Los cayucos y la globalización
Antonio González Viéitez
[La Provincia, 26 de marzo de 2006]
Todo el mundo tiene una idea más o menos aproximada de lo que hoy se llama Globalización. Lo primero que nos viene a la cabeza es la imagen de una totalidad interconectada. Y que, además, los formidables adelantos de la informática y de Internet se pueden desplegar en toda su potencialidad porque la Globalización se sustenta en el principio sacrosanto de la libertad de movimientos, flujos e intercambios.
De ahí que nos resulte absolutamente normal que los intercambios financieros, monetarios y bursátiles se desparramen por todo el mundo sin obstáculo alguno. Y que, de otra parte, la deslocalización industrial hacia los países emergentes aparezca como un efecto colateral no querido, pero que se tiene que aceptar en alguna medida.
Bajo este paraguas conceptual de libertad de transacciones de todo tipo, es lógico que implícitamente se presuma que, tanto capitales, como mercancías, servicios y personas tienen un mismo tratamiento. Y así parece desprenderse del discurso dominante, tanto académico como político.
Pero resulta que no es así. Ni de lejos. En relación con las mercancías y los servicios, todos tenemos cierta idea de las dificultades insuperables con que se ha topado la Organización Mundial del Comercio (OMC) y que la han hecho fracasar una y otra vez en sus intentos de liberalizar el comercio mundial.
En el caso concreto del otro factor de producción, el Trabajo (como se denomina en la teoría económica convencional a las personas), el tratamiento es justo el contrario del que se da al Capital. En efecto, si el Capital se considera homogéneo cualquiera que sea su naturaleza, denominación y procedencia (mundo delictivo aparte), el Trabajo tiene dos denominaciones de origen, dos códigos de barras diferentes ya que, según el Trabajo se oferte por unas personas u otras, aparecen los con papeles y los sin papeles. Esta flagrante contradicción ¿económica? no es fruto de ningún azar ni casualidad. La sociedad capitalista que nos toca disfrutar o sufrir (según nos vaya en ella a cada uno), extrema sus exigencias más contundentes para defender la absoluta libertad de movimientos del Capital, al mismo tiempo que separa, discrimina y clasifica de legales e ilegales a los ciudadanos del mundo globalizado.
No se puede aquí y ahora insistir en este proceder inhumano, pero era imprescindible recordarlo para contextualizar el problema de la avalancha de personas y cayucos que está llegando a nuestras costas, cuando lo consiguen y no desaparecen o mueren en la travesía.
Es imprescindible que seamos conscientes de un dato estremecedor. Entre todas las fronteras calientes que hay hoy en el Mundo (Río Grande, Estrecho de Gibraltar, Adriático, Sicilia?), donde se registra el mayor número de muertes es a lo largo de las rutas oceánicas de acceso a Canarias.
Con despiadada argumentación, algunos sectores de nuestra sociedad discuten en relación con determinadas políticas y se las califica como generadoras del “efecto llamada”. A mi juicio se trata de un debate, además de despreciable, estéril. Porque el tal efecto llamada no tiene ni punto de comparación con el verdadero “efecto expulsión” de una realidad que es la más pavorosa del planeta Tierra. Aunque no seamos capaces de verla estando delante de nuestras narices.
La percepción de la Globalización (que, a nuestros efectos, tiene mucho que ver con el enjambre de antenas parabólicas de los barrios de chabolas de Nuadibú y de tantos otros poblados), ha de entenderse de acuerdo con el principio de los Vasos Comunicantes. Porque la Globalización ha hecho desaparecer los tubos aislados. Los ha interconectado a todos ellos. Y, mientras el nivel sea diferente, siempre existirá una fuerza, una pulsión (que en nuestro caso, de humana pasa a ser sobrehumana) para igualar el nivel entre las dos realidades.
Y eso no lo va a parar nada ni nadie. Por eso mismo, la política de colocar sistemas sofisticados de detección; de expulsarlos y rebotarlos a sus lugares de origen; de levantar campos de acogida para cuando lleguen allí?, no va a ninguna parte. Se trata de medidas de carácter negativo que, aunque sea imprescindible tenerlas a corto plazo, no resolverán jamás el problema. Y, a pesar de esta evidencia, hay algunos desalmados que reclaman la actuación de la marina de guerra como si se tratara de defendernos del Desembarco en Normandía. Hay incluso quien tiene la maldad de intentar hacernos creer que en medio de estos condenados de la Tierra, pueden camuflarse hasta terroristas de Al Qaeda. ¡Como si los terroristas vinieran sin papeles!
