Ricos
Javier Durán
[La Provincia, 3 de julio de 2006]
Mirarnos en la vida de un rico suele ser un ejercicio mental muy agudo: suele pasar que su demostración de riqueza no nos gusta, o bien consideramos que nuestro manejo del dinero hubiese tenido un cariz distinto, quizás más discreto o menos materialista. La situación cambia, sin embargo, en el momento en que ya no somos observadores externos, sino implicados o beneficiados: dice la leyenda, y parece que así lo corrobora la realidad, que el rico acaba siendo un esclavo de su riqueza, y que su torrente de ganancias no tiene límite. El cierre de una operación supondrá la apertura de otra y el fin parece no llegar nunca. El millonario, el empresario, el magnate o el hacendado acabará encerrado en su despacho hasta altas horas de la noche obsesionado con sus cuentas, con llamadas a sus espías y lleno de obligaciones y conspiraciones de todo tipo.
En España, al parecer, cada vez hay más ricos controlados por el Estado y más gente que maneja los misteriosos billetes de 500 euros en la economía de las cloacas oscuras. O sea, aumenta el número de individuos que adquieren un mayor poder gracias a su enriquecimiento, y dicho cambio de posición se exhibe con la acumulación de propiedades y la espectacularización de las mismas: el bien más grande y ostentoso obtenido en el menor tiempo posible, sin gota alguna de sudor.
Obtener más para ganar más suele ser lo normal; lo anormal es que, llegado un momento, el protagonista de la meteórica carrera decida desviar su fortuna a otros menesteres diferentes que los de llevar su cuenta corriente hasta el infinito. Uno de los gestos más sobresalientes al respecto lo ha llevado a cabo Bill Gates que, tras montar una de los emporios representativo del capitalismo informático, anuncia su retirada de la primera fila para dedicarse a las labores filantrópicas de la multimillonaria fundación que controla con su esposa. La noticia, para algunos, no significa otra cosa que Bill Gates deja paso a sus lugartenientes y que él seguirá marcando la hoja de ruta desde las alturas. La explicación no deja de ser simple; el hecho es que su presupuesto para ayudas supera lo que EE UU dedica a los necesitados del Tercer Mundo, y que un gesto de estas características responde, sobre todo, a una idea muy instalada entre los estadounidenses, la obligación moral de devolver a la sociedad lo que has podido obtener gracias a ella. El segundo acto de esta visión tan anglosajona de la riqueza llegó con otra de las grandes fortunas. El financiero Warren Buffett daba el sorprendente paso de donar a la fundación de su amigo Gates nada menos que el 85 % por ciento de su patrimonio, 29.000 millones de euros, que se emplearán en investigación sanitaria y becas, entre otros proyectos.
Encontrar en el entorno más cercano iniciativas como las aquí reseñadas, capaz de provocar una hecatombe en el mundo económico, resulta extraño. Todo lo contrario: la riqueza suele afianzarse en sí misma con la compra de más bienes y servicios. Frente a ello, causa admiración que determinadas familias o herederos acudan a la instituciones representativas, ya sea la Universidad o al Museo Canario, para depositar allí un legado cultural que almacenan desde hace años, en ocasiones clasificado con un trabajo personal, sin subvención alguna. Sería falto de objetividad nombrar alguno, pues todos, absolutamente todos, tienen una importancia ejemplar de cara a la construcción de un medio ambiente más racional y transparente en cuanto a cómo se exterioriza y se obtiene la riqueza en las Islas Canarias. Se preguntarán ustedes por la capacidad que tienen estas donaciones para crear escuela. Pues aparte de hacer algunos ajardinamientos del campus, de las becas anuales universitarias y del dinero metido en la UD desconozco, por ahora, algún tipo de programa de ayuda cuya inversión tenga un porcentaje proporcional con los beneficios económicos obtenidos. Es decir, colocar una escultura cada dos años o restaurar varias casas antiguas no es correlativo a las ganancias que se estilan a partir de la construcción o del sector turístico en Canarias. En este sentido, ¡cuidado con aplaudir en exceso las pequeñas limosnas que unos y otros reparten!
Queda claro, a estas alturas, que manifiesto una respetable aversión al prototipo de enriquecido que pulula por estos lares, y más contra los que alcanzan de la noche a la mañana su sueño y se entregan, con desafuero e impertinencia, a imitar el embrutecimiento por el control del mundo en el que andan algunos. Y aquí, igual que en otras costas equidistantes, los ceros después del entero son una comilona más de metros cuadrados que la sociedad pierde por su escurridor más moderno. Pero de la misma forma que subrayó la dirección equivocada, espero, y no me queda más remedio, oír una lección sobre lo difícil que es hacerse rico y lo perturbador que resulta para la ética personal desembarazarse de un cuarto de la tarta para ayudar a otros. Aguantaré el tipo ante la reprimenda.
Rafael Cano
9:30 am · 4 Julio 2006
Se me ocurren dos cosas después de leer el artículo: que siempre resulta raro que la opinión que sobre los ricos tiene la mayoría sea tan mala y que esa mayoría muestre siempre la misma aspiración: hacerse rico. Y segundo lugar, que la falta de desprendimiento de los ricos de aquí de la que habla el articulista debe guardar alguna relación con la falta de compromiso con la cosa pública que la sociedad española muestra si la comparamos con las anglosajonas o las nórdicas.
Silvia
11:04 am · 4 Julio 2006
Reconozco que también quisiera ser rica. También reconozco que los ricos me producen sospecha. Soy, pues, un exponente típico de esa paradoja que menciona Rafael Cano. Y aclaro:
En contra de lo que afirma el dicho popular de que la riqueza no da la felicidad, parece que los estudios realizados por economistas y psicólogos demuestran que, en general, los ricos son más felices que los pobres. Este reciente descubrimiento daría la razón a los descreídos que al dicho anterior añadían la coletilla “pero ayuda”. Tampoco parece que la sabiduría popular haya necesitado consolar a los ricos de su riqueza, y sí a los pobres con frases del tipo de las siguientes: “pobres, pero limpios” o “pobres, pero honrados”.
Esta segunda, en especial, parecía conceder a los pobres el patrimonio de la honradez. Algo de eso queda, porque es difícil imaginar que la acumulación de tan ingentes fortunas sea compatible con prácticas empresariales de honradez e, incluso, legalidad. Y los juicios contra Microsoft por prácticas monopolíticas señalan que no se trata de falta de imaginación.
Que conste que creo que es muy de alabar el comportamiento filantrópico de los ricos norteamericanos y lo muy deseable que sería que cundiera el ejemplo. Pero aún sería mucho mejor que se puediera evitar que una persona acumulase tan escandalosa riqueza. Porque aunque comparto los objetivos que impulsa la fundación creada por los Gate, ¿cómo no sentirse preocupado por que una entidad privada gestione un presupuesto que supera con creces el de las Naciones Unidas?