Martes, 5 de Diciembre de 2006

Voces contra la globalización

Jorge Marsá

Me hablaba el otro día un amigo de una serie de documentales que está emitiendo TVE-2. No he visto ninguno, pero tengo el recorte del periódico dando cuenta de la presentación: “A lo largo de siete capítulos, Voces contra la globalización permitirá que se escuche a expertos”. Y recuerdo haberme preguntado en qué serían expertos José Saramago, Eduardo Galeano, José Bové o Manu Chao, si en voces o en globalización.

Me hago ahora otra pregunta: ¿existirá alguna relación entre la intensidad de las voces contra la globalización y las expectativas de desarrollo de las sociedades? Soy consciente de que la relación está algo traída por los pelos, pero me resulta curiosa. (Dejo a un lado el África negra, que desgraciadamente se mantiene al margen de la globalización, que no tiene quien la explote).

En Europa, el país por excelencia de las voces contra la globalización es Francia, donde menos del 10 por ciento de la población considera positiva globalización. Son muchos los que piensan que la sociedad francesa es la más anquilosada de Europa, los que suscriben las palabras de Anthony Giddens: “Francia es un ejemplo de lo que se podría llamar ’sociedad bloqueada’. Es un país replegado sobre sí mismo”. No obstante, se comparta o no el juico, lo cierto es que pese al conservadurismo francés –el 75 por ciento de los jóvenes aspiran a ser funcionarios–, poco peligro corre de caer en la pobreza una de las principales economías de la Unión Europea. Estar en una región rica tiene sus ventajas, como sabemos perfectamente los españoles.

El continente en el que las voces contra la globalización encuentran mayor eco es América del Sur. Una región que no puede, en general, considerarse pobre si la comparamos con los datos medios de la riqueza mundial, pero a la que, sin embargo, se le augura un futuro problemático. Son muchos los expertos que piensan que Latinoamérica corre un serio peligro de convertirse en un continente económicamente marginal, si no está ya en ese camino. Allí las voces contra la globalización, las voces de quienes responsabilizan de sus males a fuerzas externas, las voces de quienes culpan a las instituciones internacionales de la globalización y al denominado imperialismo estadounidense de todas sus desdichas son numerosas y gozan de predicamento. Y efectivamente, el futuro no parece muy halagüeño –salvo en Chile y poco más–. De hecho, la actual bonanza económica del continente está basada en la exportación de unas materias primas cuyos precios se encuentran momentáneamente en alza. Pero poco sólido es el futuro que deba sostenerse sobre esas materias primas, tan poco como el que anuncia la escasez de inversiones extranjeras, un sistema educativo atrasado en ciencia y tecnología, una desigualdad que no tiene parangón en el mundo y la inseguridad que acarrea.

La otra región en la que más sobresalen las voces contra la globalización, más directamente aún contra el imperialismo estadounidense, es la que se engloba por su religión, el islam. Los países que disponen de recursos energéticos fósiles los dilapidan sin prepararse para el futuro, y los que no los tienen se muestran incapaces de lograr un desarrollo económico que permita alumbrar la esperanza de un futuro mejor.

Por el contrario, en un continente mucho más pobre que estas dos áreas, en Asia, pocas son las voces contra la globalización, y poco el victimismo. Allí se han puesto a la tarea de protagonizar su futuro y han encontrado en la globalización las oportunidades que lo hacen posible. Son conscientes de cuál es el camino, y de que a ellos compete la responsabilidad de recorrerlo. Después de Japón, el fenómeno comenzó en Taiwan, Corea…, ahora ha llegado el momento de los dos gigantes, de China e India. Estamos asistiendo en Asia al que probablemente sea el proceso en el que más personas están saliendo de la pobreza en menos tiempo a lo largo de la historia. Y cada vez se extiende más la impresión de que el Sur y el Este de Asia están poniendo las bases de un sólido futuro y de que está próximo el momento en el que puedan tratar de tú a tú a Europa y Norteamérica. Así que allí poco entusiasmo muestran por las voces contra la globalización. No tienen tiempo para lamentaciones, porque es mucho el trabajo que tienen.

PD: Para comprobar cómo y en qué dirección trabajan, resulta muy ilustrativa la lectura del reportaje de Georgina Higueras en el último suplemento dominical del diario El País, “Calcuta, levántate y anda”, con un gráfico subtítulo: “Un comunista convierte la antigua capital de la miseria en símbolo del empuje de la nueva India”.