Viernes, 28 de Septiembre de 2007

Las ratas y el barco de queso

Fernando Marcet Manrique

Esto eran ciento ochenta ratas que van navegando en un barco de queso por el ancho mar océano. El barco es inmenso, gigantesco, y las ratas, claro, se van alimentando de él a medida que viajan de un lado para otro. Durante décadas y siglos, las ratas comen y navegan, engordando cada vez más, peleando entre ellas y alimentándose desenfrenadamente para ser más fuertes y gordas que sus rivales. Poco a poco, el barco de queso va quedándose sin la propia sustancia que le da consistencia. Las ratas, progresivamente más gordas, andan tan absortas en sus batallas y guerras que ni siquiera se dan cuenta de que se están quedando sin embarcación. Hasta que, inevitablemente, el barco de queso empieza a hacer aguas.

A esas alturas las ratas estaban todas agrupadas en coaliciones más o menos poderosas. La Organización Tratado Castillo de Proa era la alianza más fuerte. Estaba dirigida por una enorme rata, descendiente de una ilustre saga de roedores que desde tiempos remotos había hecho de la extracción de queso su privilegio exclusivo en determinadas partes del barco. La primera reacción de esta súper rata fue negar la evidencia.

—¡El queso no se acaba! –exclamó furiosa con su característica voz gutural. La enorme tripa apenas le permitía caminar, y escupía trocitos de queso a medio masticar mientras hablaba, por los que ella magnánimamente permitía que se pelearan las ratas más pequeñas. Por su parte, los chinches y las pulgas que en ella habitaban estaban mayoritariamente de acuerdo con el punto de vista de su espléndida rata. Ellos se vanagloriaban de ser los afortunados habitantes de la rata de las oportunidades, la rata más gorda de las ratas, y por tanto la que más alimento y calor proporcionaba. Todo el mundo quería vivir en aquella rata. Era natural que los demás chinches y pulgas les envidiaran y hasta odiaran, en realidad eso hacía que se sintieran todavía más unidos a su amada madre rata.

—¡Podemos seguir comiendo todo el queso que queramos! –Seguía gritando la gran rata, espoleada por sus chinches y pulgas. Lo que en realidad quería decir, la gran rata gorda, era que todas podían seguir comiendo el queso que ella les daba, porque allí nadie comía sin que la enorme rata del castillo de proa lo supervisara y lo consintiera.

Algunos grupos de ratas rebeldes protestaron, pero tampoco es que les importara mucho que el agua entrara en el barco. Las protestas eran más bien por costumbre, por aquello de contradecir al imperialismo de la rata gorda.

El estatus quo se mantuvo durante un tiempo más, hasta que se hizo innegable que el agua estaba entrando y que el barco ya no podía seguir soportando el ritmo de explotación al que las ratas le sometían. Al final, hasta la enorme rata gorda del castillo de proa tuvo que admitirlo.

—Está bien. Organicemos una cumbre mundial. La llamaremos, la cumbre de Los Idiotos.

En efecto, se hizo una cumbre de ratas. Sobre la popa se reunieron todas, bien emperifolladas y con sus mejores bigotes, pero en seguida quedó claro que la rata gorda no estaba por la labor. Alguien propuso establecer unos criterios de consumo de queso globales, en función de la gordura de cada rata, de tal forma que las más delgadas tuvieran la oportunidad de desarrollarse un poco más y las más gordas adelgazaran un tanto sus rollizos estómagos. Pero claro, la más gorda era la súper gorda, y se negó en redondo.

—¡Yo no tengo por qué comer menos queso que esa rata del cabrestante chino o esa otra del palo mayor indio! ¡Es completamente injusto! –Los chinches y las pulgas que en ella habitaban estuvieron completamente de acuerdo, y agitaron sus banderas y cantaron su himno como muestra de orgullo y aprobación.

