Campistas campurrios y debasos

21 de Abril de 2006 · (Sociedad)

Miguel Ángel de León

[Crónicas de Lanzarote, 20 de abril de 2006]

Se repite todos los años por estas fechas el mismo falso debate o artificial polémica sobre las “dichosas” acampadas playeras (“camping”, según los políglotas o papanatas). Ya tengo asumido que me moriré (y estuve muy cerquita este pasado fin de semana de dejarme el último suspiro sobre la carretera) sin entenderla. Siempre el mismo ceremonial, vamos a llamarlo “informativo”: en vísperas de Semana Santa todos los medios se apuntan a originales y hablan y no paran de lo que la gente va a hacer antes de que la gente ni siquiera haya pensado en hacer nada, y que al final acaba haciendo porque la masa es muy llevadera, como es triste fama.

Tampoco entenderé nunca, por mil y un años que viva, qué hace un conejero del siglo XXI acampando varios días o semanas frente a la playa, disfrutando de las incomodidades de la naturaleza. El que menos tiene aparca dos coches frente a su casa, o dentro, si posee garaje propio, y lo más lejos que puede estar un lanzaroteño en su isla de la playa más cercana son diez o quince kilómetros, a todo meter. O sea, que puede prescindir incluso del coche y ejercer el sano ejercicio de caminar, que era el secreto de la longevidad que un viejo pariente mío, padescanse (hubo un tiempo en el que yo pensaba que Padescanse era un apellido: Fulanito Padescanse, Menganita Padescanse, la pobre), sabía resumir en verso o pareado para todo el que le preguntaba cómo había llegado a cumplir tantos años con tantísima salud: “Poco plato y mucho zapato, cristiano”. Razones. En los continentes, en la Península española y por ahí se puede entender la afición por la acampada playera, pero en una cagadita de mosca geográfica (como la del mapa o “napa” del famoso chiste de Pepe Monagas), tal que Lanzarote, no tiene explicación lógica… salvo la que usted y yo estamos pensando, claro.

Después, una vez superada la Semana Santa dichosa, todos los hipócritas se llevan las manos a la cabeza ante la evidente y apestosa suciedad de las playas o zonas de acampadas, culpa de debasos y hediondos/hediondos domingueros. Si a la masa le dices que hay que colocarse un candado en la oreja o dos boliches en la lengua y la masa -sobre todo chinijos y chinijas poco formados a la altura de la azotea- lo hace, pues carece de criterio propio o personalidad, como su propio nombre indica. Pero de ahí a esperar que se le diga a la masa que quienes la integran se comporten como personas y no como animalitos, y esperar encima que hagan caso, es tanto como pedirle peras al olmo o duraznos a la rama de batatera. Ganas de perder el tiempo, para mi gusto.

La sentencia es tan vieja que aparece incluso en La Biblia, que se escribió coincidiendo en el tiempo con la primera comunión de Sarita Montiel: “El que siembra vientos recoge tempestades”. Que se lo digan si no al juez Parramón o a la concejal pepona de Telde/Terde, Toñi Torrres.

5 Comentarios

  1. EL GRILLO

    2:44 pm · 21 Abril 2006

    1.- D.MIGUEL LO VEO UN POCO QUEMADO CON EL TEMA MEDIOAMBIENTAL Y EL COMPORTAMIENTO CIUDADANO, YA SE DEBATIO EN ESTE BLOG ALGO DE ESO, ES DECIR, LOS CORRUPTOS NO SON LOS POLITICOS ES LA SOCIEDAD QUE LOS PONE AHI, LOS HEDIONDOS QUE ENSUCIAN NO SON LOS POLITICOS, SOMOS NOSOTROS, LOS QUE SE MATAN EN LAS CARRETERAS NO SON LOS POLITCOS, SOMOS NOSOTROS, ES DECIR, SOMOS UNOS HEDIONDOSCORRUPTOSASESINOS.
    2.- TENGO UNA FURGONETA Y YO VOY CON ELLA A DONDE ME PLAZCA

  2. Pep

    4:38 pm · 21 Abril 2006

    No obstante es la demostración de que llegan a ricos sin saber disfrutar del estatus. Lo que les gusta es eso, y está muy bien. Lo de la educación es otra cosa, y muchos, lo del civismo, como la riqueza: ni saben.

  3. fernando marcet

    4:51 pm · 21 Abril 2006

    Hombre, considero que prohibir acampar tampoco es la mejor opción. Un fin de semana en contacto con la naturaleza, durmiendo en sacos de dormir puede enseñar más a cualquiera de esos “chinijos” que un año entero de colegio. Prohibir acampar es como poner fronteras entre el campo y la ciudad… y si uno no va nunca al campo (y quien dice campo dice playa) ¿como queremos que a nadie le entre el gusanillo de protegerlo? ¿como luchar por proteger algo que no se conoce? Lo que tampoco tiene lógica ninguna es que la familia entera se vaya de acampada y se lleve la tele, el parato de radio y hasta el microhondas. Pero eso ya es un tema de educación. Y en la educación hay un millón de factores que influyen…desde la mierda que vemos en la tele, la imagen que nuestros padres o abuelos nos ofrecieron, etc…

    Precisamente para cuando falta la educación es que se hacen necesarias las normas. A sociedades menos educadas, más normas para que puedan vivir los unos con los otros. Así que existen dos posibilidades: invertir en educación, o poner más normas… nosotros mismos.

