Lunes, 27 de Noviembre de 2006

El ejemplo de Senghor

Antonio Álvarez de la Rosa

[La Opinión de Tenerife, 26 de noviembre de 2006]

Malos tiempos para la negritud los que ahora corren, cien años después del nacimiento de Léopold-Sédar Senghor (1906-2006). Malos tiempos también para el mestizaje, el multiculturalismo, el interculturalismo, el diálogo de culturas o como quiera llamarse a ese intento de promover y difundir la civilización de lo universal, el respeto por el Otro, lucha que hoy suena a tópico, a moralina política.

Sin embargo, cuando miramos por el retrovisor de la historia y evocamos la figura de ese gran poeta senegalés, de quien fuera Presidente de su país durante 20 años -político controvertido, pero huella viva aún-, hay que rendirse a la evidencia de que fue uno de los primeros intelectuales en levantar no solo la bandera de la negritud, sino también en afianzar ese diálogo entre civilizaciones que sigue ronchando el cuerpo político del mundo. En la construcción del África de este milenio, su obra es una continua defensa de la cultura como arraigo y desarraigo. El primero, anclado en lo más profundo de la tierra natal; el segundo, en “el abrirse a la lluvia y al sol, a los aportes fecundantes de las civilizaciones extranjeras”. De ahí que, consecuente con esa estrategia, Senghor fuera el gran impulsor de la Francofonía, del encuentro de la culturas, de su simbiosis, del mestizaje en una palabra. No desde el servilismo colonial hacia una lengua, en este caso, el francés y su metrópolis política, sino desde el diálogo de igual a igual.

El Centro de Estudios Africanos de la Universidad de La Laguna (CEAULL) ha organizado las Primeras Jornadas sobre la Francofonía, aprovechando el centenario del nacimiento de Senghor. Además de reflexionar sobre su obra poética, en ellas se pretende subrayar el papel de la Negritud y de la Francofonía. En estos momentos en los que solo vemos a África en forma de cayucos y de hombres, mujeres y niños con los ojos espantados por una travesía inhumana, es esencial presentar, aunque sea de forma resumida, otras facetas de ese continente. Tenemos la mirada televisiva inyectada con la negrura económica que invade África casi por todas partes. Su realidad suena como un tam-tam lúgubre, desesperanzado y hasta fúnebre. Ese grueso telón geopolítico nos impide ver no solo lo que hoy puede aportar la cultura de esos países, en sus más diversas variantes, sino incluso el legado que nos han dejado sus grandes hombres, una herencia que hoy está desvalorizada y hasta ignorada por la mayoría del mundo occidental, salvo, quizá, en lo concerniente al negocio musical. Lo he escrito en otras ocasiones, pero conviene machacar en el mismo yunque por aquello de la tentación mayoritaria de la ostra. Creo que el llamado multiculturalismo es el único pasaporte para que harinas cocinadas en otros hornos formen el pan común del saber que a todos nos puede alimentar. A pesar de algunas energías centrifugadoras que, como un sarpullido, erupcionan en algunas de nuestras comunidades -sin ir más lejos, en la canaria-, me parece que la sociedad híbrida, mezcolanza de historias, de razas, de lenguas, es la única que puede aportar alguna esperanza para un mundo mejor. Si uno se da un baño de humildad, aprende otras lenguas y, por consiguiente, otras costumbres y creencias, probablemente estaría vacunado contra la idea de que el ombligo particular es la parte más interesante de su cuerpo social, se sentiría inmunizado contra el provincianismo cultural, porque la identidad de uno también se construye con el cemento del otro.

Por más que ahora esté amenazada, una de las grandes casas de la libertad y de la cultura está asentada sobre el solar de Europa. La única frontera es el trabajo mal hecho, el que regresa al infantil cordón umbilical, a una historia inventada o sublimada, a una retórica populista que solo alimenta a los que ya vienen gorditos de su casa. Cuando a algunos les tienta la idea de renegar de la Ilustración europea, de ese siglo XVIII -tan importante, por cierto, en Canarias-, hay que levantar un poquito la voz y afirmar que, cuando se ocultan esos orígenes, estamos renegando de sus más claros preceptos, paraguas protectores sin los que somos vulnerables a cualquier diluvio fundamentalista. Nuestra historia y cultura no se pueden entender si no analizamos la mezcolanza, la hibridez, el eclecticismo de sus manifestaciones. Mal futuro tienen las sociedades que practican la cerrazón, porque abrirse no significa diluirse ni desvanecerse en otro, como algunos amenazan, sino reafirmarse.

A pesar de peligrosas tensiones e incluso sin percatarse, Europa está dejando un espacio a esa nueva cultura de diferentes raíces y la va integrando, de forma natural, en su mundo. El gran Senghor lo resumía muy bien en una entrevista: “Los más importantes biólogos del mundo (…) nos han demostrado que las mejores civilizaciones, las “civilizaciones modelos”, eran civilizaciones de mestizajes biológicos, pero sobre todo culturales”. Aunque demasiada gente lo ignore, el mundo es mestizo y las tan proclamadas señas de identidad debieran reducirse, por razones administrativas, al carné de ídem. Cada vez que, no solo en mi contexto insular, oigo o leo este concepto -la dudosa luz de la identidad, territorio temible y pantanoso-, me pongo en guardia, se me erizan los pelos del pensamiento. Sobre todo porque, en general, llega disparado como un proyectil que atonta, como una bala de goma dogmática que anestesia el sentido crítico y abona el despiste y hasta la estupidez. Ojalá que el ejemplo de Senghor pueda servir para seguir protegiéndonos de la tentación de encerrarnos en nuestras identidades excluyentes.