Lunes, 13 de Noviembre de 2006

El parque temático

Jorge Marsá

Leí ayer el número siete de majalula, publicación que se anuncia como un “fanzine de agitación cultural”. Y es que la agitación ha sido siempre una de las características de la vanguardia cultural. Pues bien, tras la lectura, queda la impresión de que la vanguardia insular se dedica, en realidad, a lo mismo que la retaguardia: al intento de avanzar con la mirada puesta en el retrovisor, a la bucólica rememoración del pasado, o del presente que pudo ser y no fue.

Quizá estuviera uno en un error al pensar que las vanguardias se caracterizaban por el intento de “epatar al burgués”, de segarle la hierba bajo los pies, de dinamitar el conservadurismo de la tradición sobre el que se apoyaba su visión del mundo actual y, sobre todo, por construir un futuro en el que se hiciera realidad la vieja imagen marxiana: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Pues no, parece la vanguardia insular, o un sector de ella al menos, más concernida por el pasado que por el futuro.

También resulta curiosa la preocupación que se trasluce por los muchos cambios acontecidos y por la vertiginosa aceleración de la transformación. En fin, que no se sabe si ha sido para bien y si nos ha cambiado en demasía. De nuevo, en nada se parece la reciente a la vieja vanguardia, obsesionada ésta última por provocar cuantos más cambios mejor y a la mayor velocidad posible.

El ingenuo utopismo de la vieja vanguardia mal se compadece con la rendida aceptación de este presente que disgusta a la nueva, con la renuncia a ser “razonables”, esto es, “a pedir lo imposible”. Y clara queda la contrariedad con lo que nos ha llegado desde el pasado de sus desvelos. Con una sorprendente pretensión de originalidad, se nos define en uno de los artículos la sociedad del presente: “el Gran Parque Temático Real en el que que se ha transformado esta isla mítica”. Efectivamente, imagen manida y mil veces utilizada.

No obstante, lo extraño es que el siguiente artículo se derrame en elogios –tampoco muy originales, por cierto– hacia el mayor responsable de que, como se decía en el texto anterior, la Isla se haya “convertido, sin darnos cuenta, en una fantasía animada de ayer y hoy”. Porque pocas dudas caben de que César Manrique fue de los primeros que lo vio, y quien más puso de su parte para que la isla pudiera llegar a ser el “Gran Parque Temático Real” que hoy es. Dicho de otro modo, que se dejó de milongas con el pasado y se puso a la tarea de construir el futuro de su sociedad. Un vanguardista de la vieja escuela.

Por supuesto que Lanzarote es un parque temático, y que el tema es el paisaje. Acertó Manrique. Parque temático es lo que demanda la inmensa mayoría de quienes al turismo dedican parte de su tiempo libre. Y el paisaje es el gran argumento lanzaroteño para competir con el resto de los parques temáticos. Y porque somos conscientes de ello es por lo que resulta congruente oponerse a los intentos de desvirtuar el parque temático, de diluir nuestra gran “ventaja comparativa”, de minorar el “valor” que el paisaje nos proporciona con cuerpos extraños como los campos de golf o un circuito para carreras de coches.

Parece que la vanguardia comparte la opinión general: la conversión en parque temático nos sacó de la pobreza y no había otro modo de conseguirlo. Cierta la primera parte; falsa la segunda, por mucho que se repita. Por supuesto que había otro modo de salir de la pobreza que el que propusieron Manrique y compañía. Y disponemos de un ejemplo concreto y bien cercano: el modelo que sacó de la pobreza a las tres islas más occidentales del Archipiélago, que, en lugar de vivir del turismo, viven de las subvenciones.

Es verdad que conseguir cuantiosas subvenciones a la agricultura hubiera resultado un poco más complicado en Lanzarote, pero añadiéndole un poquito de ganadería y otro poquito de pesca hubiéramos sacado tajada suficiente. Luego estarían las subvenciones a la identidad, es decir, el dinero necesario para que siguiéramos siendo “auténticos”. Y por ultimo, y más importante, la sociedad lanzaroteña, de ser más pobre, no debería haber tenido problemas para exprimir también el más suculento apartado en lo que a subvenciones se refiere: las que indirectamente proporciona la Ley Electoral, y que provienen de que el voto del 15 por ciento de los canarios valga lo mismo que el del 85 por ciento. Y ahí hay un dineral; y si un día dispones del voto 31, lo que hay no tiene nombre.

Por otra parte, el modelo de La Palma, La Gomera y El Hierro tiene notables ventajas para quienes añoran lo perdido y se lamentan por cambios tan vertiginosos: sociedades más étnicas, más conservadoras y endogámicas y que, por lo tanto, conservan mucho mejor la identidad tradicional; sociedades que, al estar más apegadas al pasado, menos dispuestas se muestran a la innovación y a la tensión que acarrea; sociedades que no necesitan adaptarse al rápido crecimiento demográfico, porque no crecen. En fin, sociedades con bastantes menos conflictos que la lanzaroteña y que, en consecuencia, permiten a sus integrantes llevar una vida probablemente más plácida y tranquila.

Distinto es el panorama de la sociedad lanzaroteña, donde la agitación y el conflicto son casi la norma, donde la necesidad de competir, y por lo tanto de innovar, es mayor. En efecto, mucho más agitada la vida en el parque temático que entre las plataneras: conflictos, estímulos, competición, ideas nuevas, desintegración de los modos de vida tradicionales, ruptura de los viejos clanes caciquiles, crecimiento desmesurado, sociedad mestiza, la batalla de los intereses contrapuestos, estrés… En resumen, el normal bullir de una sociedad mucho más preñada por el conjunto de ventajas e inconvenientes que caracterizan a las sociedades dinámicas, a las más preocupadas por el futuro que por el pasado. La Modernidad le dicen.

Gracias, Manrique, por el parque temático.