Ciudadanía

13 de Junio de 2006 · (Sociedad)

Javier Durán

[La Provincia, 12 de junio de 2006]

La ministra Cabrera ya tiene claro que la asignatura Ciudadanía va a estar en igualdad con Matemáticas y Lengua, y que los alumnos de Primaria y Secundaria van a tener que examinarse de una materia que contiene repercusiones sobre el medio ambiente, los valores constitucionales y la seguridad vial. El anuncio ha recibido críticas del PP, que ve la novedad como una especie de adoctrinamiento para la creación de una especie de juventudes del socialismo ZP, una situación que podría socavar la otra ideologización encarrilada desde los colegios y universidades privadas amamantadas por la corrientes religiosas que acuna el Papa.

Sólo hay que mirar desde el balcón de la vida para comprender que el catecismo se ha quedado obsoleto por deseo propio, y que se echa en falta conocimientos que ayuden a interpretar los signos que, precisamente, empiezan a hacerse fuertes en las propias aulas. Yo diría que destaca entre todos ellos la facilidad con que la burla, el acoso o el derribo al compañero y al profesor pasa de distracción a definitivo: el carácter finalista de la acción. El psicólogo Vicente Garrido hablaba hace unos días del Síndrome del Emperador, y comentaba al respecto un asunto clave: los adolescentes que castigan a sus padres, decía el estudioso, no reciben maltrato alguno por parte de ellos, sólo tienen una gran dosis de egocentrismo y se creen que están por encima del bien y del mal. Finalizaba la entrevista con las 5.000 denuncias tramitadas en 2005 por progenitores que, al parecer, viven aterrorizados por la violencia física o verbal del vástago.

Al oír la noticia de que entraba en vigor la asignatura Ciudadanía sentí, como padre, cierta satisfacción, pues de poco sirve tener las universidades llenas de futuros licenciados con expedientes brillantes, pero sin ganas alguna de emitir una opinión sobre inmigración, el calentamiento de la Tierra o simplemente descuidar su ocio por un día para liberar a sus padres de la carga de un abuelo que no puede valerse por sí mismo. El escritor Vicente Verdú dedicaba el otro día un artículo a la paternidad y sus agujeros, y hacía constar la incomunicación de los padres con los hijos, que han convertido sus casas en una especie de hostal a la que van para dormir, cambiarse de ropa y comer. Pero lo importante, aclaraba Verdú, es que no ocurre nada, que el sistema familiar no se desestabiliza y que no hay intento alguno por parte de los padres para corregir la situación. La síntesis es que cada uno va a lo suyo y nadie experimenta desazón por la ruptura pasajera o definitiva. Está claro que en los años del silencio pasan muchas cosas de las que sólo suele enterarse el mejor amigo del adolescente: todo depende de él.

El temor es que lo que pretende ser un reconstituyente acabe siendo una materia más, con los mismos ajustes disciplinares de cualquier otra asignatura humanística o científica. Quizás la idea deba ser un esquema acorde con la época. De acuerdo que hay grandes cuestiones que preocupan a la humanidad y sobre las que el alumno tiene que alcanzar un conocimiento. Pero no es menos cierto que la introducción en los planes del nuevo estudio es una oportunidad única para ir más allá y tocar en la puerta de cosas que ahora mismo nos resultan insoportables, sobre todo por no entenderlas: sin ir más lejos, que los móviles graben peleas de compañeros de clase. Ciudadanía puede convertirse en un libro con un índice que cumplir, o bien puede llegar a ser un buen referente de debate, puede que el único dentro de un amalgama educativa que procura bastantes fracasos, no sólo académicos sino también personales. Me gustaría saber qué profesores o colegios están dispuestos a romper la monotonía, a guardar el cumplimiento de los objetivos en un cajón, dejar a un lado la evaluación prevista y obviar los apuntes, y todo ello para hablar de un aspecto de la actualidad. Seguro que pueden darse sorpresas: o se establece un intenso diálogo, o bien se forma una algarabía de difícil control. Sea lo uno u lo otro, el asunto es que la asignatura, al final, tendrá un examen, y ahí se conocerá hasta qué punto existe un nivel de satisfacción o lo contrario.

