Soria y los negritos
José H. Chela
[Canarias Ahora, 19 de abril de 2006]
En todo este asunto referido a la inmigración y los problemas que del fenómeno se derivan, hay mucha hipocresía, si quieren que les diga. Y mucho posicionamiento políticamente correcto, pero fingido. Por eso, uno sospecha que, acaso, algunos de los que acusaron el otro día, en comisión parlamentaria, de xenófobo y tal a José Manuel Soria, sean tan racistas como él. Aunque, al menos, tengan la vergüenza de no demostrarlo. Es un punto.
Mientras no se dicen barbaridades, por mucho que íntimamente se piensen o se sientan, el que se las calla tiene algún tiempo para la reflexión y, quizás, hasta para el meditado y positivo cambio de actitud. Si antes de una calentura, la experiencia aconseja contar hasta diez, o hasta cien, según los casos, a la hora de lanzar propuestas radicales, también conviene no precipitarse aquilatar las consecuencias políticas de las iniciativas y las previsibles reacciones de los rivales políticos.
El líder popular archipielágico propuso, en el Parlamento, que se repatriasen a los menores inmigrantes de más de dieciséis años como una medida razonable para solucionar los problemas que el fenómeno de la llegada de ilegales africanos están generando en las Islas y, mayormente, en Gran Canaria, donde el Cabildo que el mismo personaje preside, ha de apechugar con muchas consecuencias y responsabilidades. Lo que a Soria le parece razonable, no es, desgraciadamente, admisible por parte de la legislación internacional, aunque el PP, entonces en el Gobierno, tratase de variar esas normas humanitarias y globalmente aceptadas hace unos años.
Al mentado y desafortunado proponente todos los demás portavoces de los restantes partidos me lo pusieron a caer de una acémila. Por convencimiento u oportunidad, ya digo, pero con argumentos irreprochables. Marisa Zamora llegó a decir que a don José Manuel, obviamente, no le gustan los negritos. Y la cosa dialéctica de la consejera tiene su gracia y su mala leche, hay que reconocerlo. Porque, a lo mejor, a Soria sí le gustan los negritos. Pocas fotos hay más rentables para un político que una imagen suya besando a un pequeño subsahariano, dedicá40ndole una paternal sonrisa y regalándole una pelota de colorines, un suponer. Quizás el obsequio vaya a parar a las manos, mejos a los pies, de un sucesor de Eto’o. Lo que no le gusta a Soria es que los negritos le propinen dolores de cabeza y que se quejen de los gimnasios en que conviven cuando decide desalojarlos de otros centros de acogida más cómodos y adecuados. Es comprensible su desazón, de acuerdo. Pero, esas cosas no se dicen.
Posiblemente haya quien piense que el Zeñorito perderá votos con semejantes actitudes, comentarios y propuestas. No estaría yo tan seguro. Vivimos en una sociedad farisaica donde la xenofobia tiene más adeptos de los que los ingenuos podríamos imaginar.