Jueves, 25 de Enero de 2007

Drogas: mojigaterías con consecuencias

Luis Arencibia Verdú

La impactante campaña puesta en marcha por el Plan de Drogas hace unos años en la que un gusano se introducía por la nariz de un consumidor de cocaína, no impidió lo que se veía venir: el triunfo arrollador de esta sustancia y su consumo a edades cada vez más tempranas.

Aun en el supuesto de que este tipo de campañas tuviera posibilidades de éxito en alguna ocasión, ésta en concreto nunca lo hubiera conseguido, por embustera e irresponsable.

Porque ésta y otras campañas preventivas en drogodependencias están fundamentadas en todos los prejuicios y falsos mitos que la sociedad tiene acerca de las drogas, y no en la realidad que los consumidores o aspirantes a consumidores se encuentran, nunca mejor dicho, en las narices. Y claro, cuando se está más preocupado en no alarmar a la opinión pública que en abordar la realidad… el resultado no puede ser más que una bobada.

Algunas de las perogrulladas políticamente correctas que las campañas no se animan a superar –-para prejuicio de los destinatarios de las mismas y de los contribuyentes en general que pagan la factura– son, por ejemplo:

Es imposible mantener un control absoluto del consumo, y sólo este grado de incertidumbre es motivo de peso para no iniciarlo o, en su caso, detenerlo.
Ésta es la afirmación que probablemente más daño ha hecho a la credibilidad del Plan Nacional sobre Drogas y similares. Cualquier chaval se da cuenta en dos días que hay quien usa las drogas de manera más o menos razonable, y que hay quienes descontrolan en diversa medida. Para quien está buscando razones para justificarse, el hecho de que una espectacular campaña del gobierno pase esto por alto –-ocultándole una parte clave de la realidad–, e intente convencerle a través del miedo, es un motivo de peso para… reafirmarse en el consumo. Y una oportunidad perdida para reflexionar sobre él.

Además, al riesgo permanente que significa el contacto con las drogas habría que sumar también los escasos beneficios obtenidos como contrapartida.
Contra quienes tachan los efectos de las drogas de vacuos, improductivos o humillantes, cualquier adolescente podrá preguntar si los placeres dignos y constructivos son aquellos tan socialmente extendidos como volverse histérico viendo el fútbol, engancharse a cualquier programa basura o poner a parir a los demás tomando un café con pastas…

Cualquiera que insista en el consumo es o un inconsciente o un irresponsable. El objetivo de cualquier sociedad, por tanto, debe ser que sus ciudadanos NO consuman.
Impedidas por la presión social a afrontar retos más realistas y eficaces –-como educar en el consumo, informar sin cortapisas…–, las instituciones siguen empeñadas casi exclusivamente en reducir el número de consumidores, cosechando fracaso tras fracaso.

Consumidores ha habido y habrá siempre. En primer lugar, porque cada cual puede hacer con su vida lo que le plazca –-el consumo no es ilegal en España–. Y todo el mundo sabe que miles de personas respetables en todo el país –-políticos, jueces, policías, panaderos, electricistas…– hacen un uso responsable de las drogas sin que ello les aparte de sus obligaciones. ¿No deberían las diferentes administraciones promover esta responsabilidad en todos los consumidores, de forma clara y directa, como forma de velar por su salud?

Por otra parte, en las últimas campañas educativas, con lemas como “Hay trenes que es mejor no coger” parece sugerirse ya la posibilidad de elección: puedes coger o no el tren, pero es mejor que no lo cojas… En los carteles aparece esta paternal frase sobre unas rayas de coca en forma de vía del tren. Parece ser que hasta que el tema esté socialmente más maduro, la cadena de costosas estupideces va a ser ardua y prolongada.