Jueves, 27 de Septiembre de 2007

Abusos desonestos

Francisco Pomares

[La Provincia, 26 de septiembre de 2007]

Algún malintencionado podrá decir que lo que Paulino Rivero hizo ayer tras su entrevista con el Rey Juan Carlos es muy parecido a lo que el Código Penal define como abusos deshonestos. Y ese malintencionado diría algo cierto: tras la real cita, Rivero contó un par de anécdotas de su encuentro con el Monarca y luego sentenció que “Canarias nunca ha estado tan cerca de La Zarzuela y tan lejos de La Moncloa”, una acertada frase (aunque no muy original) ya utilizada en tiempos por Manuel Hermoso y por Lorenzo Olarte, que creo recordar que fue quien la inventó en su día. La poca originalidad del argumento no inmuniza la falta de elegancia: no parece muy correcto utilizar la figura del Rey para descalificar a su leal Gobierno. Pero tampoco es cuestión de rascarse las vestiduras por algo tan nimio como una declaración política de Paulino Rivero: en el todo vale que caracteriza la actuación coalicionera en sus relaciones con Madrid, tirar de La Zarzuela, de Bruselas, de Naciones Unidas o del Vaticano es algo ya tan recurrente que resulta manido.

Para los nacionalistas todo el mundo mundial se porta extraordinariamente bien con Canarias y entiende los problemas de Canarias y defiende los intereses de Canarias con intensidad, sentido solidario y gran respeto, excepto -claro- el Gobierno socialista de la nación (cuando Coalición gobierna con el PP) o –también claro– el PP (cuando Coalición gobierna con apoyo socialista).

Esta sorprendente contradicción, este extraño comportamiento del PSOE y el PP, que actúan bien o mal con Canarias depende de con quien decidan gobernar aquí abajo los nacionalistas, ha sido hasta la fecha una de las grandes incógnitas de la política nacionalista: como cambiaban tanto, uno no acababa llamar al malo de la película por su nombre, y era necesario reconocerlo por su apellido: Madrid. El malo era siempre Madrid. O sea, el Estado. Un Estado que maltrataba y ninguneaba a los pobres canarios, y daba igual quien estuviera en cada ocasión al frente del Estado.

Incluso daba igual –entonces– que quien esté constitucionalmente al frente de ese Estado maltratador sea precisamente el Rey: no hace falta ser profesor, como ese pobre López Aguilar que nunca ha pedido perdón por serlo, para entender que lo que Rivero pretende decir es que al Rey los canarios le caemos muy bien, pero a Zapatero le caemos muy mal. Fatal.

En el fondo, es una suerte que desde que ese rudo cazador de cabelleras socialistas que es Paulino Rivero preside el Gobierno, quede tan claro que los enemigos de Canarias van a ser siempre los mismos. Esos pérfidos socialistas con los que Paulino Rivero se entendía tan bien en Madrid hasta el mismo día en que el PP lo hizo presidente.