Miércoles, 24 de Octubre de 2007

Bajas

Rosario Miranda

Hace tiempo que las sociedades ricas, preocupadas por la salud como nunca antes, viven en realidad inmersas en la enfermedad. Más que como un bien del que se disfruta, la salud se entiende como un estado que amenaza continuamente con perderse, de modo que cuidarse consiste en temer la enfermedad, precaverse de ella y tenerla en el pensamiento toda la vida. A ello han contribuido la medicina preventiva y lo que se ha dado en llamar medicalización de la vida.

A través de la medicina preventiva, cuya eficacia no está clara, los ciudadanos sanos se consideran enfermos potenciales que controlan regularmente su nivel de colesterol, su tensión arterial o su densidad ósea, sienten remordimientos cada vez que encienden un cigarro o toman mantequilla e incluso deben decidir de qué morirse, puesto que a fuerza de estadísticas lo indicado para evitar unas enfermedades predispone a contraer otras, o el mismo tabaco que se vende bajo advertencia de muerte segura por cáncer según estudios poco divulgados previene del alzheimer.

Por otra parte, en consonancia con la victimización galopante que padecemos, cualquier dificultad o dolor en nuestra vida personal o social se considera enfermedad, se gestiona mediante tratamiento médico y se cura con fármacos. De este modo el elenco de enfermedades físicas y mentales aumenta cada día con más y más trastornos, pues cada contrariedad recibe su bautismo terapéutico. Ya no tenemos catarro o diarrea sino rinitis alérgica y síntoma de colon irritable; no hay tristezas sino depresiones, ni pocas ganas de sexo sino disfunción sexual. Nuestros niños inquietos y difíciles de educar son ahora menores trastornados por el síndrome de hiperactividad y déficit de atención, y aquellos otros alterados por la separación de sus padres están afectados por el síndrome de alienación parental. Ya no tenemos problemas en el trabajo sino síndrome de mobbing, y padecemos el síndrome del paraíso cuando la ociosidad nos aburre, el síndrome del quemado o el síndrome postvacacional cuando nos cuesta ir a trabajar, el síndrome del trabajador nocturno cuando trabajamos en horario de noche o el recientemente “descubierto” síndrome del tigre enjaulado, cuyos síntomas son los nervios, el dolor de cabeza y el malhumor que manifiestan las personas que están criando niños.

El resultado de esta mentalidad acerca de la vida y de la enfermedad es que los neurólogos y los psicoterapeutas florecen, las empresas farmacéuticas se embolsan grandes beneficios, los médicos están sobrecargados de trabajo y las personas destruyen su capacidad para aceptar y controlar el dolor de vivir. A estos efectos se suma el que la población en general, atrapada en esta telaraña ilimitada de diagnósticos, ha desarrollado un sistema de compensación a cualquier malestar que sufra mediante el tiempo libre al que dan acceso las bajas por enfermedad.

Las bajas por enfermedad fueron y son una conquista social, una forma de amparo y solidaridad hacia aquellos que, incapacitados para desempeñar sus deberes laborales a causa de una enfermedad, perderían además de la salud los recursos para subsistir si dichas bajas no existieran. Sin embargo, cuando la enfermedad es motivo suficiente para cobrar sin trabajar, cuando el certificado médico es el único pasaporte legítimo al ocio y cuando cualquier contratiempo vital se diagnostica como síndrome, lo que sucede es que, a través de las bajas por enfermedad, cada vez más gente y con ocasión de más circunstancias practica inconsciente e impunemente el absentismo laboral.

