Jueves, 25 de Octubre de 2007

La mediocridad de los políticos

Jorge Marsá

Escuchamos o leemos de forma recurrente, y en Lanzarote especialmente, opiniones sobre la mediocridad, cuando no directamente sobre la incapacidad, de los políticos que nos gobiernan. De hecho, no hay más que ver cómo los valoramos en las encuestas: resulta ciertamente raro que aprobemos a alguno de los representantes que hemos elegido. El descontento con nuestros políticos proviene en parte de un malentendido que está bastante extendido: la idea de que la democracia fuera un mecanismo para escoger a los mejores gobernantes.

No lo es. Si lo fuera, no se entendería que estemos gobernados por personalidades de tan escasa talla intelectual y política como George W. Bush, José Luis Rodríguez Zapatero, Paulino Rivero o Manuela Armas. Si fuera posible organizar un comité de expertos para seleccionar a los mejores gobernantes, es seguro que ninguno de ellos habría resultado elegido. Y es que cuando se trata de elegir a los más capaces para una tarea, a nadie en su sano juicio se le ocurriría someterlo a votación entre personas que en su mayoría carecen de la formación y la experiencia necesaria para tomar una decisión acertada. ¿Pondría usted a votación entre sus vecinos el abogado que necesita para ganar un pleito?, ¿el director de su empresa?, ¿el mejor especialista para curar su enfermedad?, ¿el escritor que merece el premio? Por supuesto que no, que buscaría un mecanismo de selección que, al menos, no fuera garantía de fracaso.

La democracia no sólo no garantiza la elección de los mejores, sino que asegura que los elegidos no pertenecerán a ese grupo, porque resultaría casi un milagro que los mejores fueran los escogidos por un cuerpo electoral compuesto en su mayoría por mediocres. Si a ello le añadimos que la selección previa la llevan a cabo organizaciones burocráticas como los partidos, especializadas en lo que algunos han denominado la “selección adversa”, y que hoy nuestro sistema es la democracia de audiencia, esto es, que el campo de juego es el mediático, el fracaso está prácticamente garantizado: resultarán elegidos los más populares; nunca los mejores.

La cosa se agrava aún más después de la elección, cuando hay que asignarle al político el cargo público correspondiente. Personas que en la mayoría de las ocasiones no tienen ninguna experiencia en la gestión de organizaciones, ni la más mínima formación profesional sobre la actividad que van a desempeñar, resulta muy difícil que sean los mejores para ocupar cargos públicos que a veces manejan presupuestos que ya les gustaría manejar a muchos empresarios o economistas con dilatada experiencia. Así, de la noche a la mañana, esos políticos actúan como “expertos” en la gestión del urbanismo, la sanidad o el transporte.

Como se ve, y como se constata en la realidad, la democracia nos garantiza que prácticamente jamás encontraremos a los mejores al frente de nuestras instituciones públicas. Conviene saberlo para que luego no nos llamemos a engaño, para que no le pidamos peras al olmo. Aunque también conviene no olvidar que, pese a lo dicho, la democracia ha demostrado sus ventajas sobre cualquier otro sistema político conocido hasta la fecha, aunque sólo sea porque nos permite librarnos pacíficamente de los mediocres que un día elegimos para gobernarnos.