Así que la rata que más queso comía de todo el barco no firmó el protocolo de Los Idiotos, y a ver quién era la rata guapa que le decía nada. Aquello, además, sirvió de excusa perfecta para todas aquellas ratas que sí habían firmado el acuerdo, pero que de todos modos no pensaban cumplirlo ni por asomo ¿Por qué vamos a respetarlo nosotras cuando la rata más voraz y más esquilmadora del barco no está dispuesta ni siquiera a comprometerse con unos mínimos simbólicos?, se preguntaban las ratas.

Unos años después, como el nivel del agua en el barco seguía aumentando, empezaron a hacerse oír algunos chinches y pulgas de ciertas ratas, pronosticando incluso el hundimiento del barco de queso en muy pocos años. A pesar del intento de la rata gorda por acallar a tales bichitos agoreros y alarmistas, la corriente quesologista fue tomando fuerza, incluso en su propio seno, y finalmente la mismísima rata gorda y peluda tuvo que organizar otra cumbre con sede en su flamante castillo de proa, en Quesington. Eso sí, irían sólamente las más comilonas del barco de queso. Algunas pensaron que en realidad aquello no era más que una estratagema para ganarse el favor de las ratas más poderosas, una excusa para tenerlas juntas en su propio territorio. Sin embargo, otras muchas ratas, bastante más ingenuas, pensaron que esta vez sí sería la buena, creyeron que la rata gorda por fin cedería y admitiría la gravedad del problema.

Entonces fue cuando la súper rata gorda se descolgó con las siguientes declaraciones:

—La rata de las ratas que soy es plenamente consciente de la seriedad y trascendencia de la crisis a la que nos enfrentamos. Por eso, pienso que en esta cumbre debe quedar bien claro que cada rata habrá de establecer sus propios criterios voluntarios de restricción en el consumo de queso.

—¿Pero cómo? –acertaron a tartamudear algunas–, ¿qué cada una…? ¿Voluntariamente? ¡Pero eso es lo mismo que no hacer nada!

—¡A callar! –gritó tajante la rata gorda, y la cumbre quedó disuelta en el acto. Ni que decir tiene que la mayoría de los chinches y pulgas que habitaban en la gran rata gorda se sintieron especialmente satisfechos de vivir en una rata que imponía tal autoridad y respeto sobre el resto, así que agitaron sus banderas y demás símbolos identitarios con más fervor patriótico si cabe.

Así fue como las ratas, en vista de lo que había, se dedicaron a partir de entonces a simular que comían poco queso, más que nada para tener contentos a sus chinches y pulgas quesologistas. Organizaban conferencias, daban charlas, hacían campañas de concienciación…, pero en la práctica seguían ingiriendo igual cantidad de queso que antes, o incluso más.

Un buen día amaneció para las ratas sin barco sobre el que navegar. Ninguna supo cómo pudo suceder, ya que en el fondo la mayoría había creído que eso del quesologismo era un cuento y una exageración, y hasta las más sensatas habían llegado a creer que la crisis se resolvería milagrosamente por sí sola. En los momentos finales todavía se echaban las culpas las unas a las otras, y aun cuando ya estaban bajo el agua, a medio instante de la muerte por ahogamiento, seguían tratando de golpearse y de morderse con feroz rabia roedora. Cuando las ratas desaparecieron en la inmensidad del océano, con el barco de queso en sus estómagos, nadie las echó de menos.

EPÍLOGO: Los chinches y las pulgas murieron aferrados a sus respectivas ratas, ondeando sus banderas en espasmódicos actos reflejos, y preguntándose en un último conato de lucidez qué habría pasado si hubieran sido capaces de vivir sin ratas, si hubieran sido capaces de regir sus destinos por sí mismos en lugar de en función del capricho veleidoso de las ratas en las que vivían, si hubieran sido los verdaderos protagonistas de aquella historia que al final había quedado como una historia de ratas, en lugar de como una historia de chinches y pulgas. Seguramente habría resultado ser una historia igual de insignificante, o quizás no, en cualquier caso, y eso es lo que cuenta, al menos habría sido su historia.