Jueves, 27 de Septiembre de 2007

Desastres

Delia Cabrera

Vivimos rodeados de desastres, hasta el punto de que nos aplasta la sensación de que discurre nuestra vida sobre una endeble balsa que apenas logra resistir la embestida de furiosas olas que nos condenan a una permanente e inacabable tarea de achique para mantenernos a flote.

Las olas que nos zarandean son de distinta índole, pero todas amenazadoras. Algunas son, quizás, insustanciales, como la subida del euribor o la crisis de liquidez bancaria; otras, dramáticas, como la inmigración, y aun otras tan comunes y generalizadas como el desastre de los servicios educativos o de salud. Aumentan también las de carácter fortuito, sean huracanes, tifones, sequías o lluvias torrenciales.

No hace aún mucho, estos últimos eran considerados desastres naturales, dado que nuestra capacidad de actuar sobre ellos quedaba reducida a prevenir el riesgo y atenuar sus consecuencias, pues siendo fruto de fuerzas incontrolables, escapaban a la intención humana. Pero en este siglo, a medida que se amplia el conocimiento científico sobre el cambio climático, estamos empezando a comprender a marchas forzadas que si no de su existencia, sí somos responsables al menos de la intensidad y frecuencia con la que se producen y, por consiguiente, de la devastación que dejan a su paso.

En definitiva, la consecuencia de la toma de conciencia sobre nuestra participación en el cambio climático, derivada de un mayor conocimiento científico sobre los factores que lo desencadenan, es el incremento de nuestra responsabilidad ante fenómenos que antes podíamos mirar con la mayor inocencia, al tiempo que también desmonta la convicción ilustrada de que un mayor conocimiento nos hará más libres. Al menos en una parte sustantiva, esta ecuación es hoy inexacta, pues más bien percibimos que a un mayor conocimiento no sigue más libertad, sino más responsabilidad, traducida en mala conciencia y sentimientos de culpabilidad.

Por otro lado, múltiples estudios señalan con alarma que la huella ecológica de los países desarrollados excede la capacidad del planeta, sin encontrar otra salida que no sea renunciar a nuestro actual nivel de consumo, de forma que también se ha perdido la confianza en que el conocimiento, la cultura y por ende la educación nos ayuden a alcanzar un mayor bienestar material. Si añadimos que los medios de comunicación ponen cada día ante nuestros ojos un cúmulo inabarcable de desastre de todo tipo, a los que no encontramos la manera de dar una respuesta, no puede extrañar que el prestigio del conocimiento se encuentre en uno de sus momentos más bajos, arrastrando con él a la educación y la cultura.

No obstante, lo que en el fondo está en entredicho es la misma idea de progreso, entendido en su sentido más básico como la capacidad de avanzar en la mejora de nuestras condiciones de vida, individuales y colectivas. Miramos hacia el futuro con prevención y recelo, derrotados de antemano ante los desafíos que hemos de afrontar y buscamos refugio en el pasado, en lo conocido y controlable, si bien lo que rescatamos de éste son dos fantasmas amenazadores, los nacionalismos y los fundamentalismos religiosos, que creíamos tener a buen recaudo. Pero estos espectros, lejos de conducirnos a un puerto seguro, contribuyen a poner de manifiesto hasta qué punto nos encontramos a la deriva, pues sabemos que los desastres están ahí, a la vuelta de la esquina.