Todavía recuerdo que don Gerardo Martinón, el director del Instituto, nos sacaba de la clase para llevarnos a su despacho enmoquetado, con olor a colonia, para oír la voz de Pablo Neruda por los altavoces del aparato de música. El gesto del profesor de Literatura significaba, de cara a nosotros, una muestra de confianza al compartir su espacio de autoridad; también era la distracción, la novedad, frente a la rutina; suponía además una forma diferente de aprender, de oír la voz del poeta, y finalmente todos nos quedábamos un poco transpuestos al ver al elegante don Gerardo envuelto en el humo de su cigarrillo, casi perdido en un espacio que todos queríamos tocar. Seguro, pensábamos, que se trataba del peso de la poesía, de su capacidad de transportar. Ya el resto del día nos parecía un aburrimiento, un insulto para la feroz adolescencia.

2 Comentarios

  1. Rafael Cano

    10:03 am · 13 Junio 2006

    Viendo como va el Gobierno Zapatero con reconstrucciones históricas y memorias varias, y viendo como se se ve superior moralmente a la oposición, no extraña que ésta se tema que la asignatura acabe convertida en adoctrinamiento al servicio de una ideología. Y tienen base para temerlo, porque cuando les toque a ellos harán lo mismo: obligaran a dar su religión o su historia de las religiones y lo que haga falta

    No obstante, el gran problema es otro: la educación continúa siendo lamentable en España, de las peores de Europa, y eso no ha cambiado ni con ley del PP ni con ley del PSOE. En realidad, la educación se la trae floja a los educadores, a los alumnos y a los padres. Es un problema de la sociedad en su conjunto. España continúa siendo un país que no destaca por su nivel de instrucción, o que destaca por su bajo nivel..

  2. miguel ¿...el facha?

    4:33 pm · 13 Junio 2006

    Ayer escuché un debate interesante en la primera, cuando se cansaron por fin de discutir acerca de eta. Se discutía si convendría que en las escuelas las chicas y los chicos estuvieran separados para optimizar los estudios. Se notaba que la mujer que defendía este invento temía mucho que la tomaran por retrógrada, así que trató de convencer mediante un montón de números y datos científicos. Graso error. Acabó siendo considerada como una retrógrada de todos modos y encima no convenció ni a los de la derecha (es un debate en el que hay tres señores que se consideran de derechas y otros tres que se consideran de izquierdas).

    Pues bien, yo estuve pensando un poco en el tema y me pareció que la señora, precisamente para no ser considerada antigua, equivocó su estrategia. Porque la única razón que podría legitimar separar a los chicos y a las chicas en las escuelas es la que tiene que ver con el sexo. Justo la razón que no se atrevió a exponer claramente.

    Los chavales ponen todos sus esfuerzos por tratar de demostrar sus cualidades delante de las chicas, y estas hacen lo propio con los chicos. El estudio ocupa un término absolutamente secundario. Se pelean entre ellos, tratan de ridiculizar a los profesores, van de machitos, se las dan de rebeldes y de perdonavidas, ¿y todo para qué? para llamar la atención del sexo opuesto, ni más ni menos. La testosterona se dispara a determinadas edades, esto es un hecho, y por fachento que suene decirlo, hemos de reconocer que juntar a los chicos con las chicas a determinadas edades es más contraproducente que beneficioso, a poco que lo analicemos con un poco de frialdad y sin los típicos prejuicios. Estoy seguro que muchos profesores estarán de acuerdo conmigo.

    Ahora bien, debo decir que para mí hubiera sido una gran jodienda haber tenido que ir a clase solo con chicos. Tal vez mis notas habrían sido mejores y ahora no viviría en un adosado megacutre, pero en aquellos días uno no pensaba en esas cosas.

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