Jueves, 22 de Febrero de 2007

Cuestión de fe

Jorge Marsá

[Publicado también en Basta Ya]

Llevamos ya mucho tiempo discutiendo sobre el nuevo Mediterráneo descubierto por el presidente del Gobierno, sobre la poción mágica para resolver cualquier conflicto: el diálogo. Y en esas seguimos: la semana pasada, los socialistas intentaban en el Parlamento europeo sacar a Batasuna de la lista de organizaciones terroristas, porque tenerla allí sería contraproducente para “una estrategia de apertura y diálogo”. Y este fin de semana Zapatero insistía en que mantiene intacta su determinación de dialogar en cuanto se olvide la violencia.

Poca importancia tiene lo que ocurra en el terreno de la realidad. La fe no atiende a razones. Y como se ve, es auténtica fe lo que algunos tienen en que el diálogo es la solución al conflicto. Sin embargo, el problema no se limita al “conflicto vasco”, al terrorismo, a los medios que algunos utilizan para conseguir sus fines. Por eso, lo que se propone es un diálogo sobre la cuestión política, sobre los fines perseguidos –que son los de todo el nacionalismo vasco–. Y entonces, uno se pregunta: ¿qué hemos estado haciendo desde el final de la dictadura sino dialogando con el nacionalismo vasco? Bueno, dialogando, negociando y haciendo en cada momento las concesiones que se consideraban imprescindibles para aplacar las exigencias de los nacionalismos ibéricos.

Parecía razonable hacer concesiones al nacionalismo catalán y al vasco en 1978, para que la Constitución tuviera el respaldo de la más amplia mayoría. Aunque ya en aquel momento, se vio que ni siquiera el impresentable privilegio económico otorgado al nacionalismo vasco era suficiente para que apoyara la Carta Magna. Desde entonces, a cada concesión, o a cada descentralización del poder político, después del pertinente e interminable diálogo, el nacionalismo ha respondido siempre de la misma forma: estación de paso. El nuevo Estatuto de Cataluña ha sido la última prueba: tanto los nacionalistas moderados como los radicales lo consideran provisional, y nos dicen claramente que es cuestión de tiempo, y no de mucho, que se pongan a apretarnos nuevamente las clavijas.

Llevamos treinta años dialogando. Pues bien, algunos siguen pensando que el problema es que no hemos dialogado lo bastante, que es cuestión de insistir con el ungüento mágico. Los psicólogos sociales han estudiado bien el fenómeno, y han utilizado en ocasiones el ejemplo de la solución propuesta por los generales estadounidenses para la guerra de Vietnam: bombardear el Norte. Tras cada fracaso, ellos renovaban la fe: se ha bombardeado poco, hace falta bombardear más. En efecto, mantuvieron incólume su fe, se fueron incrementando los bombardeos hasta… perder la guerra.

Volviendo a “lo nuestro”: resulta difícil no pensar que es pura ingenuidad, cuando no completa estupidez, persistir en la creencia de que mediante el diálogo se podrá alcanzar un acuerdo para poner fin a un “conflicto” con quien vive gracias a su existencia. Después de tres décadas, debería estar bastante claro que carece de sentido pedirle que colabore a sofocar el incendio a quien encuentra en el fuego su razón de ser. Y ya se puede dialogar lo que se quiera, y durante el tiempo que se quiera, que el nacionalismo no dejará de avivar la hoguera. No puede dejar de hacerlo: si se apaga el fuego, se apaga el nacionalismo.

Pero Zapatero parece ser de los que creen que la fe mueve montañas y, en consecuencia, su propuesta coincide con la de aquellos generales estadounidenses: lo mismo, pero más; y está dispuesto a bombardearnos con su fe todas las veces que haga falta… hasta ganar la guerra. Y contra la fe, ya se sabe, pocos remedios hay. Así que de poco servirá el pertinente recordatorio, que nos ofrecía días atrás Rosa Díez en su blog, del fallecido dirigente socialista Mario Onaindía: “¿Qué es hacer política en Euskadi? Exponerte a que un energúmeno te pegue un tiro por la espalda, un imbécil lo justifique diciendo que sus fines son legítimos y un idiota diga que esto se arregla dialogando”.