. Que pase el que sigue”? Pensamos que se deben buscar soluciones satisfactorias para todos los implicados, para revertir la frase inicial, de modo que todos ganen.

El Estado debe invertir, probablemente mucho dinero, pero valdrá la pena. Incluso generará numerosos puestos de trabajo y por lo tanto producirá una mejora en el reparto económico. Se deberá pensar en algunos institutos especiales de tiempo completo. Los alumnos que asistan a ellos estarán desde las 8 hasta las 19 horas. De mañana tendrán la enseñanza formal, al ritmo adecuado y con docentes especializados. Almorzarán después de clase. Tendrán 2 horas para hacer las tareas para el otro día y de 17 a 19, gimnasia y deportes. Llegarán a sus casas con los deberes hechos y cansados.

Al docente hay que darle las herramientas para que pueda resolver la situación que se genera en la clase. Se debe tener mucho respeto por la libertad de cátedra. Es decir, nadie puede vigilar la forma de dictar la clase, salvo las inspecciones previstas en los reglamentos. Esta libertad de cátedra fue establecida en apoyo del docente, para que éste no sufriera ningún tipo de persecución por parte de las autoridades debido a sus opiniones.

Dadas las circunstancias, se le debe otorgar por ley al docente, la facultad de solicitar, a pedido expreso suyo y de nadie más que él, la obtención de imágenes o sonidos de la clase en cuestión. Estas imágenes, sólo podrán ser observadas por el docente, el director, los padres de los implicados y el juez que pudiera intervenir para decidir el traslado del muchacho al otro Instituto, si los padres de éste no aceptaran el cambio.

En los siglos anteriores, se recurría al castigo físico de los revoltosos. Pensamos que lo propuesto se adecua a los nuevos tiempos. Las aulas quedarán con los muchachos interesados en aprender a la usanza tradicional. Y sus padres agradecidos.
Los docentes recuperarán su autoestima, tendrán el respaldo social que han perdido. Y lo más importante, podrán trabajar a gusto. Los muchachos que deban estudiar en los Institutos especiales tendrán el apoyo de asistentes sociales, psicopedagogos, animadores deportivos, profesores de educación física, etc. Aprenderán a convivir en armonía, harán trabajos grupales, tendrán docentes especializados para evaluar sus potencialidades y así enfocar su atención en lo que les guste.

Si nos encontramos en el primer mundo, con importantes niveles de crecimiento económico, debe ser posible y necesario invertir en lo más preciado que tenemos: nuestros jóvenes. ¿No podremos tener un Instituto especial en cada ciudad importante?
¿En cuántas cosas superfluas se derrocha dinero? Y en el peor de los casos: ¿En cuánto aumentaría a cada uno el impuesto a la renta? ¿0.1 %? ¿0.2 %? ¿0.5 %?

Probablemente con esto solo, no se logren los tan ansiados niveles de satisfacción en las calificaciones. Seguramente tendremos que revisar los programas, las formas de presentar los temas, el orden, y un posible “reciclado” de los docentes. Pero parece bastante claro que primero se debe mejorar el ámbito donde se desarrolla el acto educativo.