Jueves, 22 de Febrero de 2007

Camero no tiene quien le escriba

Javier Díaz Reixa

A ciertos enemigos o adversarios, por el empeño y el encono que ponen en lo que hacen, les acaba uno cogiendo cariño. Y este arranque de ternura y de curiosidad antropológica me viene frecuentemente con Felipe Fernández Camero, con quien me he fajado en varias ocasiones.

Recordarán que se agarró tremenda perreta con la revista Cuadernos del Sureste por la publicación de un artículo, “El Secretario: el quinto poder” que, según parece, no lo dejaba bonito. El asunto todavía colea en los tribunales, pero la cosa no creo que vaya a quedar ahí, porque el interfecto pudiera estar clamando venganza, ladrando su rencor por las esquinas, y conjurándose con alguna mesnada mercenaria para destruir a sus enemigos reales o imaginarios allá donde se escondan.

Después de los avatares de Arrecife, le había perdido la pista; únicamente lo divisé, en lontananza, en una esperpéntica reunión en El Golfo, donde hizo una nueva exhibición de su sapiencia jurídica, aunque el populacho no fuera capaz de apreciarla en toda su dimensión. A mí, eso de perderle la pista me pone de los nervios, porque no sé por donde me va a venir. Y echo de menos su beligerancia, su quisquillosidad, su habilidad para complicar las cosas, su “ceremonia de la confusión”, como le dijo la Sala de lo Contencioso-Administrativo en el caso del apartotel Los Fariones. Es lo que tienen algunos enemigos, que te estimulan, te sacan el killer que todos llevamos dentro.

Yo no creo en las casualidades, pero hace unos días por casualidad cayó en mis manos cierto documento con el que, a duras penas, he podido reconstruir sus andanzas en los últimos tiempos. El documento es para flipar en colorines: tiene más de doscientas páginas, y va acompañado por un volumen aún mayor de documentos acreditativos de todo lo que allí se denuncia.

Me han dicho, me han contado, que ese documento anda por la Fiscalía Anticorrupción, adonde lo llevaron las malvadas huestes de Juan Fernando, y que en ese documento se contienen escalofriantes denuncias sobre actuaciones urbanísticas en Yaiza y, en menor medida, en Teguise. Cifras inquietantes: 31 licencias con infracciones extremadamente graves, 8.331 plazas turísticas afectadas, 270 millones de euros de presupuesto de ejecución (bueno, del otro presupuesto, no se dice nada…). Documentación apabullante, con demostración concluyente de contradicciones insalvables, distintas varas de medir, arbitrariedad, informes falsos o simplemente delirantes, ausencia total de procedimiento, desaparición de espacios libres de uso público. Insinuaciones bastante consistentes sobre un único cerebro jurídico que hila todas las operaciones como una tupida telaraña, que encuentra soluciones imaginativas frente a problemas aparentemente irresolubles, “ingeniería jurídica”, dicen. En fin, siempre he dicho públicamente que el redactor de este documento y sus colaboradores en la sombra han realizado un trabajo impagable.

A lo que iba: en ese documento se habla profusamente de la frenética actividad del despacho profesional de Felipe Fernández Camero; después de leerlo, hacer unos cuadritos, contrastar la información con mi base de datos, y llamar a un par de colegas para rellenar un par de flecos pendientes, he podido componer un puzle que me ha dejado maravillado.

Con razón le había perdido la pista: es que no para, tú. ¡Qué frenética actividad, qué productividad!. Yo presumo de currante, y de abarcar cantidad de asuntos, pero ante semejante despliegue productivo me siento empequeñecido. Mas no acaba ahí mi delectación, porque también admiro su capacidad para pensar en “la familia” y comparto su empeño por proteger a sus cachorros.

Según se cuenta en ese documento, don Felipe Fernández Camero defiende al Ayuntamiento de Yaiza, mientras que su hija, doña Juana Mª Fernández de las Heras, defiende a determinados promotores, frente al Cabildo Insular de Lanzarote, en varios pleitos en los que se impugnan licencias de edificación de hoteles o complejos de apartamentos contrarias al Plan Insular y a la legislación urbanística. Y don Felipe y doña Juana no solo son padre e hija, sino que comparten el mismo despacho profesional.

También se cuenta allí que don Felipe defiende al Ayuntamiento de Teguise en pleitos relacionados con asuntos ya bien conocidos por él, por haber defendido con anterioridad a algunos de los promotores afectados por tales pleitos en otros recursos dirigidos contra el Plan Insular. Y lo mismo pasa en Yaiza, ahora defiende al Ayuntamiento, pero antes ya había defendido a los promotores de los mismos hoteles y complejos de apartamentos cuyas licencias aparecen cuestionadas. Ya ven, por casualidades, que no quede …

Puede que alguien, de forma quizá apresurada, pueda escandalizarse, por entender, a lo mejor, que pudiera existir un conflicto de intereses entre el Ayuntamiento y los promotores. No sé lo que pensará Paco Torres de esto, pero seguro que no faltarán los puristas que piensen que al menos habría que cuidar las formas. Pero no sean mal pensados, y en cualquier caso, miren la parte positiva. Primero: ¿qué mas da? Si el Ayuntamiento y los promotores andan metidos en el mismo fregado, por así decir, ¿para qué van a recurrir a otro despacho? De esta manera, coordinan mejor su defensa, lo cual parece perfectamente lógico, y hasta necesario, si me apuran, teniendo en cuenta que en cualquier momento les puede venir encima un juanfernandazo.

Lo segundo: yo porque no tengo hijos abogados, ni Dios lo quiera, que si los tuviera, igual también barrería para casa, y me dejaría de melindres con los conflictos de intereses. Y es que no hay nada como ponerse en el lugar del otro, para comprenderlo casi todo. Y me pongo en el lugar de Camero, después de la maldición de Carlota Gutiérrez, de las impertinencias de Marsá, de la expulsión del Ayuntamiento de Arrecife por el coraje cívico de Pepe Díaz, y de tanta maldad e incomprensión genuinamente conejeras, y a lo mejor haría lo mismo: ahí me las den todas, antes de que el cliente se me vaya del despacho, que lo lleve mi hija. Normal, y hasta muy loable si me apuras: hay que pensar en la familia.

Y, sobre todo, ya te digo: es que le he cogido cariño, ha caído injustamente en el olvido y ya no tiene quien le escriba. Y es un personaje inefable: lo que dice y lo que hace no se puede describir con palabras. Por eso se merece este modesto recordatorio.