Acampa como puedas

23 de Abril de 2006 · (Sociedad)

Jorge M. Coll

[Lancelot, 21 de abril de 2006]

Los desastres ocurridos en el camping de Playa San Juan, en la Caleta de Famara, esta Semana Santa son la prueba evidente de que las acampadas en zonas no reguladas y no controladas resultan un anacronismo a combatir en Lanzarote. Que en un paraje natural como el de Famara se permita que cada uno acampe a su aire no tiene sentido en estos tiempos por los daños medioambientales y paisajísticos que ocasionan. De ahí que el Ayuntamiento de Teguise se haya visto ahora en la obligación de anunciar que se prohibirán las acampadas en esa zona hasta que una ordenanza regule esa actividad. Más vale tarde que nunca.

Lo que no se puede es caer en el populismo barato y en la demagogia política que tantos réditos electorales dio a algunos y que tanto daño ha hecho a esta sociedad. Algunos defendieron las acampadas en determinadas y señaladas fechas del año en el litoral lanzaroteño porque se trataba casi de una costumbre ancestral de los canarios que había que respetar. Primero, es mentira que fuera una vieja tradición. Y, segundo, hay costumbres que en su día pudieron tener cierta justificación mientras que ahora resultan un atraso. Por suerte, cada vez son menos lo que argumentan esa estupidez para reivindicar la acampada libre pero igual de equivocados están los que presionan a las autoridades para que tengan cierta permisividad con las acampadas con el cuento de que hay pobres que no pueden pagarse un apartamento para disfrutar de las vacaciones junto al mar. Pura y dura demagogia. Los pobres de verdad ni siquiera se plantean esos “lujos” cuando su preocupación -y no es poca- es cómo llegar a fin de mes para poder comer. No utilicemos, pues, la pobreza en vano, por favor, que es demasiado duro para el que la padece.

Cuando la moda de las acampadas explotó en Lanzarote, a principio de los años 90, fue precisamente cuando la isla hacía unos años que ya era rica. Hasta entonces, éramos muy pocos los que practicábamos esa rara costumbre de disfrutar de las incomodidades de la naturaleza. Después, éramos una multitud los que ocupábamos las zonas del litoral lanzaroteño con nuestras casetas. Sobre todo, las playas de Papagayo, situadas en un espacio protegido, se convirtieron en la zona por excelencia para los campistas. En Semana Santa llegaron a pasar por allí hasta 5.000 personas, entre campistas y bañistas. Una locura. Cuando terminaba la “gran escapada” la imagen que quedaba del entorno de aquellas playas paradisíacas era desoladora. Miles de bolsas de plásticos y papeles de aulaga a aulaga; latas, botellas vacías y restos de comida esparcidos, con millones de moscas (las conté, una por una) revolteando, era la imagen de Papagayo tras las acampadas. Sin contar los destrozos que los coches y jeeps ocasionaban al paisaje con la apertura improvisada de medio centenar de pistas de tierra. Entonces, este periódico junto con otros colectivos sociales y ecologistas dio la voz de alarma y pidió en varias ocasiones la prohibición de la acampada libre en Lanzarote, lo que supuso que nos lleváramos muchas críticas de aquellos grupos partidarios de acampar porque era una tradición de los lanzaroteños. El rollito de siempre, el de defender una tradición por vieja y no por buena. Vamos, los que son capaces de justificar el canibalismo hoy porque, oiga, algunas tribus lo practicaron en su día.

Nada más nacer este semanario, allá por el año 81, este medio defendió ya la creación de un camping en condiciones en Papagayo; dos décadas después se creó uno que ha sido un éxito. No hay basura, se cerró la mayoría de las pistas y las playas están más limpias que nunca. Y, sobre todo, se ha conseguido respetar el derecho de los bañistas, que no tenían por qué soportar salir con un grano de arroz de paella en la oreja. Ahora, lo razonable es prohibir la acampada de manera taxativa hasta que no se creen nuevos campings. A pesar de que cada vez dudo más de las bonanzas de estos campings en una isla tan saturada de gente y con tan escaso litoral.

2 Comentarios

  1. claudio

    9:58 am · 23 Abril 2006

    Aquí se habla de los ricos lanzaroteños, nada más lejos de mi intención que desmentir esto, pero contradiciendo al artículo de Jorge Coll, en mi opinión no se puede dividir sólo entre ricos y pobres. Algunos nos encontramos en la situación de estar estudiando todavía, vivimos muy bien, pero el dinero no es nuestro, así que no lo podemos estar gastando en vacaciones en apartamentos u hoteles (la educación fuera de casa ya sale suficientemente cara). Por lo tanto, la acampada se plantea en muchos casos como la única opción por la que podemos optar si nos vamos de vacaciones. No les voy a mentir, yo personalmente no lo hago, porque en esas fechas vuelvo a Lanzarote a ver a la familia o me quedo estudiando.

    Además, creo que existe otro grupo de personas a las que las incomodidades de la naturaleza, como se las ha llamado, ¡¡les gustan!! Puede que estén locos, ¿quien sabe?, pero personalmente creo que esos locos deberían tener el derecho a acampar si eso les hace felices. Otros locos deciden comprarse un todoterreno o un avión privado, y a mí eso me parece más preocupante, ya que es en muchos casos más perjudicial para el medio ambiente. Con esto no quiero decir que esté de acuerdo con la acampada libre indiscriminada, creo que hay cosas que no se deben permitir, como hacer fuego en un bosque por el peligro que eso conlleva, ¿pero en Lanzarote?

    En cuanto a los daños paisajísticos en Famara… me parece de risa que unas casetas en la playa puedan molestar tanto y que, sin embargo, nadie diga nada de tirar los bungalows. Además, no entiendo para qué queremos un espacio natural ultra protegido si no lo podemos disfrutar, y personalmente no encuentro ninguna manera de disfrutar de la naturaleza mejor que la acampada.

    Un saludo

  2. fernando marcet

    6:37 pm · 23 Abril 2006

    Estoy de acuerdo con Claudio. Ya lo he dicho en otro lado. O se invierte en educación o se crean normas y se regula el uso de un espacio que nos pertenece a todos. Personalmente preferiría lo primero a lo segundo, pero ya se sabe que eso de educar es muy costoso y muy lento… y así nos va, que nos salen las normas y prohibiciones hasta por las orejas.

Tu comentario

El blog se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere inapropiados