Martes, 23 de Octubre de 2007

Juan Antonio Cebrián

Fernando Marcet Manrique

Llevo 24 horas buscando palabras con las que escribir este artículo, a sabiendas de que no voy a encontrarlas. Sean cuales sean las escogidas imposible será hacer justicia a un hombre como Juan Antonio Cebrián. Los montones de letras no disimulan su condición de meros borrones apretujados ante un hecho tan atroz como este.

Uno de los puntos del decálogo de Horacio Quiroga para el perfecto creador de cuentos decía lo siguiente:

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

Yo, que mucho antes de dedicarme a esto de los artículos de opinión escribí cuentos a raudales, me regí siempre conforme a esta regla, y la trasladé luego al resto de ámbitos narrativos, ficticios o no. Pero hoy no puedo. Hoy el arte es lo de menos. Que los recuerdos fluyan a borbotones, anegando mi propia conmiseración. Cebri ha muerto.

¿Cómo explicárselo a quien no lo conociera? ¿Cómo hacerles comprender a quienes no durmieron amodorrados bajo su serena voz en noches otrora insomnes?

Juan Antonio fue mi maestro, mi gurú espiritual, mi particular rosa de los vientos, mi inspiración y muchos otros “mis” que ni siquiera sé conceptuar. Bastantes de los artículos que escribí en este mismo blog se elaboraron bajo el influjo del programa que él dirigía. ¿Hasta qué punto puede llegar a ascender sobre tu forma de ser una persona que te ha venido hablando durante la mayor parte de duermevelas en tu vida adulta? Seguramente no poco. En realidad no es ningún tópico afirmar que Juan Antonio sigue vivo. Mucho de lo que yo soy, mucho de lo que tantos oyentes como tuvo somos, es Juan Antonio Cebrián. Usamos sus mismas expresiones, a fuerza de haberlas escuchado, contamos sus chistes, nos tomamos la vida con ese extraño compromiso aderezado de sano humor distante que nadie como él sabía transmitir. Somos Juan Antonio Cebrián. Fue un perfecto vaso comunicante — pues a comunicador no le ganaba nadie — que dejó caer su contenido sobre los demás, aún so riesgo de quedarse él mismo vacío. Y por eso no morirá nunca.

Ahí quedan sus monográficos, sus pasajes del terror, sus “versus”, tantos y tantos programas, tantas y tantas horas repletas de sabiduría, la auténtica sabiduría de quien prefiere divulgar antes que discutir, reír antes que pelear, narrar antes que crispar.

De todos modos, aun sabiendo que su legado es grande y que permanecerá eternamente, es difícil no sentirse desolado. No sé cuantos Juan Antonios Cebrianes harían falta para hacer del mundo un sitio futurible, pero sí sé que no podíamos permitirnos el lujo de perderlo tan pronto, justo ahora que tanta falta hacen personas como él. Es un duro golpe para quienes creemos que las cosas nunca suceden por casualidad, porque, ¿qué clase de destino es este que condena a un hombre de 41 años en plena madurez intelectual, precisamente cuando estaba en perfecta disposición de ofrecernos más? Supongo que el mismo destino aciago que acabó con tantos otros personajes imprescindibles igual de prematuramente. Como ellos, Juan Antonio deja detrás una pléyade de seguidores, nada fanáticos, pero impregnados hasta la médula de ese carácter genuinamente cebrianesco. Los Losantos del mundo siempre harán muchísimo más ruido, quienes buscan la confrontación por encima de todas las cosas, los profesionales del insulto, los empresarios del terror (como Juan Antonio llego a llamar a la ETA… ETA S. A.) se impondrán mediáticamente sobre quienes abogan por el lenguaje sosegado y por la comprensión respecto a quienes son o piensan diferente, pero Juan Antonio Cebrián nos demostró que la empatía es un valor que siempre refulge sobre todo lo demás. Con brillo imperecedero, además.

Y no hablo desde la ceguera compungida. En la edición internáutica de El País, por ejemplo, a pesar de que fue una noticia relegada a un rincón diminuto y escondido, el número de comentarios y la valoración que tuvo el suceso superó incluso las cifras de las noticias referidas al mundial de Fórmula 1 ayer Domingo (Cebrián falleció el Sábado por la tarde). Algo inconcebible, especialmente si hablamos de toda una jornada final en un deporte últimamente tan seguido en España como es el de los coches dando vueltas, y de un hombre, Juan Antonio, que jamás copó titulares de periódico ni fué noticia espectacular por haber ganado premios de relumbre o haber protagonizado proezas popularmente memorables.

En poquísimas horas los mensajes de condolencia se han multiplicado en las distintas páginas asociadas a La Rosa de los Vientos. Individuos anónimos crean espontáneamente homenajes sentidos, periodistas de todo pelaje y condición unen sus voces para hablar, aunque sea un rato, de su incuestionable valía y lo injusto de su temprana marcha. Estamos ante un fenómeno que puede no tener demasiado sentido para quienes jamás hubieran oído de hablar de este gran hombre, pero que sin embargo, aun reconociendo su importancia relativa, es manifiestamente insuficiente para quienes le conocimos, aunque fuera como oyentes. Hoy, por ejemplo, me topé con esta noticia en la portada de Yahoo, un medio que ni siquiera trató el suceso que ha marcado estos días a tanta gente como yo, y no pude evitar sentirme vilipendiado. ¿Por qué a esta mujer se le otorgaba la categoría de noticia destacada cuando a Juan Antonio Cebrían ni siquiera se le menciona en la sección de sucesos? Pues porque había logrado la gran gesta de casarse con un joven de veinticuatro años, teniendo ella ochenta y pico. Y vaya por delante mis respetos hacia esta pobre anciana, pero es que el criterio de selección de noticias que manejan en Yahoo, anteponiendo siempre la espectacularidad sobre la calidad del contenido, me parece cuanto menos rocambolesco. Ya sé que esto debería importar poco, nada va a cambiar la insoportable certeza de que Juan Antonio no sigue con nosotros, además de ser éste un exabrupto cargado de rencor malsano que Cebrián seguramente me habría desaprobado. Pero no quiero callármelo, porque la anécdota evidencia la mucha falta que nos hace gente como él. En estos tiempos en los que todo cambia tan rápidamente, tiempos en los que cualquier derrotero es posible, necesitamos disponer de referentes sólidos que, de algún modo, nos muestren los distintos caminos posibles. Juan Antonio era uno de esos referentes, aunque él jamás se hubiera promulgado como tal.

Ojalá nos sobrepongamos a su pérdida e incluso sepamos reciclarla a modo de acicate para generalizar el espíritu que le era inherente, un espíritu en el que siempre prevalezca la curiosidad por conocer y la voluntad de enseñar. Sin duda, sería el mejor de los homenajes posibles para este hombre entre los hombres, un curioso empedernido y un maestro como pocos.