Viernes, 26 de Octubre de 2007

Que alguien se responsabilice de mí

Luis Arencibia Verdú

Hace unos días vi un documental sobre el consumismo en España, y de él me llamó poderosamente la atención que en ningún momento se hiciera mención al autocontrol o a la responsabilidad. Además, gran parte de la carga testifical la llevaban personas que tenían patológicamente alterada esta capacidad: anoréxicas, bulímicas o adictas a las compras.

Se trataba de un documental bastante militante acerca de los estragos que indudablemente nuestro modelo consumista está haciendo sobre millones de personas y sobre el medio ambiente. Hasta el punto de que, mientras parece que los Objetivos de Desarrollo del Milenio se van a quedar en papel mojado, la sobrealimentación amenaza con reventar el corazón de buena parte de la humanidad.

Por otra parte, el reportaje no hacía más que evidenciar una tendencia que está calando cada vez más en la sociedad: la culpa la tienen los otros. Y, a falta de culpables concretos, la cultura. Y, si le añadimos unas gotas de ideología, el sistema. Pero esta simplificación no explica la siguiente verdad de perogrullo: En nuestra sociedad consumista existe infinidad de personas que puede disfrutar consumiendo y cuidando su imagen…dentro de límites razonables.

De hecho, nuestra sociedad, cultura o sistema se asienta en la capacidad individual de asumir responsabilidades. Por poner algunos ejemplos, nuestra educación universal y obligatoria, se asienta en la creencia de que cualquier persona, incluso en condiciones sociales adversas, puede tomar las riendas de su vida, con la ayuda entre otras cosas de formación. Esto hace no demasiado tiempo no se lo creía nadie, o casi. Por otro lado, hasta hace menos tiempo todavía, a los más pobres y marginados sólo los ayudaban, y mal, quienes se querían ganar el cielo a su costa. Hoy en día –al menos en teoría, que del dicho al hecho hay un gran trecho en este caso-, la ayuda social pretende que esas personas venzan sus condicionantes y asuman la responsabilidad sobre sus vidas. Porque cualquier otra cosa se considera un fracaso.

Es evidente que no soplan buenos vientos para la formación del carácter: los padres no disponen de tiempo y la brecha generacional los tiene despistados; la falta de recursos y sentido común están mandando el sistema educativo al garete; la sobredosis publicitaria, pues tampoco hecha una mano… Pero responsabilizar de todo a los demás parece que tampoco es la solución. Más bien al contrario.