Fernando Marcet Manrique
El asno de Buridán es un animal imaginado para ilustrar la paradoja del libre albedrío. Se trata de un asno hambriento al que damos la posibilidad de escoger entre dos montones de heno completamente idénticos. Ante tal disyuntiva, el équido se ve incapaz de decidirse por un montón u otro y acaba muriendo de inanición.
Resulta obvio que si a cualquiera de nosotros, estando muertos de sed, nos ofrecen dos vasos de agua exactamente iguales seguramente nos decantaremos rápidamente por cualquiera de los dos, sin entrar en ningún colapso neuronal… ¿Pero estamos seguros de que la decisión de escoger uno de los dos vasos no estaría determinada por una serie de circunstancias difícilmente calificables como nuestra voluntad? Es posible que seamos zurdos y que escojamos el vaso situado a nuestra izquierda por esa razón, o que exista una imperceptible diferencia de tamaño entre nuestras piernas que nos decante hacia un lado determinado. Infinitas variables que componen el puzle de lo que somos y que al final se convierten en un gesto sencillo pero definitivo. Escoger un vaso de agua.
No sé si el voto en blanco se puede encuadrar dentro de este tipo de ejemplos. Desde luego, se trata de una inacción u omisión de acción ante cierta encrucijada. Y también cabe hablar del gran parecido entre las opciones a elegir. Ojo, no estoy diciendo que sea esto algo necesariamente malo, me limito a exponer sin juzgar. Ahora bien, ni los políticos son montones de heno, ni los votantes somos asnos. Al menos no todos. Es verdad que muchos los hay que se empeñan en tratarnos como tales, llamándonos a voz en grito, cuales montones de heno melosos, para que nos arrimemos hacia ellos y no hacia los otros. Cómeme a mí, te dicen… cómeme a mí. Ya verás qué bien te siento, ya verás lo bueno que soy, lo honrado, las vitaminas que poseo, la formidable estructura de mis hebras, sin apenas parásitos que reseñar. Y como no puede haber heno sin asno, muchos los hay incapaces de resistirse a la sirénida llamada, sin atender que no son las promesas las que alimentan ni las palabras las que sacian.
Pero no caigamos en el descrédito fácil. Que si ellos son heno, habremos de convenir que nosotros somos asnos, por lo que de vez en cuando no viene mal desandar esta regla de tres para que el heno vuelva a ser político y el asno torne a ciudadano. Y si de políticos hablamos, si de ciudadanos tratamos, entonces no hay excusa que valga. El voto del ciudadano expresa su voluntad, pero no es su voluntad. La promesa del político expresa su intención, pero no representa más que un deseo. Las ciudades no se construyen ni con votos ni con promesas. Las ciudades son la escenificación magnífica de la voluntad, esta sí con todas las letras, de las personas que la habitan. Políticos y ciudadanos. Una ciudad decrépita y concebida para los automóviles en lugar de para las personas es una ciudad desnaturalizada que retrata a quienes la viven. A los unos por desearla tal cual, a los otros por no hacer nada por cambiarla. No es un puñado de votos lo que cambiará las cosas, sino la voluntad de quienes lo deseen y pongan empeño por conseguirlo. De voluntad, pues, hablamos, y si ante la duda entre hacer esto o aquello caemos en la inacción u omisión de acción, no será porque seamos asnos o los políticos heno, ni tampoco porque consideremos que ninguna de las opciones es lo bastante buena. Será más bien que nos habremos dado por vencidos. Será que nos habremos rendido, que nos habremos postrado, pues no hay voluntad posible para quien no cree poseerla, y mucho menos para quien no la desea ni la echa en falta.
Pedro G
2:20 | 25 Enero 2007 | Permalink
Un artículo más evocador que concreto. Me parece bien. Sin embargo, hay una frase que me parece importante para la conclusión que se persigue:
Sería esta sentencia equiparable al concepto de “la construcción de la ciudad” o “el proyecto de ciudad” que muchos utilizan en el debate público sobre Arrecife. Creo que algo de eso hay, que la voluntad de construir la ciudad en base a un proyecto influye en cómo la ciudad acaba siendo. Pero cuando digo “algo” es porque pienso que es muy poco lo que ha influido hasta la fecha, en Arrecife o en Florencia.
Salvo un par de casos como la Brasilia Niemeyer y la Chandigarh de Le Corbusier (de resultados bastante lamentables, por cierto), las ciudades no han sido el producto de ninguna voluntad explicitada mediante proyecto. Las ciudades han sido sobre todo y fundamentalmente un “subproducto social”, es decir, el resultado imprevisto de múltiples acciones diversas que no se atenían a ningun proyecto urbano.