Siendo todo esto así, ¿podemos tener alguna política positiva en Canarias? ¿Habrá alguna otra que no sea interceptarlos y reenviarlos en un dramático ritornelo sin fin?
Ya sabemos algunas cosas importantes. En efecto, hemos aprendido que la solución de cualquier problema, para ser verdadera y eficaz, tiene que situarse en el mismo nivel en que el problema está planteado. Y el conflicto que tenemos delante es que África, y sobre todo el África Negra, hoy es el Continente maldito, donde galopan en batalla todos los jinetes del Apocalipsis. Y, aunque nos cueste creerlo, Canarias es el escenario más dramático de esa realidad, guerras al margen.
Por todo ello, pienso que desde Canarias, y con su Gobierno al frente del conjunto de sus agentes sociales más comprometidos, debería salir una exigencia y una propuesta. Se trataría de convocar urgentemente y de entrada a la Unión Africana y a la Unión Europea y organizar un Foro por África en donde se discutiera, se analizara y se definiera una política de largo aliento, de talla continental y ambición mundial para empezar a resolver esta situación.
Todos sabemos la ingente dificultad que encierra una idea como ésta pero, por ejemplo, la generación anterior a la mía fue capaz de idear y poner en práctica hasta el Plan Marshall. No se van a resaltar aquí las inmensas diferencias entre aquella situación y ésta de hoy. Sólo se quiere evidenciar que hay algo que las asemeja, si no las iguala, esto es, la enormidad de su dimensión y la hondura de sus dificultades.
Y en el mundo de la Globalización, los canarios o salimos avante con los africanos o no llegamos a ninguna parte. Ése es el reto. Tan fuerte como el de Prometeo que se atrevió a robar el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres.
Jorge Marsá
7:50 pm · 27 Marzo 2006
La globalización se ha convertido en la excusa perfecta que se puede aplicar casi a cualquier problema, y tiene la ventaja de que nos ahorra profundizar mucho más allá en la cuestión que sea.
La petición de una especie de Plan Marshall para África que hace González Viéitez parece de lo más razonable, aunque él mismo es consciente de la “la ingente dificultad que encierra una idea como ésta”. Lo que no está claro, porque nada dice, es si es consciente de la principal, de la principal diferencia entre la Europa de la posguerra y el África actual: las sociedades europeas estaban preparadas para aprovechar la ayuda norteamericana que les llegó, sabían qué hacer con ella. El Plan Marshall constituyó una aportación importante para que la Europa occidental se recuperara de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, pero esa Europa hubiera salido adelante de cualquier manera porque sus sociedades disponían del conocimiento y los mecanismo institucionales para resolver los serios problemas que tenían en esos momentos.
No es esa, desgraciadamente, la situación de la mayoría de las actuales sociedades africanas. De hecho, en muchas de ellas un Plan Marshall serviría fundamentalmente para llenar las cuentas de los sátrapas que las dirigen antes que para ayudar a salir de la miseria a sus habitantes. Es cierto que hace falta dinero y ayudas para que África pueda salir de la miseria, pero también que en muchas de sus sociedades el dinero invertido no ha servido absolutamente para nada.
Mientras se continúe tratando a los africanos como menores de edad, mientras se continúe pensando que todo es culpa de la globalización y de Occidente, difícilmente se comprenderá que los principales problemas de las sociedades africanas están dentro y no fuera. Y poco ayuda a la hora de trazar estrategias una análisis que apenas logra descubrir los auténticos problemas, que no es otra cosa que un lugar común que se repite en cada oportunidad que se presenta: la globalización y Occidente, ahí los culpables; los pobres negritos, inocentes hasta de lo que ocurre con ellos mismos.
Manuel Socas Rodríguez
12:34 am · 28 Marzo 2006
Acabo de ver en Internet la página de CRONICASDELANZAROTE.COM. Verdaderamente espectacular, yo creo que la más completa y acabada de toda la prensa canaria, y no tengo interés alguno ni participación en la empresa. Es impresionante
Manuel Socas Rodríguez
12:44 am · 28 Marzo 2006
perdón, es CRONICASDELANZAROTE.ES