Sobre toros
Pepe Álvarez
Hace poco tiempo, mientras conducía, pude oír cómo entrevistaban a una señora, madre de torero joven y que lidiaba aquella tarde, y le preguntaban si pensaba asistir a la corrida, a lo que contestó que no; que ella prefería quedarse en casa rezando por la buena suerte de su hijo, pues se daba la circunstancia que su chalet contaba con una ermita, con una tal Santa Cecilia, lo que hacía aconsejable tal decisión.
Me parece ver a esta buena señora en su capilla y después de que una criada le desempolvara primorosamente su cómodo reclinatorio orando en estos términos: Celicia, quiero que hables con Dios, pues deseo que esas fieras de la plaza con esos temibles cuernos, a mi niño, por favor, que no le hagan el menor rasguño; además, debo informarte que no estás tú sola en esta gestión, pues he hablado con el obispo Pérez, a quien regalé un jamón estas Navidades, pidiéndole lo mismo, por lo que creo que ante la presión de ambos, no se podrá negar.
Yo, por mi parte, voy a pasar la tarde aquí adulando a la Virgen (también se puede leer rezando) para que también influya y consiga que mi hijo tenga una gran tarde y lo saquen a hombros como los grandes del toreo.
Más tarde, una vez en casa, tras hacerse servir una infusión calentita, se tranquilizó de todos estos temores que la atenazaban, pues pensó que aunque el tráfico de influencias últimamente no estaba bien visto; era un invento del PSOE y entre humanos, pero nunca entre los católicos y Dios; si no, nunca se pudiese entender que cuando murió Franco se reunieran en los funerales tantos obispos, arzobispos y cardenales para pedir al Creador que cuando lo juzgara tuviera en cuenta saltarse el quinto Mandamiento y así poder llegar a lo más alto de la Gloria, mientras sus fusilados, izquierdosos impíos, se achicharran en el Infierno.
También comparándose ella con la mamá vaca, pensó que ésta, aparte de no tener capilla propia, ni siquiera sabe rezar y tampoco ha regalado nada a su hijo con que poder defenderse, mientras que ella sí le regaló al suyo para su santo un juego de banderillas, espadas, estoques y demás elementos de tortura propios para la ocasión.
Baremando todo esto, hace al toro reo de muerte precedido por la más salvaje tortura, por el delito de no estar a la altura intelectual de su adversario, para solaz de espectadores y lucimiento del torero, que demuestra una vez más que supera en inteligencia –que no en nobleza– a la fiera.
Pedro
11:49 pm · 16 Enero 2007
mucho se ha hablado y escrito últimamente de los toros, y no sólo de las corridas en palzas, también de lo que algunos defienden como tradición y costumbre y en realidad son auténticas barbaridades