Miércoles, 20 de Diciembre de 2006

El saber de la tradición (y III)

Jorge Marsá

He escrito sobre la Cultura, la agricultura, la ganadería, la pesca y los edificios porque son las cuestiones más recurrentes entre quienes en la Isla reivindican la necesidad de mantener vivas las tradiciones y las enseñanzas de nuestros mayores para afrontar el presente y futuro de la sociedad insular. Esta postura típica del nacionalismo cultural se extiende mucho más allá de la frontera del nacionalismo político.

Desde esta perspectiva creo que debe entenderse, por ejemplo, el artículo titulado “Historias de la isla desmemoriada”, en el que Mario Ferrer describe los criterios que le han guiado a la hora de acometer la redacción de Lancelot. Edición especial 25 aniversario. La reivindicación de la que hablábamos, que no resta mérito a su buen trabajo, queda bien explicitada: “En la experiencia de los seres que transitaron la milagrosa topografía del siglo XX de esta ínsula reseca donde se pueden encontrar las llaves maestras de nuestro devenir”.

Así ha sido, efectivamente, a lo largo de casi toda la historia de la humanidad, durante la cual las sociedades eran mucho más dependientes del pasado que en la actualidad. En consecuencia, los conocimientos de la tradición constituían en ellas el grueso fundamental del saber colectivo y se consideraba a las personas de más edad como las depositarias de ese saber.

Las sociedades ricas de la actualidad son distintas, y bien podrían caracterizarse por su menor apego al pasado, por vivir el presente pensando en el futuro y por hacerlo de forma claramente individualista, es decir, por una libertad desconocida hasta la fecha. Y tiene su lógica que en estas sociedades los mayores hayan dejado de ser considerados los depositarios del saber colectivo, porque son bastantes los aspectos en los que los ciudadanos más experimentados se muestran en clara desventaja frente a los nuevos conocimientos que impulsan a los más jóvenes. Y esto es así hasta la exageración: no por casualidad se habla hoy de que la sociedad, especialmente las empresas, está dejando en el camino a gentes cuya experiencia no debería ser despreciada. Es cierto, pero es un síntoma de lo muy distinta que en este sentido es la sociedad actual frente a las del pasado: el saber de nuestros mayores ha perdido buena parte de su preeminencia. En unos casos, para bien; en otros, no tanto.

Es verdad que hay quienes perciben esta nueva realidad como una amenaza. Se acude al pasado y la memoria para exorcizar los demonios del presente. Y así podría entenderse lo que escribe Mario Ferrer en su artículo: “Lanzarote tiene la urgente necesidad de aprovechar cualquier resquicio que permita parar y mirar atrás. Toda aportación en ese camino es poca, incluso esta guía rápida de lo sucedido en estos últimos 25 años, que se presenta humildemente como un apoyo más para volver a nuestro tesoro más lujoso y olvidado: la memoria”.

Lo de menos es que la memoria, como la tradición, tenga escasa relación con la Historia, lo que llama la atención es que se la considere como “nuestro tesoro más lujoso y olvidado”, lo que no deja de ser un síntoma del vértigo que provocan los desafíos del presente y el futuro que se anuncia. “Parar y mirar atrás”; vano intento, como siempre, de detener la arrolladora transformación social.

Lo curioso de este fenómeno, de la amplia aceptación del nacionalismo cultural –incluso entre quienes tan alejados están de su vertiente política como creo que están tanto Miguel Fierro como Mario Ferrer–, es que son hoy muchos entre los que se consideran progresistas los que defienden la postura que siempre distinguió a los conservadores: la defensa de la tradición y de la necesidad de conservar las enseñanzas y los valores de antaño frente a las degeneraciones de hogaño. Hasta hace bien poco, eran los conservadores quienes se dedicaban a cultivar y realzar el pasado, y su objetivo era claro: frenar a aquellos que pretendían acabar con las viejas costumbres, a los progresistas que se afanaban por socavar las tradiciones sobre las que se asentaba la sociedad para construir un futuro que auguraban mil veces mejor. Quizá no toda, pero tenían razón. También en Lanzarote, cualquier tiempo pasado fue peor.

Así era entonces: el pasado el territorio preferido de los conservadores; el presente y el futuro, patrimonio de los progresistas. Hoy no se sabe ya quiénes son los conservadores y quiénes los progresistas. Aunque de lo que sí podemos estar seguros es de que poco se avanza cuando la mirada está siempre pendiente del retrovisor, que por mucho que insistan, no son la memoria y el saber de la tradición las mejores armas para construir el futuro de la sociedad insular.