Quien iba a trabajar acatarrado ahora se queda en casa hasta que se le cure la rinitis, quien trabaja con la voz pero se rompe un brazo está dispensado de trabajar porque no puede conducir aunque ello no le incapacite para llegar hasta la playa en taxi, o aquellos descontentos con sus compañeros, con su horario, con el clima o con su oficio acuden al médico en busca de su baja por depresión, proceder éste que se refleja en el lenguaje: la baja ya no es algo que los médicos dan sino además algo que la gente “se coge”, usando el mismo verbo cuyo complemento directo en este ámbito era antes sólo “vacaciones”. Y así, junto a muchas personas enfermas de verdad, proliferan otras cuyo verdadero oficio es en realidad estar enfermas, algunas de las cuales se reincorporan al trabajo el día antes de las vacaciones con el fin de ser eximidas también de la obligación de visitar al médico y de presentar los partes de baja que su condición de enfermas exige. De esta realidad se nutren los chistes que nos cuentan que hoy día: Dios da un seguro autónomo a quien quiere regalarle salud, y a quien quiere llenar de enfermedades le convierte en funcionario.

Este proceder con las bajas, que consideramos normal y esgrimimos como un derecho, es en realidad una forma de corrupción, una modalidad de estafa y de rapiña respecto a la seguridad social si esos enfermos son sustituidos en su puesto de trabajo, o, si no lo son, es una forma de explotación de los ciudadanos sanos que sí trabajan, sobre los que recaen las obligaciones que dejan sin cumplir los beneficiarios de bajas. La ciudadanía tiene clara la corrupción asociada a los políticos, consistente en apropiarse mediante procedimientos varios de dinero perteneciente a las arcas públicas y recaudado con el esfuerzo de todos, pero no es consciente de que el abuso cotidiano y generalizado de las bajas por enfermedad, como el resto de las modalidades del absentismo laboral, es también un robo a los contribuyentes, un fraude hacia aquellos que tienen derecho a recibir los servicios de los que se hace dejación, un aumento de los deberes laborales de los no enfermos y una forma de parasitismo.

A pesar de la miseria espiritual y la sensación de minusvalía que introduce en su vida y en su identidad la persona atrapada en un diagnóstico tras otro -algo de lo que sería necesario advertir a la gente tanto como se le advierte de que no se meta en la telaraña de la heroína-, la enfermedad, como el resto de las desgracias, ha pasado a convertirse en una ventaja. En el funcionariado los enfermos, además de cobrar sin trabajar, tienen preferencia a la hora de elegir puestos de trabajo; forman un colectivo que pasa por detrás del de los políticos que vuelven a su antigua profesión pero por delante de los demás en la adjudicación de comisiones de servicio, no siendo extraño que una persona se incorpore a un puesto muy cotizado por derecho de enfermo pasando por delante de un trabajador sano. Cumplir bien un horario, ser un profesional competente y no ser víctima de ningún síndrome no se cotiza ni se premia -lo que no tiene por qué hacerse ya que el deber se cumple por deber-, pero a ciertos efectos se ha convertido en una desventaja.

Por su parte los médicos, que han adquirido el enorme poder de otorgar tiempo libre a la población, se sienten abrumados por tener las consultas atiborradas de ciudadanos que descargan sobre ellos la soledad, el insomnio, el aburrimiento, la tristeza o el duelo, de modo que son víctimas, no solo artífices, de la medicalización de la vida y de la cotización social de la enfermedad. Mejor haríamos, para frenar el absentismo y mejorar de paso las condiciones laborales de los médicos -que terminan por confundir a un enfermo de verdad con el quejica de turno en urgencias-, en liberalizar el comercio de las drogas legales, de modo que la gente acceda directamente al prozac, al valium y al resto de sustancias que ahora se obtienen con receta sin pasar por consulta y sin el complemento de la baja por enfermedad.

Parece ser que la condición humana conlleva dosis ineludibles de placer y dolor sea cual sea la situación objetiva en que una persona se encuentre, por lo cual un encarcelado es capaz de encontrar su espacio de alegría en prisión y quien lo tiene todo cuenta también con su agujero negro por el que cae más o menos regularmente. Quizá por eso la opulencia no está libre de males y, superados los antiguos, produce los propios o los inventa. La gente que debe pensar en cómo comer cada día no tiene depresiones, fibromialgias, anorexias ni migrañas, mientras tales afecciones proliferan epidémicamente entre gente con la supervivencia resuelta.