  4. Razonable

    6:54 pm · 21 Abril 2006

    El autor escribe muy bien y fundamenta y razona su posición, sin olvidar la pincelada humorística. Os felicito por el fichaje de este columnista.

  5. Alberto H.

    9:59 pm · 21 Abril 2006

    Bajo mi punto de vista lo que no puede ser no puede ser. O sea que me convencen quienes optan por prohibir a no ser que se regule y establezcan zonas como la de Papagayo, algo medianamente digno.

    Me convence, por tanto, el visto bueno de Jorge Coll de esta semana. Creo, Fernando Marcet, que fundamenta muy bien esa posible prohibición.

    Y como Internet y los blogs son una maravilla, en lugar de resumir el visto bueno, lo clavo aquí, que cada uno saque sus conclusiones y andando, ahí va Jorge Coll,

    Acampa como puedas

    Los desastres ocurridos en el camping de Playa San Juan, en la Caleta de Famara, esta Semana Santa son la prueba evidente de que las acampadas en zonas no reguladas y no controladas resultan un anacronismo a combatir en Lanzarote. Que en un paraje natural como el de Famara se permita que cada uno acampe a su aire no tiene sentido en estos tiempos por los daños medioambientales y paisajísticos que ocasionan. De ahí que el Ayuntamiento de Teguise se haya visto ahora en la obligación de anunciar que se prohibirán las acampadas en esa zona hasta que una ordenanza regule esa actividad. Más vale tarde que nunca. Lo que no se puede es caer en el populismo barato y en la demagogia política que tantos réditos electorales dio a algunos y que tanto daño ha hecho a esta sociedad. Algunos defendieron las acampadas en determinadas y señaladas fechas del año en el litoral lanzaroteño porque se trataba casi de una costumbre ancestral de los canarios que había que respetar. Primero, es mentira que fuera una vieja tradición. Y, segundo, hay costumbres que en su día pudieron tener cierta justificación mientras que ahora resultan un atraso. Por suerte, cada vez son menos lo que argumentan esa estupidez para reivindicar la acampada libre pero igual de equivocados están los que presionan a las autoridades para que tengan cierta permisividad con las acampadas con el cuento de que hay pobres que no pueden pagarse un apartamento para disfrutar de las vacaciones junto al mar. Pura y dura demagogia. Los pobres de verdad ni siquiera se plantean esos “lujos” cuando su preocupación -y no es poca- es cómo llegar a fin de mes para poder comer. No utilicemos, pues, la pobreza en vano, por favor, que es demasiado duro para el que la padece.

    Cuando la moda de las acampadas explotó en Lanzarote, a principio de los años 90, fue precisamente cuando la isla hacía unos años que ya era rica. Hasta entonces, éramos muy pocos los que practicábamos esa rara costumbre de disfrutar de las incomodidades de la naturaleza. Después, éramos una multitud los que ocupábamos las zonas del litoral lanzaroteño con nuestras casetas. Sobre todo, las playas de Papagayo, situadas en un espacio protegido, se convirtieron en la zona por excelencia para los campistas. En Semana Santa llegaron a pasar por allí hasta 5.000 personas, entre campistas y bañistas. Una locura. Cuando terminaba la “gran escapada” la imagen que quedaba del entorno de aquellas playas paradisíacas era desoladora. Miles de bolsas de plásticos y papeles de aulaga a aulaga; latas, botellas vacías y restos de comida esparcidos, con millones de moscas (las conté, una por una) revolteando, era la imagen de Papagayo tras las acampadas. Sin contar los destrozos que los coches y jeeps ocasionaban al paisaje con la apertura improvisada de medio centenar de pistas de tierra. Entonces, este periódico junto con otros colectivos sociales y ecologistas dio la voz de alarma y pidió en varias ocasiones la prohibición de la acampada libre en Lanzarote, lo que supuso que nos lleváramos muchas críticas de aquellos grupos partidarios de acampar porque era una tradición de los lanzaroteños. El rollito de siempre, el de defender una tradición por vieja y no por buena. Vamos, los que son capaces de justificar el canibalismo hoy porque, oiga, algunas tribus lo practicaron en su día.

    Nada más nacer este semanario, allá por el año 81, este medio defendió ya la creación de un camping en condiciones en Papagayo; dos décadas después se creó uno que ha sido un éxito. No hay basura, se cerró la mayoría de las pistas y las playas están más limpias que nunca. Y, sobre todo, se ha conseguido respetar el derecho de los bañistas, que no tenían por qué soportar salir con un grano de arroz de paella en la oreja. Ahora, lo razonable es prohibir la acampada de manera taxativa hasta que no se creen nuevos campings. A pesar de que cada vez dudo más de las bonanzas de estos campings en una isla tan saturada de gente y con tan escaso litoral.

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