Los ciudadanos de las sociedades opulentas no son conscientes de la abundancia de la que disfrutan y, ebrios de quejas y derechos, son ajenos a los deberes y viven los dolores que conlleva vivir como enfermedades susceptibles de tratamiento y asociadas a bajas laborales. A lo mejor una eficaz terapia consistiría en prescribir a los demandantes de bajas un trabajo en las condiciones laborales que tienen actualmente los emigrantes ilegales, a fin de que se restablezca pronto su apetito de cumplir los deberes que se ven incapacitados de asumir a causa, por ejemplo, de una decepción amorosa. El grado de desarrollo de un país puede medirse por el número de este tipo de enfermos que produce, dándose la paradoja de que cuanto más rico es un país y más dinero emplea en el sistema sanitario más enfermos se sienten los ciudadanos, cuyo pasatiempo favorito parece ser la constante y devota dedicación a los achaques que tienen, que imaginan que tienen o que podrían tener, a causa de los cuales tienen derecho al ocio.

Un fenómeno como éste es signo de una abundancia repartida como nunca en la historia, pero experimentada neuróticamente como miseria e invalidez. Lo que está en juego en esta especie de reparto perverso de la abundancia -que permite cobrar sin dar nada a cambio a un número cada vez mayor de ciudadanos en calidad de parados o de incapacitados para trabajar- es en realidad una distribución social torpe, desatinada e injusta del preciado bien del tiempo libre. Que unos continúen trabajando el mismo tiempo mientras otros cobran el paro, o que se paguen hasta tres sueldos -titular, sustituto y sustituto del sustituto- por un puesto de trabajo, lo que indica es que nuestra sociedad tiene un poder sin precedentes para financiar el tiempo libre de la ciudadanía.

Partiendo de este hecho y considerándolo como un logro, lo que procede en pro de la justicia y del sentido común es remodelar el mundo laboral repartiendo abiertamente entre todos tanto el deber de trabajar como el bien del tiempo libre, en lugar de traficar con dicho tiempo disfrazándolo con el rostro de la enfermedad. Vivir el tiempo libre como incapacidad laboral y obtenerlo como compensación por las desgracias de la vida es un síntoma de la decadencia que colectivamente nos afecta.

Para poner fin a esta situación sería preciso usar el dinero -público y privado- para solucionar el paro repartiendo entre todos el trabajo, caigan los ricos que caigan, como cayó la aristocracia cuando se derrocó el Antiguo Régimen, y también usar ese dinero para comprar tiempo en lugar de para comprar coches y para pagar a absentistas profesionales o a personas de baja cuyos problemas no son médicos, y a sus correspondientes sustitutos. Para ello sería a su vez preciso derrocar la concepción vigente de la salud como enfermedad permanente. La salud así entendida termina convirtiendo la enfermedad en una ventaja y en un estado en el que muchos se enredan para no salir ya de ahí. Muchos de nuestros sufrimientos son gajes del oficio de vivir, cuestiones éticas y sociales, no morbosas o patológicas, que debemos gestionar como personas autónomas en lugar de como inválidos a los que se exime de hacerles frente por obra de un diagnóstico, de un fármaco y de un certificado médico.

Al igual que cuando uno se pierde trata de deshacer sus pasos y volver al punto de partida, nosotros, enloquecidos en esta maraña de prevenciones y diagnósticos, deberíamos recordar que cuando empezó esta neurosis lo que queríamos era extender la salud, y que una persona sana es aquella que tiene alegría de vivir o que, de no tenerla, es capaz de eliminar las condiciones que hacen mala su vida, capaz de curarse cuando está enferma, de sufrir cuando le duele el cuerpo o el alma y de envejecer y morir dignamente y en paz.